Lecturas dominicales abril a junio de 2022

Marcos Ortega Silva, S.J.

ABRIL

Domingo 3

V Domingo de Cuaresma

«El Señor ha estado grande con nosotros»

  • Is 43, 16-21
  • Sal 125
  • Flp 3, 8-14
  • Jn 8, 1-11

El profeta Isaías comunica la Palabra del Señor que llama al Pueblo de Israel, en el tiempo del exilio marcado por el sufrimiento, a ver y notar lo nuevo que realiza en medio de ellos y todo lo que hace brotar. Ahora se avecina el nuevo éxodo con obras aún más maravillosas que aquellas del pasado, cuando Dios los liberó de la opresión de Egipto. El Señor invita hoy a estar atentos y notar todo el don que comienza a brotar.

San Pablo expresa su unión con Cristo con palabras únicas, pues son fuego que tocan profundamente el corazón. Exclama que esa total unión no se debe a los méritos realizados, sino que es don de Dios: «no con mi propia justicia basada en la ley, sino con aquella que nace de la fe en Cristo». Así, asumiendo su fragilidad, se reconoce en camino y en la esperanza del encuentro definitivo con Aquel que lo alcanzó primero. 

El Evangelio de Juan nos conduce, a través de la narración de la mujer adúltera, a reconocernos pecadores y a la vez, llamados a la compasión y al perdón. Asimismo, nos invita a abrirnos a la misericordia de Dios que libera. 

El Evangelio de Juan comienza con un primer momento, cargado de las siniestras intenciones de los letrados y fariseos, en que una mujer sorprendida en adulterio es puesta en el centro, con la violencia que eso conlleva, para, usándola como medio, poner a prueba a Jesús y tener de qué acusarlo. Ellos instrumentalizan la ley en favor de sus perversos planes, aniquilando la vida de los más vulnerables, o para espiar, juzgar y condenar a los otros. La acción salvadora de Jesús alcanza su culmen en un segundo momento cuando todos se han ido y la mujer permanece allí en el centro, pero no es más un centro espacial, sino que es el nuevo centro en que Jesús mismo la coloca a través de su misericordia y perdón que la lanzan a la vida.

Domingo 10

Domingo de Ramos

«Fuerza mía, ven pronto a socorrerme»

  • Is 43, 16-21
  • Sal 125
  • Flp 3, 8-14
  • Jn 8, 1-11

El tercer Cántico del Siervo de Dios, que nos habla a la vez de Cristo en su sufrimiento y en la confianza en el Padre, revela al discípulo fiel que sigue, con total disponibilidad al Señor. Dios le ha dado la palabra que consuela al abatido; Dios le abrió el oído y no se resistió, ni mucho menos vaciló, porque confía que el Señor lo ayuda y que no lo defraudará, incluso en la hostilidad y agresión física. 

La Carta a los Filipenses canta efusivamente, como un himno de adoración a Jesucristo, la grandeza única del misterio de la redención. El vaciamiento, en que el Hijo se encarna y toma la condición humana, y la exaltación, manifestada en la resurrección/glorificación, revelan el sobreabundante amor de Dios por la humanidad. Asimismo, la verdadera adoración a Jesucristo se realiza en el amor a Dios y al prójimo, que es contrario a un culto vacío y enajenante.

El Evangelio según Lucas, que narra la Pasión y muerte de Jesús en la cruz, nos conduce primero a la última cena Pascual que celebra con los discípulos. En esta cena pascual, donde se celebra el memorial de la liberación del Pueblo (Ex 12), el Señor instaura un nuevo tiempo, una nueva Pascua, de salvación para todos los hombres y mujeres.

El cristiano, apasionado por el Señor Jesús, no es indiferente a la confusión y dolor que provocan la contemplación y meditación de los misterios de su pasión y muerte. Estos nos revelan el amor desbordante de Dios por todos y todas. Los seguidores de Jesús, en cada Eucaristía, somos transportados con los pies de la fe, a aquella última cena Pascual de Jesús con sus discípulos, para participar de esta realidad salvífica de gracia, portando y presentando al Señor las alegrías y angustias, las esperanzas y tristezas de toda la humanidad.

Domingo 17 

La Resurrección del Señor

«Éste es el día del triunfo del Señor. Aleluya» 

  • Hch 10, 34a. 37-43
  • Sal 117
  • Col 3, 1-4
  • Jn 20, 1-9

En casa de Cornelio, el apóstol Pedro, después de una visión en que Dios lo libera de los prejuicios, discriminaciones y tabúes, toma la palabra y anuncia a Jesús, quien después de padecer, Dios lo resucitó. Pedro vive una conversión, como don del Espíritu Santo en el Resucitado, y reconoce: «que los que creen en él, en su nombre reciben el perdón de los pecados», ya que Dios no hace diferencias entre «paganos y judíos», ya que la justicia en Jesucristo se basa en el amor a Dios y al prójimo.

San Pablo nos hace ver que, si estamos unidos a Cristo, que ha vencido la muerte, él nos libera de nuestros temores y angustias. Así, habiendo «resucitado con Cristo», estamos llamados a pensar «en las cosas del cielo», no para renunciar a nuestras tareas cotidianas, sino para conformarnos auténticamente como cristianos en la vivencia del amor al prójimo, garantía del amor a Dios, mientras caminamos a su encuentro glorioso.

El primer día de la semana, cuando María Magdalena encuentra la piedra del sepulcro removida, corre angustiada en busca de los discípulos, pensando que se habían llevado al Señor. Ella aún lo busca entre los muertos. Ese momento en que Pedro entra al sepulcro vacío, y tras de él, el discípulo predilecto, que vio y creyó es uno de los mayores de la humanidad. Desde ese día, el Resucitado conduce
a buscarlo entre los vivos.

La victoria de Dios sobre el pecado, sobre todo mal, alcanza en Jesús resucitado su máxima revelación. La unión a Jesús en la fe, creer en Dios Trinidad en la mediación eclesial, es experimentarse salvados, sanados, y se trata de una salvación que escapa, muchas veces, a las palabras que buscan nombrarla. 

Domingo 24 

II domingo de Pascua

«La misericordia del Señor es eterna»

  • Hch 5, 12-16
  • Sal 117
  • Apoc 1, 9-11a. 12-13. 17-19
  • Jn 20, 19-31

Los apóstoles se encuentran realizando de modo asombroso la misión que el Señor Jesucristo les donó, por acción del Espíritu Santo, y los creyentes crecen de día en día. Las señales milagrosas
y prodigios en medio del pueblo no son magia, sino que están orientados al bien de las personas, a la humanización, pues curan a todos los enfermos
y atormentados por espíritus malignos. En la tribulación, en el Calvario, el cristiano es invitado a revisitar la presencia del Resucitado que consuela y envía.

En el libro del Apocalipsis, Dios confirma su victoria definitiva en Jesucristo sobre todo pecado y mal-
dad en la historia. Esta confirmación se da en un momento de durísima persecución que viven las comunidades a las que Juan escribe. Él se encuentra desterrado y en prisión en la Isla de Patmos por confesar a Cristo resucitado, Señor y dueño de la historia y de la gloria, quien poniendo sobre el apóstol la mano derecha, le dice: «No temas. Yo soy el primero y el último; yo soy el que vive. Estuve muerto y ahora, como ves, estoy vivo por los siglos de los siglos».

Jesús resucitado, ante el temor y el miedo que viven los discípulos, les trae la paz. Ante la desolación y la tristeza, les dona la consolación y la alegría. Los discípulos reciben, cuando sopla sobre ellos, el Espíritu Santo y seguidamente los envía con la misión de reconciliar, de perdonar. Ellos son los testigos directos del Señor Jesús que, por su medio, nos ponen en camino continuo hacia Él y hacia los hermanos.

La Resurrección es el acontecimiento escatológico que confirma la autenticidad de las obras y palabras de Jesús. Este evento transformó radicalmente la vida de los discípulos, o más bien, les hizo comprender el sentido de la existencia humana de Jesús a la luz de su resurrección, de tal modo que se jugaron la existencia propia, en la existencia de Jesucristo y en el camino abierto por él.

MAYO

Domingo 1

III domingo de Pascua

«Te alabaré, Señor, eternamente»

  • Hch 5, 27b-32. 40b-41
  • Sal 29
  • Apoc 5, 11-14
  • Jn 21, 1-19

Las prohibiciones de las autoridades judías de anunciar a Jesús de Nazaret, el Cristo, no son impedimento para los apóstoles que han continuado con un gran ímpetu, que les viene del Espíritu Santo, transmitiendo el Evangelio y proclamar sin límites la verdad. Ante la acusación del sumo sacerdote, la respuesta de Pedro es contundente: «Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres». 

En un tiempo de persecución y en que el emperador exige honores divinos y adoración, Juan en el Apocalipsis recuerda a la comunidad la victoria de Dios Padre revelada en el Hijo, cordero sacrificado por el pecado. Asimismo, comunica que la auténtica adoración solo debe ser dada a Dios: «Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos». 

En la aparición junto al lago a los discípulos, que no habían pescado nada en toda la noche, vemos como Jesús resucitado viene al amanecer a colmarlos no solo con lo necesario para realizar su propósito de pescadores, sino que los colma con la excedencia del don: «no podían jalar la red por tantos pescados». Los 153 pescados indican que el Evangelio es don para todos y todas, sin exclusión, puesto que todos y todas son invitados a sentarse alrededor de las brasas preparadas por Jesús para comer juntos y así participar de la plenitud que él trae. 

Tanto en Hechos de los Apóstoles como en el Apocalipsis aparece el fundamento de nuestras vidas que es estar centrados en Dios, es decir, vivir en la libertad que se expresa en el amor a Dios y, a la vez, a los hermanos. Pedro es llamado a profesar su amor por Jesús tres veces, el mismo número de veces que lo había negado. Así, Pedro y los discípulos adquieren una existencia apasionada, es decir, arrastrada por la excedencia que dona Jesucristo ya sin coordenadas espaciales ni temporales.

Domingo 8

IV domingo de Pascua

«El Señor es nuestro Dios y nosotros su Pueblo»

  • Hch 13, 14. 43-52
  • Sal 99
  • Apoc 7, 9. 14b-17
  • Jn 10, 27-30

En Antioquía de Pisidia sucede algo extraordinario: muchos paganos sí comprendieron el Evangelio de Dios, en cambio, los judíos en su mayoría lo rechazaron. Pablo y Bernabé son fieles oyentes de los movimientos del Espíritu, ya que, cuando ven la apertura de los no judíos comprenden, a profundidad, la misión de anunciar la Salvación en Jesucristo a todas las culturas y naciones. 

Juan ve «una muchedumbre tan grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas». Dios ofrece la Salvación a todos, sin distinción. Ésta debe ser vivida ya desde ahora, en la historia, como anticipación de su futura realización plena. En el Pueblo de Dios, los mártires, que han compartido la muerte y el sacrificio de Jesús, son los miembros más destacados. 

Todo discípulo es cercano al Señor Jesús, que es el Buen Pastor, y gracias a la constante convivencia, en que se deja configurar por él, es capaz de reconocer
y escuchar la voz del Maestro. El discípulo sabe discernir la voz del Maestro de entre tantas otras voces que no conducen a la vida eterna, es decir, a vivir centrados en el dinamismo del Reino de Dios comenzado por Jesús, pero que aún espera su realización plena. El Padre y Jesús son uno, como también el conjunto de los discípulos son uno en Cristo camino al Padre.

«De su plenitud hemos recibido todos: gracia tras gracia» (Jn 1, 16). Dios que es Amor no se cansa de donar su misericordia a toda persona, él no distingue ni clasifica para luego rechazar a unos y aceptar
a otros. Un riesgo en la vida de fe es sentirse merecedores y participantes de la salvación de Dios debido a un mérito o a una condición privilegiada. En cambio, el Buen Pastor, que hace a todas sus ovejas capaces de escuchar su voz, nos revela un inmenso amor por todos, incluso por un solo hijo o hija que se pierde.

Domingo 15 

V domingo de Pascua

«Bendeciré al Señor eternamente»

  • Hch 14, 21b-27
  • Sal 144
  • Apoc. 21, 1-5a
  • Jn 13, 31-33a. 34-35

Pedro y Bernabé animan a los discípulos, durante sus visitas a las comunidades a permanecer firmes en la fe en un contexto de tribulaciones. La búsqueda del Reino de Dios los lleva a sufrir por su causa. Una realidad presente, durante toda la historia, para quienes en contextos adversos viven y comunican el Evangelio, padeciendo incluso la muerte por vivir en la verdad. 

«Un cielo nuevo y una tierra nueva» son la nueva Creación de Dios con una nueva humanidad renacida en Jesucristo. «La nueva Jerusalén, engalanada como una novia, que va a desposarse con su prometido» representa la nueva humanidad congregada en la Iglesia del Señor que triunfa frente a la maldad,
y que camina en la esperanza de su realización definitiva.

En el Evangelio de Juan, el modo de revelar el misterio de la pasión es como gloria, ya que el evento Jesucristo se comprende a la luz de la resurrección. Este fragmento comienza después de que Judas sale para dar inicio al proceso de la Pasión que es el momento en que la gloria de Jesús cobra total realidad y, es precisamente aquí, que Jesús deja un mandamiento nuevo: el amor.

La vivencia de la fe en Jesús resucitado implica establecer la articulación entre escatología e historia, esta última es la única que tenemos para amarnos como Jesús nos ha amado y, por su parte, la escatología es tensión en la historia donde se hace presente lo definitivo como garantía absoluta de la promesa futura. Un caso que ha testimoniado esta síntesis es, sin duda, San Romero de América que, como discípulo de Jesús, supo interpretar los signos de los tiempos siendo profeta del Reino.

Domingo 22 

VI domingo de Pascua

«Que te alaben, Señor, todos los pueblos»

  • Hch 15, 1-2. 22-29
  • Sal 66
  • Apoc 21, 10-14. 22-23
  • Jn 14, 23-29

El Concilio de Jerusalén ha sido y es de vital importancia en toda la historia de la Iglesia, ya que es testimonio de que el protagonista en la auténtica vida eclesial es el Espíritu Santo en la comunión con el Padre y el Hijo: Dios, que porta la salvación, elimina todas las fronteras derivadas de leyes excluyentes, etc. «El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias”.

El Apocalipsis presenta la nueva Jerusalén, la Ciudad Santa, esto es, la novia y esposa del Cordero, con una profunda densidad simbólica que integra la unidad entre lo antiguo y lo nuevo y, a la vez, la superación de la antigua ley en la revelación salvífica de
Dios por medio de Jesucristo y para la totalidad
de la humanidad: «No vi ningún templo en la ciudad, porque el Señor Dios todopoderoso y el Cordero son el templo».

En el Evangelio de Juan, antes de la fiesta de Pascua, estando a la mesa con sus discípulos y «sabiendo Jesús que llegaba la hora de pasar de este mundo al Padre» (Jn 13, 1), presenta la primera promesa del Espíritu Santo que enviará el Padre en su nombre
y que será la nueva manera de hacerse presente en la comunidad de seguidores y la paz es ya anticipación y fruto del Espíritu. Así quien ama a Jesús es fiel a su palabra y, junto con él, hacen una morada en el Padre. 

Jesús resucitado es el mismo Jesús histórico, pero con una nueva existencia, es decir, glorificado. Por eso, en las apariciones, los discípulos reconocen al resucitado gracias a los gestos que él realizaba en su vida mortal. En este sentido, el Concilio de Jerusalén continúa abierto, ya que previene del peligro de perder la realidad de Jesús de Nazaret, es decir, su opción por los descartados del mundo: pobres, vulnerables, marginados, excluidos y discriminados.

Domingo 29 

La Ascensión del Señor

«Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono»

  • Hch 1, 1-11
  • Sal 46
  • Ef 1, 17-23
  • Lc 24, 46-53

El libro de Hechos está dedicado a Teófilo que, en lengua griega, significa «amigo de Dios», para indicar que todos nosotros somos «Teófilos». El libro de Hechos debe ser leído como un segundo libro, esto es, como continuación del Evangelio de Lucas que narra los misterios de Jesús de Nazaret hasta la ascensión, que se da después de preparar, por medio del Espíritu Santo, a los apóstoles para anunciar el Evangelio del Reino de Dios y prometer la sobreabundancia del mismo Espíritu. 

Pablo manifiesta alegremente a la comunidad de Éfeso que no cesa de dar gracias por ellos. Esto por dos motivos que son la vivencia plena de la fe en el Señor Jesús resucitado y el amor al prójimo, aquí se resume la Ley. La oración de petición de Pablo por los efesios es también para todos los que leemos estas líneas como Palabra de Dios: «que les conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo», pues conocer internamente al Señor Jesús es una gracia que transforma nuestra vida para más amarlo y seguirlo. Por tanto, no se reduce a un ejercicio racional o intelectivo. 

En el Evangelio de Lucas, la imagen de Jesús que se aparta de los discípulos y se eleva al cielo puede dar la sensación de que se aleja de nosotros y nos deja, sin embargo, la ascensión del Señor significa, en su radicalidad, que él permanece con nosotros para siempre. Él es el Señor de la historia. Él anuncia la pronta efusión del Espíritu Santo, y que es hoy realidad de su presencia entre nosotros, que conformamos el Pueblo de Dios.

En esta última aparición a los discípulos, antes de su ascensión, Lucas muestra una vez más la importancia de reconocer en Jesús resucitado a Jesús de Nazaret: «Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo y de esta manera no olvidarlo, por el contrario, siempre recuperarlo como camino, verdad y vida en la historia. La ascensión es el último signo visible del resucitado en la victoria definitiva de Dios sobre la muerte y el pecado: ¡Somos pecadores perdonados! La bendición a los discípulos es la bendición de Jesús que permanece y que se extiende hasta nosotros.

Hand drawn vector illustration or drawing of Jesus Christ with Apostles at his ascension

JUNIO

Domingo 5 

Domingo de Pentecostés

«Envía, Señor, tu Espíritu, a renovar la tierra. Aleluya»

  • Hch 2, 1-11
  • Sal 103
  • 1 Cor 12, 3b-7. 12-13
  • Jn 20, 19-23

Hechos relata el Pentecostés o nacimiento de la Iglesia: una nueva alianza de Dios con los hombres y mujeres en la tierra. El Espíritu Santo, que actuó en y por los discípulos y que continúa actuando hoy, nos hace un solo Pueblo de Dios en la pluralidad. La diversidad de los pueblos no es eliminada, mas es elevada en Cristo por el Espíritu Santo: “todos los oímos contar, en nuestras lenguas, las maravillas de Dios”.

Pablo, ante las situaciones de rivalidades entre miembros de la comunidad de Corintio y ante la discriminación hacia los menos influyentes, los pobres etc., comunica que la diferencia de dones, servicios y actividades no son méritos, ni privilegios, sino gracia de Dios. Por tanto, «en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común» y todas las categorías discriminatorias quedan anuladas por haber «sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo».

En el Evangelio de Juan, Jesús resucitado realiza la promesa a los discípulos en la Última Cena de enviarles, cuando Él fuera al Padre, el Espíritu Santo (Jn 16, 7). Jesús glorificado, divino, los bautiza con el Espíritu Santo y les confía su misión. 

La dimensión pneumatológica de la Iglesia es una realidad constitutiva, sin la cual ella misma no existiría, ya que el Espíritu Santo es la presencia siempre actual del Hijo y del Padre en el mundo, que indica el camino, la verdad y la vida. Todos los cristianos en igualdad de dignidad por el bautismo somos llamados a escuchar al Espíritu de Jesús que conduce al Padre.

Domingo 12 

La Santísima Trinidad

«¡Qué admirable, Señor, es tu poder!»

  • Prov 8, 22-31
  • Sal 8
  • Rom 5, 1-5
  • Jn 16, 12-15

La Sabiduría, al estilo de un profeta, publica su verdad: creada por el Señor antes de todas sus obras, la Sabiduría está con Dios, lo acompaña, durante su acción creadora de todo cuanto existe. La Sabiduría se presenta como un ser preexistente que es don para el resto de las creaturas. Y Dios «en esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo» (Heb 1, 1) que es la Sabiduría que da vida y conduce al Padre.

El apóstol Pablo explica que en la Nueva Alianza entre Dios y el hombre ya no hay distinción entre judíos y paganos, por lo tanto, se han eliminado las fronteras entre los seres humanos para constituir una nueva humanidad de hijos e hijas amados, porque «ahora que hemos sido justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de Jesucristo» (Rm 5, 1). Somos justificados, salvados, por la fe que es un don gratuito de Dios por Jesucristo: Somos definitivamente libres en el Amor a Dios y al prójimo.

Jesús durante la cena, antes de la fiesta de Pascua y de se ser llevado a la pasión, anuncia a los discípulos que la amplia comprensión de la revelación de Dios en Él acontecerá a la luz de la resurrección y de la venida del Espíritu de la verdad que los guiará hasta la verdad plena. El Espíritu viene para desenmascarar el pecado y la injusticia del mundo, muchas veces con apariencia de bien, y para dar la sabiduría y la fuerza para vencer el mal con el bien.

El gozo de la abundancia de bienes que Dios hace realidad en la salvación que nos da y que somos llamados a cultivar, como anticipación de otra realización definitiva, en un mundo siempre tendiente a la injusticia, opresión y pecado, se revelan en Dios trinidad, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Domingo 19

El Cuerpo y Sangre de Cristo

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor»

  • Gen 14, 18-20
  • Sal 109
  • 1 Cor 11, 23-26
  • Lc 9, 11-17

El Nuevo Testamento, en particular la Carta a los Hebreos, reconoce en el extraño personaje de Melquisedec, rey de Salem y sacerdote que bendice a Abraham, un anticipo de la realidad de Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva alianza. El sacerdocio de Jesús consiste en su misma vida ofrecida como don de amor a Dios, su Padre.

San Pablo recuerda a los corintios el relato de la Institución de la Eucaristía debido a la incoherencia de la comunidad entre el modo injusto de vivir la comida de hermandad en que dejaban fuera a los pobres y la celebración de la cena del Señor propiamente dicha. Jesús ofrece el pan que se convierte en su cuerpo y, por lo tanto, comerlo es aceptar la persona de Jesús en nuestras vidas, dejarnos sanar de nuestros egoísmos. Después Jesús ofrece la copa con el vino, gesto que indica la nueva alianza, y beber de la copa significa comprometerse en el seguimiento a Jesús, asumir su sacrificio.

El ministerio de Jesús, ya desde su encarnación, está orientado a la realización del Reino de Dios en la tierra. La multiplicación de los panes y los peces es un signo que Jesús realiza como anticipación de la vivencia plena y total del Reino de Dios para todos los hombres y mujeres: «Comieron todos y se saciaron,
y de lo que sobró se llenaron doce canastos” y, a su vez, es un signo que exige a los discípulos y discípulas de todos los tiempos y lugares a vivir esta realidad eucarística en que «nadie se quede sin comer”. 

La comunidad cristiana es invitada a vivir el dinamismo del Reino de Dios que Jesús inauguró, para que todos podamos comer y saciarnos, realidad que implica renunciar a la voracidad, para abrirnos al desprendimiento, generosidad y solidaridad con los demás, en especial con los más pobres. En cada Eucaristía somos transportados, por la acción del Espíritu Santo y con los pies de la fe a la última cena Pascual con Jesús para comprender y vivir en la realidad salvífica de Dios, en el Amor a Él y a todas las personas.

Domingo 2

XIII domingo del Tiempo Ordinario

«Enséñanos, Señor, el camino de la vida»

  • 1 Reyes 19, 16b. 19-21
  • Sal 15
  • Gal 5, 1. 13-18
  • Lc 9, 51-62

El profeta Eliseo es llamado al ministerio profético mientras está en el campo arando la tierra. El gesto externo que señala su misión profética es que Elías, al pasar junto a él, le lanza encima su manto. Eliseo deja todo, rompe con su vida pasada, y sigue a su maestro Elías. 

En la Carta a los Gálatas, San Pablo explica a la comunidad: «Cristo nos ha liberado para que seamos libres» y, por lo tanto, insiste en que no se deben dejar atrapar de nuevo en el yugo de la esclavitud, es decir, a la ley mosaica, la circuncisión y todo el peso del cumplimiento de la ley. Este llamado es decisivo, «porque toda la ley se resume en un solo precepto: Amarás a tu prójimo como
a ti mismo». 

Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén para iniciar una nueva etapa de su ministerio público, pues hasta ahora todo su ministerio se había desarrollado en Galilea. Jesús inicia el camino físico hacia la Ciudad Santa que indica, a su vez, el camino espiritual en que continúa revelando con mayor radicalidad su tarea de Mesías, de enviado y Salvador, esto en un contexto de mayores dificultades.

En el Evangelio de Lucas, los discípulos que acompañan a Jesús durante su camino físico y, a la vez, espiritual conocerán la lógica de Dios, distinta a la lógica del mundo. Aparecen tres tipos de seguimiento. El primero es un voluntario y Jesús responde que seguirlo no tiene ninguna ganancia material, ni social, etc. A un segundo Jesús mismo lo llama, pero antepone una condición, que no sirvió de justificación. Por último, un tercero que Jesús llama también pone una excusa y Jesús mismo le hace ver que para seguirlo y ser apto para el Reino de Dios es necesaria la entrega de la totalidad de la persona en libertad.

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