Cada día corremos el riesgo de percibir que el mundo en el que vivimos no tiene mucha solución, que nada puede cambiar, que todo va de mal en peor y que nuestros esfuerzos por hacer el bien caen en sacos rotos. Si pensamos en años anteriores —antes de internet— nuestra capacidad de percepción del mundo era mínima. Las noticias llegaban por medio de los periódicos, la radio y algunas revistas impresas. Hoy en día, cuando nuestra atención está puesta en las redes sociales, vivimos totalmente atomizados por lo que sucede en nuestro entorno más cercano, pero también por lo que sucede del otro lado del mundo. Esto ocasiona un doble mal: o dejamos entrar al miedo por lo que pasa afuera o dejamos que nos domine la indiferencia. Todo eso trae como consecuencia que vivimos «distraídos» de la realidad y dejamos de atender a lo que somos y a lo que podemos hacer para hacer del mundo un mejor lugar.
Y, aunque pareciera que todo estuviera perdido, que no hay salida; claro que no es así, pues el ser humano posee los resortes necesarios para oponerse a toda situación negativa. No sólo refiero a sus estructuras cognoscitivas y psicológicas, sino que hablo sobre todo de su capacidad imaginativa, creativa, generadora de nueva vida y desarrolladora de nuevas posibilidades. Creo que en esto hay dos capacidades a desarrollar y potenciar en nosotros. Por un lado, la «atención» que, como decía Simone Weil, «consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto, manteniendo próximos al pensamiento, pero en un nivel inferior y sin contacto con él, los diversos conocimientos adquiridos que deban ser utilizados […]. Y sobre todo el pensamiento debe estar vacío, a la espera, sin buscar nada, pero dispuesto a recibir en su verdad desnuda el objeto que va a penetrar en él». La atención requiere dejar de lado tanta información que entra en nosotros, y que nos afecta, para buscar cierta quietud física y mental. Es un desacelere de la misma existencia y un serenarse del espíritu.

Foto: Cathopic
Atención no es olvidarse del mundo sino que es habitarlo de otra manera, incluso de manera nueva, como nunca antes se ha hecho. Es ver el mundo de cada día y aprender a contemplarlo de otro modo. A decir de Byung Chul Han: «La atención contemplativa es esencial para mirar. Esa atención observa las cosas sin pretender apropiarse de ellas, sin pretender anexionárselas. Quien sabe mirar se vacía, se convierte en nadie». En un tiempo de influencers y de consumismo material y experiencial la atención nos ayuda a ver para mirar interiormente, mirar para contemplar desinteresadamente, contemplar para admirar reverentemente. Atención es detenerse en cada detalle de lo cotidiano, de silenciar el exterior, para oír los deseos vitales de plenitud que cargamos en nuestro interior. La atención a lo exterior repercute en el esfuerzo de atender a lo interior, a lo personal y tomar contacto con lo que somos y lo que queremos llegar a ser. Atención es cuidado de sí, de valoración del ser que somos y que debemos recuperar. Es recuperar la unicidad y la religiosidad de saberse únicos en el mundo con potencialidades muchas veces no reconocidas. «La atención extrema es lo que constituye la facultad creadora del hombre, y no existe más atención extrema que la religiosa. La magnitud del genio de una época es rigurosamente proporcional a la magnitud de atención extrema, es decir, de religión auténtica, en dicha época», dice Simen Weil en La gravedad y la gracia.
Creemos, con Weil, en la religión entendida en sentido estricto de re–ligación, de retomar la unión con nuestro propio espíritu que necesita de esperanzas de un cambio de situación. Con ello nos referimos a la segunda capacidad por desarrollar: la imaginación. La imaginación posee una fuerza que es capaz de crear nuevas utopías y nuevos horizontes de plenitud, de gozo con lo simple, de alegrías cotidianas. La imaginación corre entre dos filos: el de la razón y el de la afectividad. Cuando «sentimos» que todo está mal y que no hay salidas nos vemos sin fuerza ni voluntad de continuar. Aquí necesitamos de la imaginación que alimenta a la razón para serenarla y luego la impulsa para desarrollar su potencial creador. Por eso la imaginación es mediadora, dirá María Noel Lapoujade en Filosofía de la imaginación:
«En sus procesos de mediación, la imaginación puede participar ejerciendo su intermediación entre las actividades voluntarias y las racionales; entre voluntad y razón […]. La imaginación puede participar como uno de los factores de la motivación del acto voluntario a través de imágenes desencadenantes de deseos, configurantes de intenciones o propósitos, delimitando figurativamente, de manera condensada, sintética, las representaciones en torno a las que se procede a la reflexión (deliberación)».
La imaginación no sólo crea escenarios irreales sino que tiene que ver con ejercer una fuerza donde, cuando la gravedad de los asuntos humanos nos hace sentir que nos aplasta, ella nos impulsa hacia arriba y hacia adelante. Cuando nos sentimos prisioneros de nuestros propios pensamientos, siempre dentro de las situaciones concretas, la imaginación nos da alas para volar sin perder de vista el suelo desde donde despegamos. Es necesario que «el pensamiento reciba su espacio esencial en un impensado (Ungedachten), pero esto no implica una desatención para con el pensar transmitido, sino una puesta en libertad», apunta Ángel Gabilondo.
Lo imaginado, lo impensado, es creación humana específica para las diversas situaciones que cada uno de nosotros atravesamos. Como dice Albert Duch: «El anthropos no vive con la imaginación sino en ella; ésta es su condición de posibilidad y su realidad cotidiana a la vez, y la retórica, por ende, sustancia la constante dialéctica entre lo imaginal y lo conceptual, es decir, la inestable y mudable».
Cuando creemos que somos tan racionales, reconocer nuestra limitación y abrirnos a superar las palabras que nos limitan, eso nos posibilita aprender a vivir en convivencia con la imaginación para salir de donde estamos.
Por eso la imaginación es capaz de adentrarse en lo histórico–temporal y de arrastrarnos hacia lo utópico–futuro. No se trata de evitar los sufrimientos que son parte de la vida —corporales o espirituales— y que debemos asumir. Pero el sufrimiento, que nos condiciona, no nos determina. Cuando sentimos que en nuestro hoy no somos lo que queremos ser la imaginación irrumpe en la costumbre de lo cotidiano para abrirnos el camino hacia lo posible impensado. Se necesita fuerza y coraje para romper con el límite que nosotros mismos nos colocamos de aceptar sin más lo real accesible. Esto implica recuperar la confianza en sí mismo, de recuperar la fe, una fe que se caracteriza por ser una transgresión inventiva, entendida como «la práctica audaz de la verdad, de aquello que hace verdadero, y que tiende a hacer posible, a “preservar” (salvar de antemano, anticipar), a abrir a un “no–dicho”, a un “no–conocido” de la realidad demasiado estrechamente vivido», sostiene Adolphe Gesché.
Necesitamos entender que normalmente no somos ni vivimos desde nuestro yo verdadero, sino que sobrevivimos desde lo aparente, y que necesitamos creer —tener fe— en que podemos ser verdaderos, que podemos ser creíbles —fieles— a nosotros mismos.
La fidelidad, agrega Gesché, implica que, quien desee ser verdadero, deberá «introducir en ella [la propia vida] el peso del Absoluto».
Absoluto no tiene nada abstracto, sino que es esa necesidad concreta de plenitud, de amor entregado y amor recibido, de perdón y reconciliación, primero consigo mismo y luego con los demás. La fidelidad, como dice Gabriel Marcel, «debe tener como punto de partida lo que llamaré un dato absoluto (esto lo siento en grado máximo en relación con los seres que quiero). Al principio, es necesario que haya la experiencia de una entrega: algo nos ha sido confiado, de tal modo que no sólo somos responsables ante nosotros mismos, sino también ante un principio activo y superior».
El contacto con lo absoluto lo logramos con la atención y con la ayuda de la imaginación nos redescubrimos como aquellos que muchas veces no aceptamos ser, descubrimos la verdad de nuestro ser y en ello se juega la fidelidad. Fidelidad a la vida recibida, fidelidad a la vida asumida y en proceso de realización. Fidelidad a esa identidad que es supra–temporal porque vienen desde nuestros genes y que reclama aceptarla, asumirla y llevarla a su cumplimiento.
Para saber más
- Duch, Lluís–Chilló, Albert, Un ser de mediaciones. Antropología de la comunicación, Vol. 1, Barcelona: Herder, 2012, p.150.
- Gabilondo, Ángel, La vuelta del otro, Madrid: Trotta, 2001, p.102.
- Gesché, Adolphe, La paradoja de la fe, Salamanca: Sígueme, 2013, pp. 48 y 55.
- Han, Byung–Chul, Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, Buenos Aires: Paidós, 2025, p.15.
- Lapoujade, María Noel, Filosofía de la Imaginación, México, Siglo XXI, 1988, p.244
- Marcel, Gabriel, Ser y tener, Madrid: Caparrós, 2003, p.16.
- Weil, Simone, A la espera de Dios, Madrid: Trotta, 2009, pp. 70–71.
- Weil, Simone, La gravedad y la gracia, Madrid: Trotta, 2007, p.154.





