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«Si los hombres hubiéramos construido la floresta»

Poesía, emergencia climática y espiritualidad

Quisiera profundizar en los vínculos entre poesía, crisis climática y espiritualidad. Estamos hablando de tres cosas muy diferentes, tres fenómenos que muchas veces distan de dialogar o encontrarse. Sin embargo, los tiempos actuales, caracterizados por una creativa e interesante búsqueda de mundos habitables, dignos, justos y con futuro permiten de forma inusitada decir algo al respecto. Lo que, como se verá, no es tampoco una novedad absoluta. La poesía como vehículo de esperanza y palabra no domesticable porta consigo una profunda apuesta por la vida. Evidentemente no toda poesía, lo que es de esperarse si quiere ser fiel a ella misma, pues la poesía es una manera de fracturar la palabra.

De ese modo, hay una poesía que se constituye y entiende como voz del espíritu, como palabra preñada de espiritualidad, como camino a lo invisible. Esta poesía, no siempre con un trasfondo cristiano, sí convoca a una apertura a la trascendencia en cualquiera de sus formas y acepciones. Y es precisamente esta poesía la que se enfrenta a los tiempos de emergencia climática con un nuevo ímpetu, aun tímida y marginalmente.

Propongo abordar el tema desde tres líneas: 1) la poesía: mística, búsqueda y silencio; 2) la palabra convocada en el antropoceno, y 3) hacia una espiritualidad poética y ecológica. Para ello ofrezco algunos versos de mi último libro de poesía, Verde como la Tierra (2022, Oxímoron, Chile) como sonido de fondo de este artículo.

La poesía: mística, búsqueda y silencio

A fines de 2006, junto a un amigo, navegamos desde Manaos hasta la ciudad fronteriza de Tabatinga. Fueron siete días sobre las aguas del río Solimões. Allí surgió, contemplando la vastedad y la belleza de la selva amazónica, el verso que titula este artículo: «Si los hombres hubiéramos construido la floresta». Desde allí se desprende una larga poesía que contrapone el querer humano y sus conveniencias a la realidad vegetal y geográfica tal cual es o se nos presenta hoy. Han pasado 17 años de aquello y hoy sabría ponerles nombre y concepto a varias de las cosas que por intuición y espiritualidad ya sentía. La poesía fue dándole vida a una reflexión no antropocéntrica, a una fe inserta en la gran malla viviente.

Foto: © Alfonso Asensio González, Cathopic

Primero es la pregunta y luego la palabra. Primero es la pregunta sin palabras y luego la poesía. La búsqueda de vida, de amor, de esperanza, de liberación, lleva, no siempre, a la palabra poética. Ella es fruto de una búsqueda interior, profunda, desordenada, caótica y amorosa. Lo que está en el fondo de la palabra poética es muchas veces el deseo de una vida distinta, de un planeta distinto, de un mundo mejor. Si bien eso no asegura una «buena poesía», literariamente hablando, posibilita el hecho de que la palabra emerja. Y eso siempre es bueno. La vida espiritual ha estado marcada por el binomio palabra–silencio. A veces ocurre que la palabra desemboca, al final de la vida, quizás, en el silencio. O, dicho de otra forma, la palabra caótica e infatigable va deviniendo en un suspiro, en un pensamiento, en una escucha. Otras veces es el silencio el que va exigiendo una palabra. El silencio puede también cansar, agobiar, aislar. La vida espiritual es también el arte de saber cuándo decir y cuándo callar, cuándo hablar y cuándo oír.

En el caso de la poesía mística, en cualquiera de sus formas (erótica, oriental, filosófica, o rastrera, barrial, mundana, como me gusta decir y con un tono más latinoamericano y por tanto híbrido y carnavalesco) es mensajera. Dice algo que proviene de otro, de otros y del totalmente Otro. La poesía mística es esencialmente un conducto, un río, una vertiente. Hay lenguajes poéticos que son más árbol, tronco, dunas o valles. La poesía mística es movimiento, más pneuma, si se quiere, soplo, eco.

En la vertiente latinoamericana, la poesía mística ha sufrido, me parece, algunos vaivenes que sería interesante analizar y que superan lo posible en este breve artículo. Pero valga decir un par de cosas: o ella ha renunciado a su carácter latinoamericano, replicando un formato más clásico o europeo, o ella ha imitado un estilo más naive y de corte sapiencial, al modo de máximas o consejos. O, en una tercera línea, ella ha asumido el caos de los pueblos y paisajes amerindios, sus injusticias y aberraciones sociopolíticas y el lamento profundo que corre por sus venas. Sin afán de jerarquizar me aventuro a decir que la tercera línea es la más profunda y auténtica. Es la que se percibe en los Salmos: una palabra comprometida con las causas, heridas y luchas de los pueblos y territorios. Esta última línea no desdice las otras, sino que permite explicitar la diversidad y riqueza que la poesía mística posee. Y nos recuerda lo propio del cristianismo: ser Buena Nueva para los pobres, mensaje de esperanza y compromiso ético con los crucificados (pueblos y paisajes) de la historia. Esto es lo que expresa uno de mis versos, el número 43, en Verde como la Tierra (2022): «Llevaban décadas plantando pinos / hasta que los pinos se rebelaron. / Primero congregaron a los eucaliptos / para secar todo el territorio. / Finalmente se inmolaron en fuego / arrasando con cuanta criatura / se les cruzara por el camino».

La palabra convocada en el antropoceno

Cuando decimos «antropoceno» queremos aludir explícitamente a un tiempo de perturbación. No nos parece adecuado decir que san Juan de la Cruz escribía en el antropoceno, aunque algunos autores pretendan establecer la data de esta «nueva» época en los primordios de la civilización, desde los inicios del sedentarismo o desde la invención de la agricultura. Ni tampoco el poeta místico del sufismo, Al–Hallaj (858–922) al decir «No ceso de flotar en los mares del amor / Las olas me elevan y me hunden / Ya sea que las olas me sostengan / Ya sea que caiga y me hunda / Por fin Él me lleva en el amor / Allá donde no hay orilla». En el antropoceno esas aguas están contaminadas y el poeta se hunde en una isla flotante de plástico.

Una cosa es que el antropoceno (y la crisis climática) se vuelva un motivo de la escritura y otra es habitar el antropoceno poéticamente. Dos cosas bien distintas. El escritor islandés Andri Snaer Magnason, quien no hace poesía mística ni posee un móvil, al menos explícito, ligado a la espiritualidad, tiene un libro de poesía sumamente interesante y fino, Poemas de supermercado, de 2016, en su traducción francesa. El poemario se divide en tres partes: Paraíso en la tierra, Infierno y Purgatorio; lo que inmediatamente vincula el texto a un imaginario cristiano respecto de la vida y el proyecto de un buen habitar. En la primera parte Magnason ofrece un poema titulado Somos lo que comemos que dice: «Mi abuelo era 70% agua / era 70% el arroyo / que recorría la casa / bajando de las montañas […] Yo no soy 70% agua / como máximo un 17% de agua mineral con gas / el resto es una mezcla de Coca light y café».

La poesía declara, ofrece, espera, impele. Detrás de sus versos hay una denuncia del horror y un ímpetu por resarcir la debacle. La poesía, en tanto lenguaje y vehículo de una promesa, propone una mirada de mundo, lejos de aquella en que somos una mezcla de Coca light y café. Lejos de aquella en que hemos, los humanos, devenido en productos, mercancías y material de descarte. Y, peor aún, de paso descartando paisajes, latitudes, pueblos, valles, ríos, playas, quebradas y humedales.

«El antropoceno es una época de cansancios. Constituye una forma de habitar que ha llegado a su fin, al menos en los territorios exprimidos y sacrificados».

El antropoceno exige, en tanto época de fracturas, una palabra fuerte. Una palabra clara que, aun en medio del caos y la incertidumbre, permita seguir esperando. «Las raíces esperan / que las máquinas devoradoras se cansen / la paciencia puede más que el dinero», reza el poema 71 de Verde como la Tierra. El antropoceno es una época de cansancios. Constituye una forma de habitar que ha llegado a su fin, al menos en los territorios exprimidos y sacrificados. ¿Cómo hacerle frente desde la palabra y la espiritualidad? ¿Cómo, desde el aquí y el ahora, construir otros modos de habitar? Allí la poesía mística sigue siendo pertinente y teniendo algo que aportar y decir. Sin embargo, esta poesía debe seguir estando con los ojos bien abiertos, como enfatizaba el teólogo Johann Baptist Metz. No puede caer en las lógicas del supermercado, de lo fácil e inmediato, de lo descartable y consumible. La poesía no se consume, como tampoco se consume espiritualidad. Allí, la palabra poética sigue siendo profética, haciéndole frente a una capitalización de la poesía, a una domesticación de la palabra y, lo que es más grave aún, a una mercantilización de la espiritualidad.

La palabra que convoca el antropoceno es una que busca derribar sus lógicas y maneras de construir mundos, por eso la poesía que navega libre por las redes del consumo y se mantiene marginal frente a las lógicas del cyber–day, más que nunca debe insistir en su alma contestataria, rebelde y libre. La poesía mística del antropoceno es eminentemente política, ética y ecológica.

Hacia una espiritualidad poética y ecológica

El «hacia» en este apartado de alguna manera sobra, porque ya existe una espiritualidad poética y ecológica; ha existido desde siempre. Tal vez no con ese rótulo, pero siempre ha habido una palabra poética y ecológica animando la espiritualidad. Y todas las espiritualidades. En ellas hay un trasfondo ecológico y socioambiental, sin duda; el que en estos tiempos del antropoceno se va ajustando y encauzando. Dicho de otra forma, se va contextualizando, más bellamente aún, se va territorializando.

Territorializar una auténtica espiritualidad preñada de poesía y ecología es tarea de nuestros tiempos. Como he dicho, la poesía en tanto lenguaje, pero también como forma de estar en el mundo, manera de habitar los territorios y comprenderlos. La poesía encuentra hoy un rico cauce de creatividad y exploración. Aquello le es propio a la poesía, sin embargo, ahora lo conduce animado por una espiritualidad ecológica. Es decir, una forma de conectar lo humano con lo «más–que–humano», con lo «otro–que–humano» en vistas del florecer de la vida. La espiritualidad cristiana encuentra ese florecer, tanto su fuente, como su pulsión, en el Dios Trinitario. Allí bebe y de allí surge. A fin de cuentas, la Trinidad (aun riqueza por explorar a cabalidad) es la fuente de la poesía y el soplo que conduce la palabra. Ella es, asimismo, la belleza del mundo y la bondad intrínseca de todo lo que existe.

«El Dios de los místicos no es un Dios de blancos y negros, ni de dicotomías o rigideces, sino más bien un Dios fluido que se mueve entre sombras y epifanías».

Por eso la espiritualidad cristiana, profundamente ecológica, ora con las piedras, en los bosques, dentro de un lago o mientras cuida de su pequeño jardín urbano.

El contacto con lo distinto (el medioambiente) se vuelve un texto para la y el cristiano y allí va encontrando un lenguaje poético para hablar de Dios, hablar a Dios y hablar para Dios. Poco a poco su habitar el mundo se va descubriendo como un habitar poético, y es ese mismo habitar el que va constituyendo una manera de relacionarse con Dios y los demás (humanos y no humanos).

En una hermosa conversación que tuve con el poeta místico argentino, Hugo Mujica, me recordaba que Dios no sólo entra por las fisuras del mundo, intuición profunda de la teología de la liberación y la filosofía política alemana de la segunda mitad del siglo XX, sino que Dios mismo es la fisura. De ahí que sea posible abrirse a Dios en tiempos heridos, aprendiendo a habitar sus fisuras y encontrando en ellas no sólo muerte, sino transformación, metamorfosis y regeneración. En las fisuras del mundo, lo que podría ser un subtítulo del antropoceno, el Dios de Jesús dice una palabra y da permiso para una vida espiritual desde las cenizas, abrazada de la promesa. El Dios de los místicos no es un Dios de blancos y negros, ni de dicotomías o rigideces, sino más bien un Dios fluido que se mueve entre sombras y epifanías; un Dios que se esconde e interrumpe, un Dios de conversaciones nocturnas y atardeceres solitarios. Es el Dios de los cristianos, Aquél que le da vuelta a todo y habla desde el reverso de la historia y de las pequeñas historias. Las humanas y las no humanas. Ese Dios más parecido a una marea o a una santa y caótica peregrinación, nos va develando la fuerza del lenguaje poético en tanto palabra no domesticada y como mirada respecto del mundo, las cosas, los procesos, circunstancias y relaciones.

¿Cómo no acoger esa llama poética para volver a mirar las relaciones socioambientales que se tejen a diario? ¿Cómo no vivir poéticamente estos tiempos del antropoceno y sus heridas abiertas y duras de sanar? La espiritualidad cristiana que puede enfrentar el antropoceno y las diversas crisis, entre ellas las de la propia Iglesia, debe hacer un camino de liberación triple y nada de fácil: liberación de un lenguaje rígido y doctrinario, liberación de una jerarquía anquilosada y anacrónica, y liberación de un pasado mejor. Esta triple liberación es más llevadera y plausible con poesía y ecología; escuchando los versos del Dios escondido y la palabra de amor que nos dice en todo lo creado, o como refiere en un profundo número la encíclica Laudato si’ (2015, número 84): «Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios».

Foto: © Vytautas Markūnas SDB, Cathopic

La emergencia climática también se enfrenta con poesía. El lenguaje es fundamental para romper conceptos, ideas, juicios y concepciones de mundo demasiado arraigadas que, hoy por hoy, no sólo caen en sinsentidos, sino que muchas de ellas son causa o alimento de la crisis. La palabra poética sana y salva, da vida y permite que aquello que no existe aún sea dicho, aparezca y llegue, tal vez, a suceder. Es la fuerza de la palabra, que, siendo humana, teje relaciones extrahumanas y distintas de lo humano. La espiritualidad cristiana (y en general) se entiende como la escucha de una palabra (o silencio que habla): una palabra que viene de afuera y de adentro, del océano y de las estrellas, de la propia razón y de las caricias de la persona amada. Es una palabra de carne que no se queda en la carne. Es una palabra de respiración que se materializa en hábitos, prácticas y maneras de concebir la vida con otros.

La tarea poética es una bella forma de revitalizar una religión cansada y demasiado pesada. Y, me aventuro a afirmar que, en lo que respecta al cristianismo, la poesía está entrando a través de los árboles, las flores, los animales, los hongos y formaciones geológicas. La poesía va revelándose como una palabra formada por lo no humano; como una palabra que vuelve a los humanos habiendo adoptado formas que nos son ajenas. Y la Iglesia debe estar atenta y abierta, si quiere ser fermento, esperanza y sentido, a estas nuevas palabras transfiguradas. La poesía, así, da lenguaje a una floreciente espiritualidad cristiano–ecológica. «Cuando no te escribo / tierra / se me seca la garganta / y los labios se me ponen morados / cuando no te canto / mis raíces se llenan de petróleo / y me olvido de ti / Lo que Dios ha unido que no lo separe el wingka» (poema 16, Verde como la Tierra). 

Para saber más: 
Achondo, P. P. (2008). Itinerantes. Autoedición.

Achondo, P. P. (2022). Verde como la Tierra. Wallmapu Eco(dis)topía. Ediciones Oxímoron. 

Al–Hallaj (2021). Poemas místicos (versiones de Soledad Fariña). Lectura Ediciones.

Snaer Magnason, A. (2016). Poèmes de supermarché (traducción de Walter Rosselli). Éditions d’en bas.

Conversación con Hugo Mujica: Coloquio Internacional de Teología: “El Dios de la vida. Irrupciones–Fisuras–Procesos” (2020, diciembre). https://bit.ly/3Sc4Dsp

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