Fragmentos de la Constitución Apostólica Praedicate Evangelium publicada el 19 de marzo de 2022

«Predicar el Evangelio (cfr. Mc 16, 15; Mt 10, 7-8), esta es la tarea que el Señor Jesús encomendó a sus discípulos. Este mandato constituye “el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a toda la humanidad en el mundo de hoy”. A esto fue llamada: a anunciar el Evangelio del Hijo de Dios, Cristo Señor, y con él suscitar la escucha de la fe en todos los pueblos (cfr. Rm 1, 1-5; Gal 3, 5). La Iglesia cumple su mandato sobre todo cuando da testimonio, de palabra y obra, de la misericordia que ella misma recibió gratuitamente. Nuestro Maestro nos dejó ejemplo de esto cuando lavó los pies a sus discípulos y dijo que seremos bienaventurados si también nosotros hacemos esto (cfr. Jn 13, 15-17). De este modo, la comunidad evangelizadora se inserta con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, acorta sus distancias, se rebaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Al hacerlo, el pueblo de Dios cumple el mandato del Señor, que, al pedir anunciar el Evangelio, nos insta a cuidar de los hermanos y hermanas más débiles, más enfermos y más sufridos».

«La “conversión misionera” de la Iglesia está destinada a renovar la Iglesia según la imagen de la propia misión de amor de Cristo. Sus discípulos y discípulas, por tanto, están llamados a ser “luz del mundo” (Mt 5, 14). Así es como la Iglesia refleja el amor salvífico de Cristo, que es la Luz del mundo (cfr. Jn 8, 12). Ella misma se vuelve más radiante cuando trae a los hombres el don sobrenatural de la fe, la luz que guía nuestro caminar a través del tiempo y al servicio del Evangelio para que esa luz crezca para iluminar el presente hasta convertirse en una estrella que muestra los horizontes de nuestro camino, en un tiempo en que el hombre está particularmente necesitado de luz».

«Para la reforma de la Curia romana es importante tener en cuenta y valorar otro aspecto del misterio de la Iglesia: en ella la misión está tan íntimamente ligada a la comunión que se puede decir que la finalidad de la misión es precisamente el de “dar a conocer a todos la nueva comunión que, en el Hijo de Dios hecho hombre, ha llegado a la historia del mundo».

«Esta vida de comunión da a la Iglesia el rostro de la sinodalidad; es decir, una Iglesia de escucha recíproca “en la que cada uno tiene algo que aprender”. Pueblo fiel, Colegio Episcopal, Obispo de Roma: unos a la escucha de los otros, y todos a la escucha del Espíritu Santo […]. Esta sinodalidad de la Iglesia, entonces, se entenderá como “caminar junto con el Rebaño de Dios por los caminos de la historia para encontrar a Cristo el Señor”. Se trata de la misión de la Iglesia, de esa comunión que es para la misión y es ella misma misionera».

«La renovación de la Iglesia y, en ella, también de la Curia romana, sólo puede reflejar esta reciprocidad fundamental para que la comunidad de los creyentes se acerque lo más posible a la experiencia de comunión misionera vivida por los Apóstoles con el Señor durante su vida terrena (cfr. Mc 3, 14) y, después de Pentecostés, bajo la acción del Espíritu Santo, por la primera comunidad de Jerusalén (cfr. Hch 2, 42)». 

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