Los sacramentos y la Iglesia
La Iglesia en su totalidad, como comunidad de fieles, pueblo de Dios, que comparte la fe en Jesucristo resucitado, ha sido considerada siempre el gran sacramento de la gracia y de la salvación en el mundo. Así como Cristo es el sacramento del Padre, la Iglesia es sacramento de Cristo, por la fe en el Señor presente. ¿Y los siete sacramentos? ¿Son sólo siete? En realidad, todo en la Iglesia es sacramental. La selección de los «siete sacramentos» no fue arbitraria. Se llevó a cabo en el siglo XII como un intento de articular el sentido profundo expresado en los ritos sacramentales y el carácter simbólico y arquetípico del número siete. Los siete sacramentos traducen a un plano ritual los ejes fundamentales de la vida humana.
- El bautismo expresa la dependencia de la criatura, dependencia de Dios, y la sublima como participación de la vida de Cristo. Con la confirmación, constituye la iniciación cristiana.
- La confirmación es el sacramento de la madurez cristiana.
- La eucaristía abre el sentido latente de la comida como participación de la misma vida divina.
- El matrimonio es otro eje existencial: el sacramento de la presencia de Dios en el amor.
- La unción de los enfermos expresa el poder salvífico de Dios.
- El sacramento de la conversión —la penitencia— articula la experiencia del perdón y el encuentro con el Padre misericordioso. Y como todo ser humano vive la experiencia de la ruptura con los demás y con Dios, también el ministro de este sacramento se siente a veces dividido y desorientado, y busca la redención y la reconciliación con todas las cosas.
- El sacramento del orden unge a personas para que vivan la reconciliación y las consagra al servicio comunitario para la reconstrucción de la reconciliación.
Los sacramentos concretizan a la Iglesia universal en determinadas circunstancias decisivas de la vida, como el nacimiento, el matrimonio, el comer, el beber, etc. De ahí se ve que no tiene sentido que alguien pretenda recibir un sacramento de la Iglesia sin tener ningún lazo ni adhesión afectiva con ella. El 4 es símbolo del cosmos; el 3 es símbolo del Absoluto —la Trinidad—, del espíritu, del descanso y de la trascendencia. Con el número 7 se quiere expresar el hecho de que la totalidad de la existencia humana, en su dimensión material y espiritual, es consagrada por la gracia de Dios.
En algunos grupos de creyentes el sacramento se presenta, con frecuencia, como puramente sacramentalista. Si en la vida concreta se viven valores opuestos a la fe, se prosigue la explotación de los demás y prevalece el ansia de acumular cada vez más, ¿qué sentido tiene recibir los sacramentos? En esos casos, el interés de fondo no es el encuentro personal con el Señor, sino el de un consumismo sacramental, que ha invadido peligrosamente a grupos de cristianos. Se piensa equivocadamente que el sacramento actúa por sí mismo gracias a una fuerza misteriosa inherente a los elementos sacramentales. En esa concepción no es Cristo quien actúa, sino la ceremonia por sí misma.
En cada sacramento se densifica y toma cuerpo el «sacramento de la bondad del Padre» (Ef 1,19). El plan salvífico de Dios se mediatiza en gestos, ritos o acciones que encarnan, hacen visible y comunican la salvación. Precisamente estas acciones o gestos son sacramentos.
Se considera a Jesucristo autor de los sacramentos en cuanto que Él, como Verbo eterno, es quien se comunica como amor y salvación en los ritos que expresan la relación de los seres humanos con la divinidad. Cristo relacionó tres sacramentos explícitamente consigo mismo: el bautismo, la eucaristía y la penitencia.
El Concilio de Trento no quiso definir la institución del rito, sino su fuerza salvífica, que no proviene de la fe de los fieles o de la comunidad o de la santidad de quien lo administra ni de quien lo recibe, sino del mismo Jesucristo, que está presente. La gracia sacramental no es causada en virtud de alguna acción o de algún poder, del ministro o del beneficiado, sino que es causada por Dios mismo. Es Cristo quien bautiza, quien perdona, quien consagra. El ministro sólo presta sus labios, su brazo, su cuerpo. Por eso, la gracia acontece en el mundo victoriosa, independientemente de la situación de los seres humanos.
El sacramento de la palabra
La palabra comunica a la persona que habla, antes que transmitir mensajes. La palabra define a la persona, que no es simplemente un instrumento para entregar mensajes.
Dios pronunció en Jesucristo la palabra en que quedaba comprometido totalmente. Los ritos con los que envolvemos nuestras experiencias vitales y existenciales no son meros instrumentos de la gracia: son la gracia visible, y significan la irrupción del acto salvador de Dios en la historia, su triunfo definitivo sobre la maldad humana.

Conclusiones
- El pensamiento sacramental es universal: nada se excluye, todo se puede transformar en sacramento.
- La estructura de nuestra vida es sacramental: la relación con el mundo y con las cosas nos abre a lo simbólico y a lo sacramental.
- Para la tradición judeocristiana, la historia es el lugar principal del encuentro con Dios.
- Las etapas de la historia de Jesucristo también se consideran sacramentos: el nacimiento, la infancia, la vida pública, su pasión y resurrección.
- La misma Iglesia, como prolongación de Jesucristo, es sacramento universal de salvación.
- Puesto que la Iglesia es sacramento, todo lo que en ella hay y lo que en ella se hace posee una estructura sacramental: la liturgia, el servicio de la caridad, el anuncio profético, la vida concreta de los cristianos.
- Los siete sacramentos simbolizan la totalidad de la vida humana, asentada en siete ejes fundamentales.
- Jesucristo es el autor de los sacramentos, en cuanto que de Él proviene la eficacia de éstos.
- En cuanto a la expresión ex opere operato: la presencia infalible de la gracia en el mundo no depende de las disposiciones objetivas de quien administra, ni tampoco de quien recibe el sacramento. La gracia está presente en el rito sagrado y su eficacia depende de Jesucristo.
- La condición para que la gracia sea eficaz es que el ser humano tenga el corazón abierto y preparado.
- El sacramentalismo, el consumismo sacramental y la magia son degradaciones del sacramento.
- El sacramento sólo es tal en el horizonte de la fe. La fe expresa el encuentro con Dios por medio de gestos, objetos, palabras, personas, etc. Las expresiones son los sacramentos.
Apéndice 1. El sacramento ignaciano
La enseñanza de Ignacio:
Él deseaba que aprendiéramos a encontrar a Dios en todo. Así, escribía en las Constituciones: «… apartando cuanto es posible de sí, el amor de las criaturas, por ponerle en el Autor de ellas, a Él en todas amando y a todas en Él, conforme a su santísima y divina voluntad» (Parte Tercera: Conservación y aprovechamiento de los que están en probación, n. 288).
En esta espiritualidad no se hace la separación entre Dios y el mundo que, aunque diferentes, se integran en una síntesis, fruto de la mirada de fe. A Dios lo encontramos en todas sus criaturas. Es un ideal, en la visión de esta espiritualidad, llegar a esta síntesis, que ayuda a integrar la realidad, comenzando por la propia, y a llegar a ser «contemplativos en la acción». Ver la relación con la Contemplación para alcanzar amor.
Apéndice 2: El sacramento del papa Francisco
Si el sacramento es un signo de vida, algo que inspira y promueve la vida, podemos decir que la vida de este papa ha sido sacramental. ¿Qué es lo que de él ha impactado al mundo?
- Su coherencia personal entre lo que decía y lo que hacía.
- Su estilo de vida sencillo y austero, en contraste con el estilo tradicional del alto clero. Se pueden aducir muchos ejemplos.
- Su cercanía al mundo del sufrimiento: sensibilidad y atención a los migrantes, a las víctimas de la guerra, a los enfermos, a los pobres en general.
- El tipo de Iglesia que estuvo impulsando, el modelo de Iglesia que «soñó»: una Iglesia «en salida»: abierta y dirigida hacia el mundo, no centrada en sí misma; una Iglesia renovada: nombramientos nuevos en la administración del Vaticano; cortando de tajo los malos ejemplos: «tolerancia cero» (pederastia, manejos oscuros en el dinero, de parte de eclesiásticos); una Iglesia servicial, no burócrata, cercana a las personas (pastores «con olor a oveja»), como «hospital de campaña»; una Iglesia sencilla, sin ostentación ni lujo; una Iglesia sinodal: recorriendo juntos el camino, Jerarquía y pueblo, signo de comunidad fraternal.
- Un ministerio universal, abierto a todos, sin importar el credo religioso.
- Y nos deja una gran tarea: ser continuadores de este tipo de Iglesia. Después del Concilio Vaticano II somos «Iglesia Pueblo de Dios», es decir, con una conciencia nueva: toca a todos la misión de Jesús en el mundo, todos somos corresponsables de continuar la misión de renovar el rostro y la acción de la Iglesia en nuestro tiempo.






