«Regresaron a su tierra por otro camino».
ENERO
Is 60, 1–6
Sal 72 (71), 1–2.7–8.10b–11.12–13
Ef 3, 2–3a.5–6
Mt 2, 1–12
- La fiesta de la Epifanía lleva a plenitud la celebración de la Navidad. Nos recuerda que, a través de la Encarnación, Dios no sólo apareció en la historia, sino que se manifestó, confiándonos la responsabilidad y la alegría de buscar, reconocer y adorar los signos de su presencia en la realidad y dentro de la historia.
- El camino de los Magos sigue siendo una fuente perenne de asombro para todo discípulo. Pero también es un desafío: ¿con cuánta libertad interior estamos dispuestos a ponernos de nuevo en camino con tal de encontrar y adorar al Dios hecho hombre? Para encontrar a aquél que ya ha «nacido» necesitamos estar dispuestos a atravesar fronteras y dejar atrás seguridades, con tal de alcanzar la plenitud que todavía nos falta. Después de buscar, se requiere también el valor de formular nuevas preguntas, para no detenernos en el camino: «¿Dónde está el que ha nacido, el rey de los judíos? Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
- Cuando encuentran a Cristo, no lo hallan realizando grandes prodigios: «… sino que vieron a un niño silencioso y confiado a los cuidados de su madre. Ningún signo de poder, salvo el gran espectáculo de su humildad» (San León Magno). En esa humildad se revela la verdadera grandeza de Dios.
Una vez encontrado Cristo, ya no es posible volver atrás por el mismo camino: el encuentro con Él transforma la vida y abre nuevas sendas. Cambiando de vida, cambia también el camino. Por eso, no tengamos miedo de ponernos en camino como buscadores, ni de plantearle a Dios nuestras preguntas más hondas. Que al encontrarlo sepamos postrarnos en adoración, para que su luz ilumine nuestras tinieblas y nos haga volver a la vida cotidiana —a la casa, al trabajo, a la comunidad— por otro camino, el del reconocimiento, la humildad y el amor.

Ilustración Tzitzi Santillán






