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La oración ignaciana (segunda parte)

San Ignacio enriquece el método subrayando la importancia de “habitar” el texto bíblico, esto es, de incorporarnos a las escenas como si fuéramos testigos directos, reconstruyéndolas con todo el realismo posible.

En nuestra anterior entrega mencionamos que la oración ignaciana, es decir, la oración que tiene como base la Sagrada Escritura, se inserta en la larga tradición de la Lectio Divina, con sus seis pasos fundamentales.

San Ignacio enriquece el método subrayando la importancia de “habitar” el texto bíblico, esto es, de incorporarnos a las escenas como si fuéramos testigos directos, reconstruyéndolas con todo el realismo posible.

Como preámbulo, lleva al ejercitante a focalizar su atención de manera progresiva en la experiencia orante a través de una serie de ayudas. Por ejemplo, recomienda iniciar todo el proceso con la que denomina “oración preparatoria” y que define así: “Pedir gracia a Dios nuestro Señor, para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad”.

Las intenciones, acciones y operaciones, en la antropología tomista, hacen referencia a componentes fundamentales del acto humano. En lenguaje contemporáneo podríamos expresar la intención de Ignacio de la siguiente manera: “Permíteme sentir y amar como tú, Señor, liberándome del egoísmo”.

Al segundo elemento de la contemplación bíblica ignaciana lo llamó “composición viendo el lugar”. Lo describe así: “Será ver con la vista de la imaginación el lugar corpóreo, donde se halla la cosa que quiero contemplar”. Es decir, recrear imaginativamente la escena del texto orado tratando de hacerlo con los mayores detalle y realismo posibles.

Para esto puede ayudar el tercer elemento del método, conocido como “aplicación de los sentidos”, que describe como “pasar de los cinco sentidos de la imaginación […] por la contemplación”. Y da instrucciones para esta recreación imaginativa a partir de los cinco sentidos corporales:

1. “Ver a las personas con la vista imaginativa, meditando y contemplando en particular sus circunstancias, y sacando algún provecho de la vista”.

2. “Oír con el oído lo que hablan o pueden hablar, y reflexionando sobre mí mismo, sacar algún provecho”.

3. “Oler y gustar con el olfato y con el gusto la infinita suavidad y dulzura de la divinidad del ánima y de sus virtudes y de todo, según fuere la persona que se contempla, reflexionando sobre mí mismo, sacar algún provecho”.

4. “Tocar con el tacto, así como abrazar y besar los lugares donde las tales personas pisan y se asientan, siempre procurando de sacar provecho de ello”.

Otro elemento importante es la “oración de petición”, que expresa brevemente la gracia específica que le pide el orante a Dios en cada momento particular de los Ejercicios. Ignacio escribe: “Demandar a Dios nuestro Señor lo que quiero y deseo. La demanda ha de ser según subiecta materia, a saber, si la contemplación es de resurrección, demandar gozo con Cristo gozoso; si es de pasión, demandar pena, lágrimas y tormento con Cristo atormentado…”, etcétera.

Recordemos que es una gracia (un regalo) que se le pide a Dios, no una meta que se trata de obtener por el propio esfuerzo. Por lo tanto, al inicio se dirige a Dios la oración de petición y después se espera a que el mismo Señor se la otorgue al orante. De manera que Ignacio va sugiriendo en cada etapa de los Ejercicios la gracia que se le solicita a Dios: al meditar, el pecado pide “vergüenza y confusión de mí mismo”; en la meditación del llamamiento pide “que no sea sordo a su llamamiento, mas presto y diligente”, y así sucesivamente.

Propios de la metodología ignaciana son los llamados “puntos”, que son unas breves “pinceladas” que resumen la materia de la oración. Tienen su origen en el texto bíblico meditado o en la materia de meditación que sugiere Ignacio (como “El llamamiento del Rey Eternal”, “Las dos banderas”, etcétera). Quien expone la materia debe ser cuidadoso de recoger las ideas fundamentales del texto, tratando de destacar el mensaje central de la escena que le sirva al orante de sustrato y alimentador de la meditación.

Otro componente de la oración ignaciana es el “coloquio final”, descrito así por el santo: “El coloquio se hace propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o un siervo a su Señor; cuando pidiendo alguna gracia, cuando culpándose por algún mal hecho, cuando comunicando sus cosas, y queriendo consejo en ellas”. Es decir, invita a que al final de la oración se dedique un tiempo para dialogar con Dios y/o con sus santos sobre la experiencia vivida en la oración, sus frutos y las mociones que nos pueden haber surgido.

En algunas meditaciones y contemplaciones, Ignacio invita a realizar tres coloquios de petición/intercesión. Es un camino ascendente de buscar la gracia divina para alcanzar lo que se le pide al Señor por la temática particular de la oración realizada: “El primer coloquio a nuestra Señora, para que me alcance gracia de su Hijo y Señor, […] y con esto un Ave María”; “El segundo, otro tanto al Hijo, para que me alcance del Padre; y con esto el Anima Christi”; “El tercero, otro tanto al Padre, para que el mismo Señor eterno me lo conceda; y con esto un Pater noster”.

Finalmente, otro recurso ignaciano es la llamada “repetición”. No es meramente volver a tomar una temática orada anteriormente, sino fijarse con más atención dónde se experimenta un mayor movimiento de espíritus. Ignacio lo describe así: “repetir el […] ejercicio notando y haciendo pausa en los puntos en que he sentido mayor consolación o desolación o mayor sentimiento espiritual”. Por lo tanto, se trata de obtener todo el fruto posible, poniendo especial atención en lo que me mueve más internamente.

Un elemento fundamental de toda la espiritualidad ignaciana es la reflexión de lo vivido y, a partir de ella, proyectar nuestra conducta en diálogo con Dios. Es el centro de la práctica del discernimiento. Para esto, Ignacio se vale de los que llama “exámenes”. Habla de tres: el “examen particular”, el “examen de conciencia” y el “examen de oración”. A los dos primeros les dedicaremos un artículo en el futuro. En éste, quisiera presentar el propio de la oración.

Lo primero que hay que subrayar, para no dejarnos confundir por el nombre, es que no se trata de una “evaluación” o calificación de la oración vivida. Más bien es hacer un alto para recoger los frutos de la experiencia, que serán materia prima para la práctica del discernimiento.

Ignacio sugiere recoger esos frutos según tres categorías. La primera son las “luces”, es decir, intuiciones cognitivas que permiten entender la vida, su contexto, con mayor claridad. Las segundas son las “mociones”, que podríamos definir como “invitaciones” que Dios le transmite al ejercitante para tomar una decisión. Podría ser a realizar una acción particular, o a dejar de hacer algo que no conviene, o a seguir realizando algo que sí conviene, pero a llevarlo a cabo de una forma novedosa.

Finalmente están las “experiencias”, que son vivencias experimentadas en la oración sin que necesariamente impliquen saber algo nuevo de sí, o una invitación particular a tomar una decisión. Por ejemplo, un cambio de estado de ánimo inexplicable, como sería pasar de una tristeza, un miedo o un estado de ansiedad a uno de tranquilidad y esperanza.

Recomienda también en el examen ponderar qué cosas ayudaron y cuáles estorbaron durante la oración. Finalmente, es importante hacer un breve registro en el diario espiritual de lo cosechado en el examen de oración. La lectura periódica de esos registros del diario espiritual se convierte en el principal insumo para nuestro discernimiento.


Foto de portada: Cielo_Abigail-Cathopic

Este texto fue publicado originalmente en revista MAGIS.

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