En nuestra tradición ha prevalecido la imagen de María que nos ofrecen Lucas y Mateo en sus narrativas de la infancia. Pero el papel y la visión que tenemos de María puede cambiar radicalmente cuando en cada uno de los evangelios pasamos a los relatos de la vida adulta de Jesús, su llamada «vida pública», la descripción de su ministerio. En este escrito quiero abordar las tres diferentes versiones que nos presenta cada uno de los evangelios sinópticos del pasaje de la visita de María y sus parientes a Jesús con la finalidad de poder apreciar mejor la propuesta de Jesús de una nueva familia y el nuevo papel que tiene María dentro de ella. Para ello, veremos primero cómo evoluciona el pasaje en cada evangelista, para plantear después sus implicaciones.
Seguramente la escena se describe por primera vez en el evangelio de Marcos (alrededor del año 70). Se encuentra en el capítulo 3. Su centro son los versículos 33–35, pero desde el versículo 21 nos enteramos de que los familiares de Jesús quieren detenerlo pues consideran que «está fuera de sí». En los versículos del 22 al 30 tiene lugar un diálogo entre Jesús y los escribas en el que éstos lo acusan de estar poseído por Belcebú, acusación que sugiere coincidir con la visión de los familiares que vendrá más adelante. Ya en los pasajes del 33 al 35, propiamente, llegan su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, lo mandan llamar. Adentro hay mucha gente sentada. Cuando le dicen a Jesús que su madre y sus hermanos están fuera y lo buscan, él responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?», y mirando a todas las personas que le rodean sentadas en corro, dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre». A continuación de esta escena Marcos transcribe la parábola del sembrador, que culmina con la sentencia «Quien tenga oídos que oiga», que puede entenderse como refuerzo de lo dicho en la escena anterior. Aquí vemos a Jesús resquebrajando una de las bases más sagradas de la cultura de la época: los lazos de sangre.

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El relato en Mateo (escrito probablemente en los años 80), en su capítulo 12, versículos del 47 al 50, es más breve y el tono más suave. Le antecede también una polémica con escribas y fariseos y una condena de Jesús a la generación presente. Le sigue también la parábola del sembrador. A diferencia del relato de Marcos, en éste Jesús no está con una muchedumbre, sino con sus discípulos, de manera que puede significar que aquí sólo este grupo será considerado la «nueva familia». Según Mateo, en lugar de recorrer su mirada sobre el grupo, Jesús extiende su mano hacia él, gesto vinculado a la ayuda y a la protección. Además, menciona explícitamente a Dios como Padre. Le sigue también la parábola del sembrador y toda una sección de parábolas.
Finalmente, Lucas cuenta esta visita de forma más breve. En los capítulos anteriores al pasaje en cuestión Jesús ya ha definido su misión y ha señalado que los signos van a ser el anuncio a los pobres y la liberación de los oprimidos. El capítulo 8 comienza mencionando los grupos de personas que le siguen: los Doce, algunas mujeres que habían sido curadas, cuyos nombres menciona, y «otras muchas que le servían con sus bienes»; a continuación, narra la parábola del sembrador y la de la lámpara que termina con la advertencia de prestar atención a cómo se escucha, «pues a quien tiene se le dará y a quien no tiene se le quitará». En 8,19–21 aparece la familia, a diferencia de Marcos, ésta quiere verlo, no «retenerlo», y, si tienen dificultades para pasar, no es porque no pueden pasar, sino debido a la multitud. La escena se reduce al aviso de que su madre y sus hermanos quieren verlo y su respuesta: «Mi madre y mis hermanos son quienes escuchan la palabra de Dios y la practican». Encontramos que aquí se ha suavizado en gran parte la crítica. En cierto sentido, para Lucas esta escena es como una recuperación de la María que dejó en los dos primeros capítulos. Pero, a partir de ahora, María no sólo es su madre, también su hermana, que en este contexto equivale a decir seguidora, como lo plantea Mercedes Navarro en Los rostros bíblicos de María. Exégesis y hermenéutica bíblica feminista.
Las tres versiones de este suceso tienen una alta probabilidad de referirse a un hecho histórico, según el planteamiento de Santiago Guijardo Oporto. En esas versiones se expresa la ruptura socio–religiosa que provocó el movimiento itinerante de Jesús dentro de las estructuras tradicionales del judaísmo del siglo I. Se trata de un proceso que parte de una gran tensión en Marcos 3, donde Jesús es acusado de actuar por el poder de Belcebú y de estar «fuera de sí». En Mateo 12 pasa a la introducción de una incipiente organización eclesial, porque, aunque conserva la misma estructura y muchos elementos de la anterior, quienes están con Jesús son los de su grupo de discípulos. Finalmente, en Lucas 8, la escena ya no es de conflicto sino de reconciliación. El hecho de que, en este evangelio, la parábola del sembrador preceda al evento de la familia sugiere que el pasaje es presentado ya como fruto de la palabra que cayó en buena tierra.
Para entender mejor la evolución en estos tres textos hemos de recordar que, en los años 70 que corresponden al evangelio de Marcos, el movimiento de Jesús funcionaba como una secta judía contracultural cuyo costo fue la marginalidad e incluso la persecución. En una sociedad colectivista las acciones de un miembro afectaban al de toda la familia. El hecho de que Jesús no se hubiera casado, dejado el oficio, anduviera itinerante con personas desclasadas y desafiara a las autoridades religiosas atentaba contra el prestigio de su clan familiar. En los años 80 la comunidad necesitaba definirse frente a la sinagoga, por ello, el texto de Mateo sirve para legitimar esa identidad comunitaria: el derecho a la ciudadanía del Reino viene de hacer la voluntad de Dios, no del linaje. En cambio, en los años 90, en los que el cristianismo se expande por el Imperio romano, Lucas quiere presentar un cristianismo ordenado y pacífico y transforma el conflicto en elogio a la obediencia que, de alguna manera, incluye a la propia María.
Es así como Jesús fundó un movimiento de integración en un sistema familiar opcional en una comunidad de iguales basada en el discipulado, no en la herencia de sangre. Así redefine el concepto de la familia que ahora nace de la escucha de la palabra. Se trata de un movimiento antiestructural que rompe las jerarquías tradicionales.
El proceso que reflejan estos escritos nos lleva a ubicar al personaje concreto de la madre de Jesús en este contexto de transformación de las relaciones. Mercedes Navarro nos hace ver varios rasgos de este cambio que nos ayudan a resituar a María:
Podemos ver que María «que sale y se arriesga», si bien su convicción de lo que es bueno para su hijo, no coincide con la de él.
En el pasaje, María «sufre el despojo progresivo de su protagonismo». La forma de relacionarse con su hijo es cuestionada. Esto desencadena inevitablemente una crisis de identidad. Crisis de crecimiento: a partir de ese momento María puede elegir, desde de la fe, en el seno de una nueva comunidad, su forma concreta de ser y ejercer su ‘maternidad’ con Jesús y con todas las personas que les rodean. Incluso, puede elegir no ejercer esta maternidad, pues la propuesta relacional que surge de las palabras de Jesús conduce a la reciprocidad, de manera que cualquier otra persona del grupo puede ejercer de madre con ella.
Así, María aparece a las puertas del seguimiento de Jesús. Ha sido implícitamente invitada a formar parte de esa nueva familia muy diferente y también puede pasar a formar parte del discipulado, porque, como todas y todos las y los demás, «puede hacer la voluntad de Dios».
Desde la visión de Jesús, María «transforma su maternidad». Pero sigue siendo la misma maternidad, ahora ampliada y transformada que sirvió de referencia a Jesús para proponerla a su comunidad y de la cual él aprendió su importancia.
María queda «situada en el evangelio», que es donde se ubican las y los seguidores de Jesús, quien no vino a ser servido, sino a servir.
María es reconocida al ceder su función a quien quiera llenarla de evangelio. Ella puede formar parte del grupo de Jesús, desde cualquier lugar donde decida estar. Las palabras de Jesús, dichas delante del grupo, la presentan como persona capaz de elegir libremente a su familia, a sus relaciones. Pero para ello tuvo que cambiar significativamente su mentalidad.
Así, «María es Madre, hija y hermana» según las nuevas relaciones de la comunidad de Jesús, despojada de un rígido rol, pero enriquecida como mujer, devuelta a aquello que ella misma ha proporcionado.
La María que emerge de estos textos es la María abierta a la posibilidad de escuchar la palabra de Jesús y hacer la voluntad de Dios.
Para saber más
Aguirre Monasterio, Rafael, Del movimiento de Jesús a la Iglesia Cristiana, Verbo Divino, Estella, 1988.
Guijarro Oporto, Santiago, «La familia en el movimiento de Jesús», separata de Estudios Bíblicos. En Orígenes del Cristianismo, Universidad Pontificia de Salamanca, 2003.
Navarro, María, Los rostros bíblicos de María. Exégesis y hermenéutica bíblica feminista, Verbo Divino, Estella (Navarra), 2020, 221–224.






