Chiviltic: esperanza en la tercera persona del plural

Por Claudia Aguirre Macossay, académica del Centro Universitario Ignaciano del ITESO

«A mí el rap me enseñó a hablar poniéndome de pie… me enseñaron a odiarme por mi color de piel y a sentirme avergonzado por mi apellido, porque no era importante…»

Así comenzaba una charla Raúl Alejandro, joven muralista, rapero y chiapaneco originario de la comunidad de Abasolo.

La frase es contundente en el contexto global que vivimos, nos recuerda que, aun cuando la realidad es cada vez más compleja, hay personas que buscan existir desde lógicas distintas, encontrando posibilidades para sanar e ir siendo parte de un mundo que se gesta en lo oculto, desde el perdón, la sanación; compartiendo y abrazados de aquello que les devuelve la fe en el misterio del saber estar.

La realidad global que vemos y vivimos pasa por imágenes de guerra, devastación, desplazamientos forzados; la imposición de un país sobre otros, la persecución irracional del ICE hacia personas de cualquier lugar de América Latina genera terror, nos hace sentir indignación e impotencia.

Nuestro peor enemigo ha sido la indiferencia, así como una especie de pistantrofobia —miedo profundo a confiar— que nos ha ido alejando de experiencias nuevas de relación y fortalecimiento social.

La historia de Raúl Alejandro nos inspira a reconocer todas las rendijas por las que se cuela la vida buena, el cuidado común y las otras formas en las que la esperanza se muestra. En la tormenta de sinrazones que tiene este sistema, hay otras tantas cosas que nos invitan a «ponernos de pie» para hablar de ellas. En este texto queremos compartir, estudiantes y profesoras/es del Centro Universitario Ignaciano (ITESO), una experiencia que nos ha dado pruebas de que hay rincones, mesas con personas, espacios en donde se hace la esperanza y la solidaridad con otros colores y ritmos.

Muchas comunidades han podido resistir a las «tormentas» del sistema capitalista conservando la esencia y la paz común. ¿Cómo han ido haciendo esto? Se acompañan en el proceso de sostener y buscan alternativas que les permita conservar sus valores. Chiviltic es una de ellas. Pequeña comunidad tseltal en Yajalón, Chiapas. Allá fuimos estudiantes y profesoras/es del Centro Universitario Ignaciano, con el objetivo de vivir de cerca aquellos entendimientos colectivos que sostienen el tejido social de esta comunidad.

Primer entendimiento: Yo soy tú, Tú eres yo

La lengua tzotzil nos reveló su primera lección de solidaridad. Muchas palabras terminan en –tik (tic), una partícula que alude a lo plural, a lo que vivimos en conjunto, «lo nuestro». Por ejemplo, capel–tic, que significa «Nuestro café». No existe la posesión individual de la experiencia; se vive desde el nosotros.

Mientras nuestro lenguaje occidental está marcado por una tendencia a lo individual, a vernos separados del otro, a no sentirnos parte de la tierra que nos sostiene, en Chiviltic las palabras mismas nos enseñan otra forma de habitar el mundo.

El sentido comunitario no se declara con discursos, está implícito en un «nosotros» que se vive junto con la niñez, las mujeres, personas de mayor edad, así como con animales, árboles y ríos. Todas, todos estamos ahí. La niñez tiene un papel importante en esto. Son activos en llevar y traer a las visitantes. Enseñan, festejan, bailan, te toman de la mano para que bailes su danza. Una vez bailando, el corazón se entrega al mundo de «lo nuestro». La voz de Clara (visitante) lo dice así:

«Si antes para mí el baile era una forma de expresión personal, eso se transformó y se volvió una manera de vincularme espiritualmente con las personas y con la música… entendí que también se pertenece cuando el cuerpo aprende a escuchar y a responder».

Estos momentos nos han hecho reflexionar en la importancia del estar y ser junto con las demás personas. Sin caer en un voluntarismo que cree que enseña a otros lo que —se cree que— necesitan, pero tampoco quedando estáticos ante la dinámica del nosotros/as que se construye a través de momentos específicos.

Ellas y ellos son expertos en su propia vida y cultura. Venimos a aprender, compartir y acompañar.

«Les aprendí la manera en la que se hacen los vínculos. La forma en la que se organizan y deciden, no únicamente mirando su bien, sino siendo conscientes de que son parte de una comunidad. Buscar lo que sea bueno para todas y todos» (Mayte).

Foto: Valeria Hijar, CUI, ITESO

Segundo entendimiento: «Las prisas y el todo» son una trampa

Tomar decisiones colectivas requiere de tiempo, escucharse, expresar las ideas. Comer juntos, criar y celebrar son actividades a las que se les otorga el tiempo que requiere. ¡No hay prisa para que estos procesos ocurran rápido! No es pérdida el tiempo que se brinda a esto.

Reflexionamos acerca de la inmediatez y cómo nos ha hecho adquirir prácticas que a veces no reflexionamos ni advertimos sus implicaciones. Una muestra es hoy el uso de la IA, de la cual no dudamos de que permite la resolución rápida de tareas, mas no podemos ser ajenos también a la incapacidad que irá generando en el uso de nuestras capacidades. Irónicamente, confirmamos lo que algunos advertían: Sustituir al ser humano.

Hemos «canonizado» ciertas posturas o ideas que nos hacen sentirnos triunfadores individuales. En una condición así, no cabe la solidaridad, el cuidado del otro/a… se alejan las opciones de una esperanza colectiva.

Sin embargo, la calma nos permite ser, desde la autenticidad y la libertad, personas en diálogo, generosas, dispuestas al encuentro con lo distinto.

«Mientras convivía con la comunidad jugaba con los pequeños, bailaba con el ritmo de la marimba; aprendía y sentía cómo mi corazón se iba reconciliando con la vida, con la naturaleza y con una sabiduría ancestral que no se impone, sino que se comparte en lo cotidiano» (Clara).

La calma nos permite la conciencia del «nosotros», nos sentimos presentes, nos reconocemos frágiles pero fuertes y acompañados. Se respira lo colectivo:

«La importancia de hacer comunidad es reconocer la vulnerabilidad que habita en cada uno de nosotros y sentirnos acompañados en el camino. De saberme consciente de que Dios habita en las miradas, en las comidas compartidas, en el río y en los niños, niñas» (Mayte).

Tercer entendimiento: Hay una Iglesia donde nos esperan

¿De qué Iglesia hablamos cuando nos referimos a ella? ¿De qué Iglesia nos hemos separado o a cuál es a la que servimos?

Chiviltic nos regaló la oportunidad de sentir una Iglesia viva; de darnos cuenta de que existen otras iglesias en la misma Iglesia. Una donde nos esperan, nos miran a los ojos, nos acompañan. Donde el servicio es el alma y la oración es el momento de agradecer.

Vivimos en esta comunidad la celebración de la Virgen de Guadalupe, en una liturgia que dirigimos todas las personas presentes. Si se puede decir que el presente nos evoca el pasado, podemos asegurar entonces que «Vimos cómo el espíritu de Jesús de Nazaret se hace presente a través de diáconos, del coro y de mujeres que leen el evangelio en su propia lengua. Atestiguamos una comunidad de fe que canta, danza y reza junta a Tatik Dios con entrañable confianza y devoción. Que no cuenta el tiempo de la celebración, sino que se entrega a cada momento.

Las celebraciones se realizan en la propia lengua. Ninguno de los visitantes sabíamos el idioma y algo nos ha hecho pensar que eso no fue un obstáculo:

«Viví en carne propia que no es necesario hablar la misma lengua para poder entender… la comunidad lo daba todo para hablar en nuestro idioma, ya que nosotros escasamente habíamos aprendido unas cuantas palabras; las cosas que compartimos y el inmenso acogimiento, junto a la ilusión de habitar, pertenecer a la comunidad es algo inexplicable… que probablemente ningún idioma lo pueda explicar pues fue algo que sólo se quedó grabado en la tierra que nos vio bailar, jugar y platicar juntos» (Ana Pau).

«Aprender el lenguaje no es memorizar el vocabulario, sino acercarme a sus gestos, silencios, ritmos y maneras de nombrar la vida, quería aprender cómo se revelaba el mundo para ellos y, poco a poco, aprender también a habitarlo» (Clara).

Una iglesia recíproca. Es quizá como la Iglesia de Pentecostés, en la que no hace falta hablar la misma lengua, sino sentir en el mismo corazón. Hacer vida juntas, juntos. ¡Gracias, Chiviltic, por regalarnos esto!

Esperanza para este 2026

En medio de este panorama de incertidumbre creemos que la esperanza no se encuentra en las estructuras que hoy se desmoronan, sino en la resistencia de los pueblos que, a pesar del dolor y el asedio, se niegan a ser borrados de la historia.

Hablar de esperanza y solidaridad hoy exige dos cosas: reconocer la profundidad de la crisis en la que estamos y, después, articular nuevas formas de solidaridad que trasciendan las fronteras impuestas por quienes pretenden gobernarnos a través del miedo.

Ana Paula Suárez Vargas, alumna del ITESO–CUI, lo expresó con claridad: «Para tener un tejido social fortalecido es bueno tener presente que la solidaridad es la ternura de los pueblos. Ser solidarios es que exista confianza para que haya relaciones de dignidad, donde las vocaciones y sentidos de vida puedan encontrarse naturalmente».

Ésa es nuestra esperanza. No la que espera pasivamente, sino la que se construye día a día en la resistencia amorosa de los pueblos que siguen celebrando la vida, a pesar de todo.

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Testimonio colectivo de estudiantes y profesoras del Centro Universitario Ignaciano (CUI) tras su experiencia de inserción cultural en Chiviltic, Yajalón, Chiapas, diciembre de 2025.

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