«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?».
OCTUBRE
- Isaías 25, 6–10
- Salmo 22, 1–3a. 3b–4. 5. 6
- Filipenses 4, 12–14. 19–20
- Mateo 22, 1–14
§ En el texto del profeta Isaías vemos la imagen de un gran banquete preparado por Dios. El banquete es símbolo de fiesta, alegría, comunión y fraternidad. Se trata por tanto de un anuncio de esperanza a pesar de la vivencia del sufrimiento, la guerra, la muerte y la humillación. El banquete representa también la salvación de Dios, y tiene que ver con una vida de comunión con Dios y con los demás, una vida de comunión en la que nadie puede quedar excluido. Esta comunión siempre conlleva armonía y alegría. De hecho, el profeta señala que este banquete se prepara y ofrece a todos los pueblos: «un festín con platillos suculentos para todos los pueblos».
§ En el Evangelio Jesús también habla de un banquete, y este banquete de bodas representa el Reino de Dios, que, de igual manera, es ofrecido a todos y todas. Aunque la invitación es abierta, no todos responden de la misma manera. Algunos invitados rechazan la invitación y otros incluso reaccionan con agresión y violencia, ¿qué hacer al respecto? Vemos que el rey que prepara la boda para su hijo no se desanima, sino que persiste en extender la invitación a todos los lugares y a todas las personas. Seguramente llegaron personas con hambre y aquellas que jamás habían estado en un gran banquete. Seguramente llegaron las personas menos esperadas y aquéllas que recuperaban el sentido de su valor y dignidad.
Hoy es necesario recuperar la importancia de ser insistentes como el rey de la parábola del banquete del Reino. Es la imagen de Jesús que siempre sale a buscar, incluir y servir. Esto nos recuerda la expresión del papa Francisco de la «Iglesia en salida», aquella que no se queda encerrada en los templos y sacristías, sino que sale al encuentro de las personas, especialmente de los más pobres, alejados, heridos y marginados. Además, que mantiene siempre las puertas abiertas para todos y todas. Así vamos realizando el gran banquete soñado por Dios, que también es signo de la salvación.







