La Epifanía del Señor: una manifestación de la apertura a la salvación universal

Por Iván Ruiz Armenta*

El 6 de enero es para muchos niños una fecha esperada, pues en ella reciben regalos de parte de los famosos Reyes Magos. Con esta bonita  tradición popular recordamos que, según san Mateo, unos Magos de Oriente (sabios astrólogos) fueron a adorar y a reconocer al niño Jesús como el rey de los judíos llevando regalos (Mt 2,1-12). Pero no sólo fueron Magos sabios y ricos, también fueron pastores a adorar al Salvador, a Cristo Señor (Lc 2, 11).

El primer relato es un pasaje que nos relata una de las tres manifestaciones o revelaciones de Jesús a toda la humanidad hecha a través de estos personajes del Oriente –habría que agregar las del nacimiento y la del bautismo de Jesús–. Por eso, a esta solemnidad la Iglesia católica la conoce como la fiesta de la Epifanía (Manifestación).

Si bien es cierto que el relato más leído en esta solemnidad es el de Mateo, no hay que olvidar que Lucas viene a completarlo. En efecto, el relato de los Magos de Oriente es significativo para ir entendiendo, en paralelo con el relato de los pastores, cómo de apoco la salvación comienza a “abrirse” o a “ampliarse” con el nacimiento del Salvador de todo el género humano, Jesucristo. Fiel a la tradición judía, la salvación ha de comenzar con y por ellos, el Pueblo elegido de Dios, pero se ha de extender a todas las generaciones futuras, según la promesa hecha por Dios a Abrahán (cf. Gn 17, 7).

Pero si la salvación es sólo para la decendencia de los que constituyen el Pueblo de Dios, ¿qué pasa con los no pertenecientes a dicha decendencia? Para responder a esto, hay que tener en cuenta que el relato mateano nos dice que los Magos «vienen de Oriente», es decir, de un lugar que evoca a los judíos la patria de la astrología y de otras ciencias extrañas para ellos. En otras palabras, para ellos son unos “paganos” que no son acreedores a la salvación del Dios-Yahvé.

Estos “paganos” no conocen las Escrituras de Israel, pero sí el lenguaje de las estrellas, en las que buscan la verdad y, por ellas, se ponen en marcha para descubrirla. Justo aquí quiero recordar la promesa de Yahvé a Abran: su descendencia será como las estrellas del cielo (Gn 15, 5). Si ponemos como referencia esta promesa, fue una estrella, signo de la promesa de Dios, la que guió a los Magos. Las generaciones futuras que iban a encontrar salvación en el Hijo de Dios hecho carne no serían únicamente los judíos, sino todos aquellos que creyeran y siguieran, de una u otra manera, esa promesa de salvación. Tal como hicieron no sólo los pastores, sino también los Magos. Estos que eran “no acreedores a la salvación” se dejan guiar por el misterio y la necesidad de “adorar” al rey de los judíos. Así, los Magos de Oriente se convierten en los primeros extranjeros “no acreedores a la salvación” que se acercan a adorar al Hijo de Dios. 

Este gesto de los Magos de Oriente es lo que les abre las puertas a la salvación, aun sin ser judíos. En adelante «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, ya sois descendencia de Abraham, herederos según la Promesa» de salvación (Ga 3, 28-29). La búsqueda y experiencia de encuentro con el niño Jesús que tienen los Magos de Oriente habla de la universalidad de la salvación. Así alcanza su plenitud la promesa de que “todos los pueblos verán la salvación” (Is 40, 3-5; Lc 3, 5). Se trata, en suma, de la vocación universal a la salvación (cf. 1Tm 2, 4-6).

Algunos exegetas interpretan hoy la leyenda evangélica afirmando que «los magos representan el camino que siguen quienes escuchan los anhelos más nobles del corazón humano; la estrella que los guía es la nostalgia de lo divino; el camino que recorren es el deseo. Para descubrir lo divino en lo humano, para adorar al niño en vez de buscar su muerte, para reconocer la dignidad del ser humano en vez de destruirla, hay que recorrer un camino opuesto al que sigue Herodes».

Podemos vislumbrar también el significado simbólico de los regalos que le ofrecen las Magos al recién nacido. Con el oro reconocen la dignidad y el valor inestimable del ser humano. El incienso recoge el deseo de que la vida de ese niño se despliegue y su dignidad se eleve hasta el cielo: todo ser humano está llamado a participar de la vida misma de DiosLa mirra es medicina para curar la enfermedad y aliviar el sufrimiento: el ser humano necesita de cuidados y consuelo, no de violencia y agresión.

En suma, la solemnidad de la Epifanía del Señor ha de convertirse en una fiesta cargada de agradecimiento, pues desde entonces también nosotros somos acreedores a la salvación que nos trae el Hijo de Dios. Tomemos el ejemplo tanto de los Magos de Oriente como de los pastores y busquemos a ese Niño recién nacido para presentarle nuestro corazón como el mejor regalo que podemos darle y adorémosle en espíritu y en verdad (Jn 4,23).

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