Fue la mano de Dios

Luis García Orso, S.J.

Nápoles y su gente son los protagonistas de este filme: seres humanos, muy humanos, diversos y contradictorios, cariñosos e infieles, francos y mentirosos, políticos y marrulleros, creyentes y supersticiosos, alegres y nostálgicos. Una tierra en donde están muy presentes, como en toda buena historia napolitana, san Genaro, Maradona y el club Napoli, además de la celebración de una gran comida al aire libre de una numerosa familia. Este marco nos sirve para irnos adentrando poco a poco en una historia concreta, la del matrimonio de Saverio y María y sus dos hijos varones, especialmente Fabietto.

El director, Paolo Sorrentino ha querido volver a su tierra y a sus 17 años, para no perder la memoria y el sabor agridulce de aquellos años ochenta, antes de convertirse en uno de los más reconocidos cineastas italianos de hoy; casi como lo hiciera antes el maestro, Federico Fellini, con Amarcord (1973) y para mantener el recuerdo de su adolescencia en Rímini, con su familia, junto a la costa del Adriático.

Fue la mano de Dios (È stata la mano di Dio, 2021), una de las nominadas al Oscar de 2022 como la mejor película extranjera, nos presenta a un Sorrentino que es Fabietto (así en diminutivo) y a un Fabietto, que a su vez es Sorrentino, en una narrativa en donde la mirada de su director se coloca sutilmente detrás de los ojos del joven personaje, de manera tal que es difícil percibir quién es quien verdaderamente observa el mundo. Sin embargo, aun cuando la película es una historia tan personal, cada uno de nosotros se puede identificar con los aspectos más significativos de Fabietto: la pasión por el fútbol y luego por el cine, su amor platónico por la tía, la iniciación sexual, la pérdida de sus padres, el doloroso tránsito para ser adulto, la búsqueda de su vocación… Y ese punto de crisis cuando el joven dice: «Ya no me gusta la realidad. La realidad es horrible. Quiero imaginar la de antes».

Fotograma Fue la mano de Dios, Paolo Sorrentino, 2021

Es el imaginar otras posibilidades y compartirlas a los demás, lo que conducirá a Fabietto/ Sorrentino a ser escritor y cineasta, algo que le llevará a anclarse en su vocación y rescatar todo aquello que la configuró, porque como le interpela un experimentado director de cine: «si tienes algo que decir, una historia que contar» pues hay que contarla.

Entonces, Sorrentino/Fabietto reencontrará aquellos instantes que llenan de luz y belleza su vida: la sopa de leche de mamá, los consejos de papá, el amor idílico por la tía Patrizia, su musa; la vieja baronesa que le ayuda a mirar el futuro, la amistad con su hermano mayor, la noche en que hace un amigo en Capri, el sonido de las lanchas en el mar, el niño monje que acompaña a san Genaro, la mano de Dios que lo salva de la muerte, la decisión de irse a Roma y estudiar cine.

En su película anterior, La gran belleza (2013), el viejo Sorrentino se da cuenta del vacío y la superficialidad de su vida en una Roma decadente y mundana, de tanta palabrería y ruido que oculta lo verdadero e importante,

y entonces descubre la maravilla de lo simple, lo cotidiano, lo inadvertido, lo gratuito… Ahora, en este filme, el director vuelve a esa «gran belleza» que nos regalan las pequeñas cosas que valen para cada quien, y la belleza que hay en cada ser humano, imperfecto, contradictorio, vulgar, común y corriente, loco… pero siempre humano.

De gran factura visual y con una estupenda fotografía a cargo de Daria D’Antonio, Fue la mano de Dios sabe atrapar esas pequeñas cosas: la alegría en los balcones cuando triunfa el Napoli, el mar, los rostros de la ternura y el dolor, sobre todo Nápoles, una ciudad que «es imposible que no nos inspire nada» y que es para Sorrentino, junto con la casa familiar, uno de los lugares más llenos de vida y en donde brota también, de manera natural y sencilla, esa «gran belleza».

El filme nos deja una gran lección, tal vez el ir al encuentro de lo que nos pasa desapercibido, el rescatarlo desde «otros ojos», como el título de esta sección, nos ayude a llevar la vida de manera diferente, a ser más humanos.

Compartir: