Caridad y kórima: heroísmo cotidiano en las misiones jesuitas de la Tarahumara (I)

Por Pablo Galindo Cruz*

El otro como la medida de nuestra exigencia

«Nos mueve este cariño tan grande por el pueblo tarahumara, nos mueve el amor a Jesucristo, presente en este pueblo que se revela de manera tan sencilla; nos mueve el Evangelio, nuestra vocación es ésta: jesuitas en compañía en la Sierra Tarahumara», me dice con emoción y sinceridad el padre Enrique Mireles, sacerdote de la Compañía de Jesús, quien pasó más de una década dedicando su vida, junto con sus hermanos jesuitas y las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, a la atención de los indígenas que habitan una región llena de belleza, pero también de abandono y marginación.

En los últimos meses se ha hecho público que su labor no está exenta de peligros: el asesinato de los sacerdotes jesuitas Javier Campos («el Gallo») y Joaquín César Mora Salazar («el Morita»), sucedido en junio de 2022, indignó a la comunidad y a quienes ven en la ayuda a los más necesitados el ministerio de Cristo.

«Son mis hermanos jesuitas, el padre Gallo era mi superior aquí en la misión, y Joaquín también, mi hermano jesuita de comunidad. Aunque vivimos en tres casas diferentes, aquí en la Tarahumara, formamos una sola comunidad con un solo superior, en este caso, el Gallo», me cuenta Mireles con tristeza.

En el momento de tener esta conversación, en marzo de 2023, el padre Enrique Mireles dirigía el Complejo Asistencial Clínica Santa Teresita A.C. (CACSTAC), obra fundada por el padre Luis Verplancken en 1963. Con el trabajo de laicos y religiosos, pasó de ser un pequeño local provisional contra la desnutrición en Creel, Chihuahua, a una institución sólida que ofrece atención integral —física y espiritual— a la población de la Sierra Tarahumara.

No se trata de una obra de simple altruismo, o de esa «caridad» con minúscula, alejada del amor evangélico. Es una labor que no entiende la Caridad sin la Justicia, del que da la vida por los amigos. Para concebir un amor así, una noción es clave: quien ama no lo hace para satisfacer su propio deseo de bondad o criterios de santidad; la medida del amor es la necesidad del amado que, como señaló el filósofo Emmanuel Lévinas en su célebre ensayo La huella del otro, es absolutamente otro. El padre Mireles lo expresa así:

«Apostamos por su cultura, no queremos que cambie esa cultura, que se pierda aquello valioso, los valores rarámuri que nos han enseñado, que principalmente son la comunidad, la libertad, el compartir».

Y luego dice un término que, para muchos, es la piedra angular de la filosofía social rarámuri: kórima.

Este ensayo, que se presentará en dos entregas, tiene como objetivo presentar la filosofía social rarámuri y el diálogo entablado por los misioneros jesuitas con un profundo espíritu católico. Haré énfasis en la noción de kórima para proponerla como una vivencia que, en un plano secular, se acerca a la caridad cristiana. Aunque se trata de una idea ancestral, es suficientemente poderosa para inspirar una heroica y revolucionaria práctica de la justa generosidad en la vida cotidiana de todo aquel que se reconozca capaz de ayudar y necesitado de ayuda.

Para responder a qué puede enseñar la cultura rarámuri al cristiano de nuestro tiempo tomaremos como centro el testimonio del padre Enrique Mireles en el Complejo Asistencial Clínica Santa Teresita.

Foto Jesuitas México

Desarrollo: Kórima y justa generosidad

«Algunos lo traducen mal, como limosna —explica el padre Mireles sobre la kórima— cuando en realidad se trata de compartir sabiendo que yo me encontraré después en una situación similar. Comparto y, después, cuando yo ande por allá en los cerros, otros rarámuris diferentes, que no son a los que yo compartí, me van a compartir a mí y no me van a dejar morir, porque soy un ser humano y tengo derecho a alimento, a tener un lugarcito donde me pueda quedar».

¿Puede haber generosidad en donde se tiene la obligación de compartir? El filósofo Alasdair MacIntyre, en su obra Animales racionales y dependientes, considera que no:

«… si buscásemos una palabra que definiera la virtud principal de las relaciones de reciprocidad, nos daríamos cuenta de que ni “generosidad” ni “justicia”, tal y como son comúnmente entendidas, son del todo adecuadas, puesto que según la mayoría de las interpretaciones es posible ser generoso sin ser justo y ser justo sin ser generoso».

Por ello, MacIntyre plantea la virtud de la justa generosidad como la principal de las llamadas virtudes del reconocimiento de la dependencia. Los paralelismos con la kórima rarámuri son claros, especialmente al reparar en que MacIntyre se fundamenta en la tradición del wancantognaka de los lakota, definida como «la generosidad que un individuo debe a todos quienes también se la deben a él». El padre Mireles pasó varios meses en reservaciones lakotas de Dakota del Sur, y da testimonio de esta similitud:

«Me sentí muy identificado cuando estaba en Rosebud, así como si estuviera aquí en Sisoguichi, en la casa en donde nació todo lo de la misión», comenta.

De manera muy similar, la kórima puede definirse como la ayuda que todo tarahumara tiene derecho a solicitar de cualquier hermano en mejor situación económica cuando se encuentra en una necesidad grave. Pedro J. de Velasco, S.J., en su libro clásico Danzar o morir, ha señalado que:

«… los Rarámuri tienen derecho a pedir a otros el alimento necesario para asegurar su subsistencia hasta que vuelva a ser posible conseguir alimentos. Hay que señalar que se trata estrictamente de un derecho —con su correspondiente obligación por parte de los más afortunados— fuertemente subrayado por la tradición Tarahumara. No se trata de un préstamo, ni mucho menos de una limosna o un regalo condescendiente (…), pedir kórima no implica ninguna vergüenza o humillación».

Así se rompe la distancia entre la justicia y la generosidad: no hay humillación en quien recibe, ni debe vanagloriarse el que da, ya que sólo cumple con una obligación de la que él también es beneficiario, sin que por ello su acto deje de ser virtuoso. Hablamos de la justa generosidad, una respuesta poderosa a quienes, desde la incomprensión o la ideología, critican las labores asistenciales.

Al respecto, el papa Benedicto XVI señaló en su carta encíclica Deus caritas est que desde el siglo XIX se ha criticado la actividad caritativa de la Iglesia argumentando que los pobres no necesitan caridad, sino justicia, y que las obras benéficas serían modos para que los ricos eludan la justicia y acallen su conciencia. Entender que todos tenemos derecho, necesidad y obligación de dar y recibir ayuda —consecuencia de nuestra intrínseca fragilidad humana— ofrece una comprensión racional de la caridad cristiana, que se vuelve más poderosa por su raíz teológica.

Así lo expresa el padre Mireles al hablar de CACSTAC:

«El espíritu de nosotros como misioneros jesuitas es el evangélico, que si se lleva la Buena Noticia todo tiene que empezar al menos porque la gente viva, y que viva bien. Hemos pensado que hay que educar, que enseñar, pero si no hay buenas condiciones de alimentación, si se están muriendo los niños…, es como una cuestión del mismo camino que nos enseña Jesucristo, del amor al prójimo como a uno mismo. Es una cuestión más de solidaridad, pero aquí va más allá. Justicia a lo mejor sería un mejor término, porque en justicia todos merecemos, en equidad todos los seres humanos merecemos el alimento, el agua, el vivir bien, en condiciones de paz. Hay que saber que la fe y la justicia van ligadas, es como un binomio que nosotros los jesuitas desde algunas Congregaciones Generales atrás hemos venido hablando: fe y justicia tienen que ir de la mano, y ése es el impulso de este trabajo. Quizá el nombre está un poco fuerte: Complejo Asistencial» —al hablar, el padre Mireles subraya la palabra “asistencial”— «comienza por dar alguna asistencia, pero en el fondo siempre está la cuestión de la fe y la justicia».

La caridad presupone la justicia, y ambas, la generosidad, por lo que es improcedente cualquier consideración ética entre quien da y recibe, más allá de la mera circunstancia. La práctica de la kórima así lo plantea y, aunque su raigambre no es originariamente cristiana, sí es profundamente humanista, y se ve enriquecida con el diálogo que la comunidad jesuita entabla desde el inicio de su misión.


*Profesor e investigador en la Universidad Panamericana, Campus Aguascalientes.Doctor en estudios socioculturales por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Maestro en Filosofía Social por la Universidad La Salle y Licenciado en Periodismo por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Autor de «La vulnerabilidad como origen de la obligación política» (Eunsa, 2024).

Para saber más

Benedicto XVI. Carta encíclica Deus caritas est. Vaticano, 2005.

Lévinas, Emmanuel. La huella del otro. Taurus. México, 1998.

MacIntyre, Alasdair. Animales racionales y dependientes. Paidós. Barcelona, 2001.

Velasco Rivero, Pedro J. de. Danzar o morir. Religión y resistencia a la dominación en la cultura tarahumara. ITESO. México, 1987.

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