«El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en nacer. Y en ese claroscuro, aparecen los monstruos».
Esta frase, atribuida a Antonio Gramsci, volvió a mí una y otra vez mientras leía A Secular Age (Una Era Secular) de Charles Taylor. No solo como una observación política, sino como una descripción profundamente existencial de nuestro tiempo. Algo en ella nombra con claridad la sensación de estar viviendo en una transición inacabada, en un terreno inestable donde muchas de las certezas que antes sostenían nuestra vida colectiva se han debilitado, pero nada nuevo ha logrado aún ocupar plenamente su lugar.
Taylor no habla simplemente de la pérdida de la religión o del avance del no creer (incredulidad). Lo que describe es una transformación mucho más profunda: un cambio en la forma en que experimentamos el sentido, la esperanza, el tiempo y la posibilidad misma de creer. Ya no vivimos en un mundo «encantado», donde el significado parecía dado y compartido, tejido casi naturalmente en la vida cotidiana de manera cuasi mágica y con una religiosidad muchas veces impuesta (con fuerza o por presión de contexto). Pero tampoco hemos llegado a un mundo verdaderamente nuevo, capaz de sostener la vida humana, personal y socialmente, en toda su complejidad.
Lo que queda es un espacio frágil, un entre-lugar, o espacio intermedio, marcado por tensiones, miedos y una pregunta persistente: ¿qué significa hoy ser humano?
Es precisamente en este espacio donde aparecen los monstruos. No como criaturas fantásticas ni como enemigos externos, sino como respuestas confusas, a veces agresivas, a veces seductoras, a nuestra dificultad para encontrar sentido, dirección y esperanza en un mundo donde la trascendencia ya no parece evidente, pero sigue siendo profundamente anhelada.
Mi intuición es sencilla, aunque incómoda: ni un regreso nostálgico al pasado encantado, cuasi-mágico, ni una apuesta más radical por el desencantamiento moderno, sin misterio, nos permitirán salir de este impasse. Ninguno de los dos hará nacer el nuevo mundo que, de algún modo.
Davos 2026 como espejo de nuestra condición
El Foro Económico Mundial de Davos es un buen espejo de esta condición. Año tras año, líderes políticos y económicos se reúnen allí para interpretar la complejidad del presente y proponer futuros posibles desde una absoluta autorreferencialidad y desde la lógica del poder de la razón económica como único sentido determinante del mundo y su futuro. Un espacio profundamente marcado por el privilegio y una evidente limitación y exclusión de voces. Se habla del mundo, pero no siempre con el mundo.
En ese escenario, la trascendencia suele estar presente solo de forma marginal o de modo utilitario. No está prohibida, pero tampoco ocupa un lugar central. La vida se piensa, sobre todo, en términos de gestión, crecimiento económico, seguridad y control, y desde la fracasada noción del efecto goteo (trickle-down). Y eso dice mucho de nuestra época.
Los discursos pronunciados en Davos 2026 por el representante de Estados Unidos y por el representante de Canadá ilustran con claridad las tensiones de este momento histórico. Aunque a primera vista parecen expresar visiones opuestas, ambos revelan una dificultad compartida: la incapacidad de imaginar un horizonte verdaderamente distinto al marco actual.
El encantamiento del poder
El discurso del representante de Estados Unidos en Davos 2026 articuló una visión del mundo centrada en la fuerza, la dominación (si es necesario por imposición y desde una noción neo-colonial) y del destino nacional. La prosperidad aparece como algo que desciende desde el centro del poder hacia el resto del mundo. El orden se garantiza desde arriba, por quienes tienen la capacidad de imponerlo. El mensaje es claro: cuando una (única) nación fuerte lidera, el mundo funciona.
Esta visión, paradójicamente, tiene algo de encantamiento. No se trata de una apertura al misterio ni de una espiritualidad encarnada, sino de un encantamiento del poder mismo. El mundo se interpreta a través de binarios morales simples: ganadores y perdedores, aliados y amenazas, fuerza y debilidad. La complejidad se percibe como riesgo. La diferencia, como algo que debe ser contenida o neutralizada.
Es una forma de fe superficial, no necesariamente religiosa o pseudo-religiosa, basada en fuerzas casi míticas que legitiman la dominación. Una espiritualidad sin vulnerabilidad. Aquí, las instituciones, la ciencia o los acuerdos internacionales se vuelven opcionales, útiles solo mientras refuercen una visión unilateral o desechables si se ponen en el camino unívoco. Todo lo que no encaja se convierte en obstáculo.
Este tipo de encantamiento promete orden y seguridad, pero suele producir exclusión. Se presenta como claridad, cuando en realidad simplifica violentamente la realidad humana.
El orden del desencantamiento
En contraste, el discurso del representante de Canadá en Davos 2026 expresó una preocupación más sobria por la fragilidad del orden global. Su énfasis estuvo en la cooperación entre naciones, el respeto por las instituciones y la responsabilidad compartida frente a los desafíos geopolíticos, económicos y climáticos.
Aquí encontramos una postura claramente desencantada (en el sentido que Taylor expresa): racional, ética, institucional. Se desconfía de los mesianismos y de las certezas absolutas. Se apuesta por la capacidad humana de organizar la vida colectiva mediante normas, acuerdos y estructuras comunes. Es una visión seria, comprometida, que busca estabilidad en medio de la fragmentación.
Sin embargo, también esta postura revela sus límites. Todo se imagina dentro de lo que puede ser gestionado, administrado y controlado. La esperanza se vuelve técnica. El futuro se planifica, pero ya no se espera. La trascendencia no se niega explícitamente, pero se deja en silencio, como si fuera irrelevante para la vida pública.
Y, una vez más, quienes cargan con mayor vulnerabilidad, los pobres, los desplazados, los excluidos, aparecen principalmente como cifras, riesgos o consecuencias. No como sujetos activos de la historia, ni como aliados reales en la construcción de un mundo distinto.
Lo que se pierde en el camino
Nuestra modernidad suele contarse a sí misma una historia de progreso: a medida que dejamos atrás el encantamiento, avanzamos en razón y libertad. Charles Taylor llama a esto «relatos de sustracción». El problema es que estos relatos suelen ocultar lo que se pierde en el proceso: profundidad, sentido compartido, una orientación más amplia de la vida.
También dejan fuera a muchas voces que no encajan ni en el relato del encantamiento ni en el del desencantamiento. Comunidades y culturas que han habitado siempre otros registros del sentido, y que hoy corren el riesgo de ser silenciadas como daño colateral de disputas económicas y geopolíticas.
Así es como los monstruos persisten: no solo a través del caos visible, sino también mediante la normalización silenciosa de la exclusión.
Cuando la encarnación pierde su carne
Tanto el encantamiento del poder como el desencantamiento tecnocrático comparten algo inquietante: una forma de encarnación vaciada. Se habla de valores, identidad, incluso de fe, pero sin tocar la vulnerabilidad real, los cuerpos concretos, el sufrimiento cotidiano.
El sentido parece descender desde arriba, pero no se deja afectar por la vida tal como es. Se usa para justificar orden, coherencia o control, más que para sostener la vida.
Tal vez lo que necesitamos es un giro. Un movimiento inverso. Algo que podríamos llamar, aunque suene paradójico, una salida a la intemperie (excarnación) encarnada: no una retirada del mundo, sino una exposición más profunda a él desde el testimonio y desde una vida tejida en comunidad.
Un modo de buscar sentido que no empiece por sistemas cerrados, ideologías o certezas heredadas, sino por la experiencia vivida: personas y comunidades que, en medio de la historia concreta, disciernen, responden desde el sentido de la otredad y que se dejan transformar por los encuentros, desencuentros y reencuentros en el tejido cotidiano de la vida.
El tiempo que nos falta y la esperanza que aún espera
Quizá lo que más escasea hoy no es información ni capacidad de acción, sino una manera distinta de habitar el tiempo. Vivimos atrapados en el «cronos»: plazos, urgencias, crecimiento, gestión de riesgos. Pero hemos perdido el «kairos»: el tiempo de la transformación, del sentido, de la promesa.
Aquí, la intuición de Teilhard de Chardin resulta especialmente iluminadora. A medida que el mundo se vuelve más vasto y más profundamente interconectado, la encarnación no se retira: se profundiza. El sentido no converge por uniformidad, sino por relación. La conciencia crece a través de la apertura, hacia una noogénesis que apunta a una Cristogénesis posible allí donde la vida, la libertad y el amor pueden encontrarse sin miedo, pero también sin ingenuidad.
La pregunta de fondo, entonces, no es si todavía es posible creer, sino si aún nos atrevemos a vivir orientados y creemos que hay algo más. Si podemos reconocer que esto no es todo lo que hay.






