Fábulas con Dios al Fondo: El festín para los pobres (II)

En la siguiente fábula el autor ha procurado seguir el consejo de san Ignacio de Loyola, en la contemplación, de ocupar el papel de alguno de los personajes para revivir con todos los sentidos la experiencia viva de cada pasaje. Por ello está escrita en primera persona y, a medida que se avanza, se irá identificando con facilidad al personaje central. A la vez, son Fábulas —es decir, aplicación de la imaginación ignaciana— que están incompletas, que el lector puede hacer crecer,aplicar y matizar con su propia vida. Es así como se puede resaltar que quien contempla está en silencio, envuelto y activo compenetrado por la Presencia.

«Al verlo el fariseo que le había invitado, 

se decía para sí: Si éste fuera profeta, 

sabría quién y qué clase de mujer es la que le

está tocando, pues es una pecadora» (Lc.7,39).

«Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo 

y de la tierra, porque has ocultado 

estas cosas a los sabios y prudentes,

y se las has revelado a los pequeños» (Lc.10,21).

Jesús interrumpió mis pensamientos.

––Simón, tengo algo que decirte. Un acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?

––Supongo —contesté— que aquel a quien perdonó más.

––Has juzgado bien —me dijo, y volviéndose hacia la mujer siguió hablando—. Al entrar a tu casa no me diste agua para los pies…, no me diste el beso de bienvenida ni ungiste mi cabeza con ungüento… En cambio, ella ha mojado mis pies con sus lágrimas, los ha secado con sus cabellos, y desde que entró no ha dejado de besarme los pies y de ungirlos con perfume. Por eso te digo, Simón,que a ella le quedan perdonados sus muchos pecados porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.

Al escuchar estas palabras sentí que el escándalo crecía alrededor de Jesús. ¡Esto era demasiado para los hombres buenos y creyentes de la ciudad! Jesús había llegado para derribar nuestros valores más preciados. Jesús traspasaba toda nuestra tradición con respecto a nuestra relación con Dios y con los hombres.

Al defender a esa pecadora Jesús nos estaba mostrando que Dios es un don que nos desbordará siempre, un regalo que no se merece, sino que se recibe. La bondad no es un pedestal de honor o una factura que le pudiéramos pasar a Dios, ni tampoco una inversión para saldar nuestras deudas con Él, de por sí impagables. No son los buenos y los que hacen todo bien quienes pueden creerse en posesión del Reino, como se adquiere un título de propiedad, como si cada uno se ganara su pequeña salvación o alcanzara un viático tranquilizador al pagar por adelantado la renta de un rincón dentro del cielo.

Jesús se presentaba como el que había venido a abrir las ventanas del alma; para que nos asomáramos a ellas y viéramos asombrados cómo Dios, vuelto lluvia copiosa, nos rodeaba, nos cubría, y podría transformarnos en mil brotes de vida en un instante —¡si nos dejáramos!—, como convierte la caída del agua de las nubes en un paraíso sin estrenar los más ariscos paisajes.

Pero había que sacar la cabeza afuera de nuestras almas, como aquella mujer, para descubrir la caída de esa ternura gratuita de Dios, en lugar de continuar tabicados en nuestro propio egoísmo y estrecha visión de Dios, sin llegar siquiera a sospechar hasta qué extremo Él nos ama a todas horas.

Y es que a Dios no se le honra. ¡Mucho menos se le compra! Con el apego a la ley ni con el cultivo de las virtudes. A Dios sólo se llegaría acogiéndolo como una madre espera a su hijo: engendrándolo, alimentándolo adentro, haciéndole crecer en nuestra sangre, nuestra leche y nuestra vida.

Foto: Cathopic

Sí, amar era engendrar. Porque el amor de Dios es una lluvia de vida que cae sobre las almas y, en las más, se evapora antes de penetrar y dar fruto, porque la tierra no está preparada para ella. Y es que para que Dios se multiplique, como para engendrar, hace falta poner mucha pasión, hay que hacer fuerza como las mujeres en el parto, hay que tirar de Él hacia afuera de nosotros; para hacer un mundo más vividero y para que la lluvia de Dios no se pierda al caer: porque la gente vería el amor de Dios a través de nuestro amor. Entonces sí —todos los días— Él se sentiría honrado, respetado y amado de verdad.

Por eso, Jesús estaba mostrando que la grandeza de Dios no se encontraba en el ámbito de la ley y su cumplimiento sino en el del amor, ni en el de la coacción sino en el de la libertad. Porque Dios no ama a los hombres por sus méritos sino por ellos mismos, se entrega a quien le acoge, y el cumplimiento de la letra de la ley y la lucha incesante contra uno mismo dejaban de ser la esencia de la actitud religiosa. Todos los preceptos y mandamientos se reducían a uno solo: ¡amarás!

«La letra mata, el espíritu es el que vivifica», había dicho Jesús. Y también había repetido hasta la saciedad que no es el alimento ni el plato sucio lo que manchan, sino lo que sale del corazón, y que hasta las ofrendas sagradas tendrían que ser abandonadas si en nuestras almas anidaban el orgullo, el resentimiento, el rencor, el desinterés o la falta de entrega al hermano. ¿Por qué? Porque Dios ama con mano pródiga, porque Jesús había venido a encarnar a un Dios que realmente tiene un amor infinito por cada persona, y reclama un amor también sin límites entre ellas.

Imposible, en adelante, apoyarse en Dios para restringir el amor al prójimo. El vecino, el extranjero, el enemigo y hasta el enemigo de Dios también son hermanos. Jesús destruía todos los ídolos y todas las minimizaciones de Dios que se llaman moralismo, autosuficiencia, purismo, dominación, exclusivismo. Dios es amor y no hay que buscarlo por ningún otro lado.

Al preferir Jesús a esa prostituta, más que a nosotros, nos estaba señalando que para Dios los últimos siempre son los primeros. Dios había querido que su festín fuera para los más olvidados, para los más frágiles y quebradizos, para los más pobres en todos los caminos de la vida. Porque sólo ellos entienden que el amor es un don de Dios que nunca les faltará; porque sólo ellos comprenden el gozo y la gratitud de poder amar así a un Dios que únicamente acepta que se le ama cuando ve que se ha amado primero a quien más lo necesita entre los hermanos. Porque sólo ellos saben qué dichosos son cuando han amado mucho, porque a ellos les pertenece ya el reino de estar vivos.

Por esto también había dicho Jesús: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos; no sea que ellos te inviten para corresponder y quedes pagado. Cuando tú des un banquete, invita a pobres, a lisiados, a cojos, y dichoso tú porque no pueden pagarte».

Y es que Jesús no había venido a organizar la comida de los ricos, sino el festín para los que viven la pobreza de los pobres, porque se han sentado en la misma mesa: en donde están los que han creído en un Dios en quien no existe más justicia ni más ley que la del amor. Porque el amor no sólo hace la fe más fuerte, sino que la hace creíble.

«Tu fe te ha salvado. Vete en la paz de Dios», dijo Él. Jesús, lejos de rechazar las manifestaciones de esa mujer, las había recibido como muestras del amor que ella le ofrecía. Jesús no le pidió explicación alguna. Tampoco la recriminó. Mucho menos la humilló con su largueza. Ella sabía que había sido perdonada, y, sólo ella, quien conocía la amplitud de su deuda, podía medir la inmedible magnitud del amor que Dios le entregaba.

Lo que ella había descubierto, cualquiera que hubiera sido su vida pasada, era que era amada por un Dios todo ternura, y que el amor con que Él la amaba la liberaba de sí misma, la desligaba hasta del recuerdo de cualquier atadura, y dejaba en libertad su corazón. Porque Dios se contentaba —estallaba de gozo— al encontrar una tierra humilde y confiada para llover sus dones.

Por eso ella había llorado de emoción y gratitud al reconocer en Jesús al que le ha comunicado que Dios es pobre y se halla desarmado porque ama. Y este mensaje, esta realidad, habían surgido ante sus ojos de un solo golpe como la aurora de un día totalmente nuevo, como el alborear de una magnífica esperanza. Jesús era, para ella, el signo de la paz de Dios, el rostro de la ternura de Dios.

Y mientras yo me sentía todo confundido y me preguntaba: «¿Quién es éste para perdonar los pecados?», la mayoría de los fariseos sacaba brillo a su cólera, y la gente buena de la ciudad creyente y divertida sentía deseos de aplaudir de nuevo. Y yo no sabía si nos apresurábamos a ensayar el grito de «¡sálvale!» o el de «¡crucifícale!»

Después, Jesús se retiró de la mesa y continuó su camino, seguido por aquella magdalena enamorada que caminaba dejando las calles atrás, como los días de la semana, rumbo al viernes.

Y todo estaba naciendo allí, en la misma frontera de aquel interminable día de fiesta que nosotros habíamos organizado de acuerdo con la ley. Cuando aún no había concluido de sonar el eco de los aplausos ni el júbilo de las palmas.

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