Los fantasmas de América Latina

Los recientes acontecimientos de inicios de este año vuelven a colocar a América Latina en el centro de los debates y, con éstos, reaparecen los fantasmas que rondan su convulsa historia desde la década de los años sesenta, setenta y parte de los ochenta levantando serias sospechas sobre su real «independencia», así como su «estabilidad» en el escenario mundial.

Entonces, como ahora, el mundo estaba dividido: por un lado, el bloque capitalista del Occidente y, por el otro, el bloque comunista de Oriente. Disputándose entre si, América Latina como botín altamente valorado.

Si nos dejamos interpelar por los actuales signos de los tiempos, nos daremos cuenta de que las venas de América Latina aún están abiertas y sangran, no sólo por los ecos sofocantes de las atrocidades cometidas contra sus pueblos del vasto territorio sino porque, tal vez la salida de las dictaduras fue sólo una vana ilusión.

Las sombras acechantes tanto del capitalismo como del comunismo —y de los actuales populismos— han acechado Latinoamérica desde su supuesto fin con la disolución de la Unión Soviética en 1991.

Desde entonces, oscilantes entre comunistas —populistas— y capitalistas, desconocemos qué y quiénes somos. Perdidos en nuestra propia identidad, no nos definimos y al no hacerlo, alguien más lo hace.

Tal vez el recuerdo del sometimiento y de las torturas, desapariciones y masacres nos duele aún, quizá el recuerdo se ha vuelto pesadilla. Declaramos nuestra independencia en el discurso, pero no la asumimos en la práctica cotidiana, como si quisiéramos atrevernos a ser, pero deseamos que alguien más lo sea por nosotros.

La ambigüedad nunca ha sido buena compañera de viaje, especialmente cuando las heridas vuelven a abrirse.

En los umbrales de una «historia repetida», por duro que suene, la culpa es nuestra por no haber sabido quitarnos de encima los fantasmas de nuestra historia, despertar de ese mal sueño y adueñarnos de lo único de lo que alguien es realmente dueño y señor: la propia identidad.

Hay tantas «identidades» latinoamericanas que el gran sueño bolivariano de la «Patria Grande» no ha sido posible aún. La diferencia nos aleja y el crisol de identidades de nuestro territorio no ha sabido amalgamarse, sólo polarizarse. Como si lo diferente y no lo común fuera nuestro signo identitario.

Los recientes acontecimientos nos erizan la piel tanto como los «vuelos de la muerte» y la masacre del mozón en El Salvador, pero sólo seguimos recordando y evocando aquellos grandes que lucharon por la liberación de nuestros países. Así absortos en las conmemoraciones históricas nos conformamos con decir que, «un día, alguien luchó —y murió— aquí» y con eso limpiamos nuestra conciencia mientras seguimos esperando que otros nos definan y tomen como suyo lo que es nuestro.

Superemos de una vez por todas el trauma de esos años: nombrémoslo, recordémoslo, rindamos homenajes a quienes dieron su vida en esas batallas, pero no sigamos regocijándonos en nuestro propio dolor ni revolcándonos en nuestro propio lodo.

Es tiempo de despertar de nuestra pesadilla y ahuyentar nuestros fantasmas, tomemos posesión de lo que somos y tenemos y construyámonos desde una sola identidad latinoamericana porque que lo «americano» no es lo «latinoamericano» ni tampoco a lo «europeo». Definamos, pues, lo «latinoamericano».

Vale ahora traer al presente esa provocación que hacía Antonio Caso: «México hazte valer» y transpolarla a «América Latina, házte valer». Que nuestra inseguridad sea revertida por la admiración y fuerza de nuestros pueblos y sus costumbres y que, lejos de sabernos diferentes, aprendamos que somos semejantes y que del dolor vivido puede brotar agua que sacie nuestra eterna sed de un solo pueblo, una sola identidad.

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