En 2025 se conmemoraron siete siglos de la fundación de México–Tenochtitlan, la gran capital mexica erigida en el lago de Texcoco hacia 1325, y el 13 de agosto de ese mismo año se cumplieron 504 años de su caída, tras un cruel asedio encabezado por Hernán Cortés y sus aliados. Ésta es una historia que ha sido contada innumerables veces y desde perspectivas muy diversas. Durante los tres siglos posteriores a la caída de Tenochtitlan también se impuso una manera particular de contarla, y la más lúcida de las mentes del periodo colonial —una monja criolla de la segunda mitad del siglo XVII novohispano— ofreció su propia interpretación del sometimiento militar y espiritual no sólo de la capital mexica sino de toda América.
El encuentro de dos mundos, el europeo y el americano, que en palabras de Francisco López de Gómara era «la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió», no fue una preocupación de primera importancia para la literatura de los Siglos de Oro, pero en las obras literarias que sí dan cuenta de ese suceso subyace un aspecto común y definitorio: la presencia dominante de un discurso oficial, generado por los sistemas de poder —Iglesia y Estado—, que marginó cualquier versión crítica sobre la conquista de América. Y es que la historia, en cuanto epistemología, mantiene una dependencia directa al lugar de su enunciación; en esta relación del espacio y sus discursos —que Walter Mignolo ha llamado «geopolítica del conocimiento»— Europa ha dictaminado al menos desde el siglo XVI la validez o invalidez de las narrativas globales. En la literatura de los dos siglos que siguieron al encuentro de los dos mundos este discurso preponderante puede advertirse en la recurrente valoración del sometimiento de América como un logro de la Cristiandad y en la insistencia de los dramaturgos por incluir pasajes alegóricos en piezas decididamente históricas con la finalidad de mostrar un tiempo, terrenal y divino, encaminado a consumar la redención de la humanidad.
Relegadas por el discurso hegemónico durante siglos, otras historias han dado cuenta de la colonización de América desde una perspectiva diferente: Guamán Poma, el Inca Garcilaso y Alvarado Tezozómoc, por mencionar algunos. En la literatura novohispana las loas sacramentales de sor Juana Inés de la Cruz ofrecen una versión paralela a la que los dramaturgos españoles habían propuesto hasta entonces. Hablamos de piezas extraordinarias porque son, al mismo tiempo, teatro breve, sacramental e histórico; además, las coordenadas en que se ubican son determinantes para la valoración de su propuesta histórica: el lugar de enunciación, una de las más importantes colonias de España; la autora, una mujer nacida en Nepantla, es decir, «en medio».

Dispersos en la vasta obra de la Décima Musa, algunos versos nos ayudan a comprender su idea de América: en su romance a la duquesa de Aveiro, por ejemplo, la poeta se declara: «compatrïota del oro / paisana de los metales» y —en una imagen no menos contundente que la del famoso título de Eduardo Galeano— le reclama a la «insaciable» Europa que desangre las venas de la «América abundante». Pero, sin duda, la lectura más significativa de nuestro continente aparece en sus loas sacramentales: en la obra que precede a El mártir del Sacramento, san Hermenegildo aborda el descubrimiento; en la pieza que introduce El divino Narciso escenifica la conquista militar, y, finalmente, en la loa para El cetro de José concluye el recorrido histórico con la evangelización.
En estas tres obras —pequeñas sólo en versos, que no en ingenio— sor Juana hace comparaciones aventuradas: considera que el «descubrimiento» de Colón «sobreabunda» el orbe del mismo modo en que Jesús «da lo sobrado» con la institución de la Eucaristía; también equipara una ceremonia de antropofagia ritual —bien documentada— con el sacramento de la Comunión. En general, la monja aparece como una partidaria de que la evangelización de los pueblos originarios debe realizarse aprovechando las similitudes culturales y reconociéndolas como verdades primigenias reveladas, como lo habían propuesto antes el dominico Bartolomé de Las Casas y el franciscano Juan de Torquemada, sus dos principales fuentes.
Bisagra de los dos mundos encontrados, la Décima Musa observa la conquista de América desde la visión de vencidos y vencedores y la reescribe en una festiva conciliación de credos. En la pluma de sor Juana, conquista y evangelización son dos fenómenos indisociables, no porque la segunda justifique a la primera, como sí sucede según el discurso oficial que subyace en el teatro español de la época, sino porque ambas, guerra y asimilación, son dos aproximaciones posibles y quizá inevitables frente al otro.
Las loas sacramentales de sor Juana pueden ser leídas en el tomo III, “Autos y loas”, de sus Obras completas, editadas por el ilustrísimo padre Alfonso Méndez Plancarte.






