El hombre frente a la naturaleza ¿Dominador o cuidador?

José Luis Villarreal, O.F.M. Cap

El ser humano, desde que ha habitado en este mundo, se ha maravillado de él y se ha preguntado sobre su origen, sobre cómo funciona y cuál es el lugar que en él debe ocupar. Muchos pueblos antiguos vieron la naturaleza como algo sagrado, y sus fenómenos como acción de dioses o de seres superiores. La grandiosidad de la naturaleza hace al ser humano sentirse avasallado y pequeño. 

Tenemos, por ejemplo, en las cosmologías de los antiguos pueblos mesoamericanos, la noción de una deidad que se encontraba detrás de cada fenómeno natural: Un dios de la lluvia, un dios del viento, un dios sol, una diosa luna, un dios de la muerte, un dios del maíz… Los pueblos intentaban congraciarse con estas fuerzas superiores rindiéndoles culto y ofreciéndoles sacrificios. El hombre desde antiguo sabe que las fuerzas de la naturaleza pueden ser tanto fuente de vida, como de gran destrucción y pesar. 

Muchos pueblos antiguos poseen tradiciones orales y escritas que describen el origen del mundo y de los dioses que lo gobiernan; también del origen del ser humano y de los demás seres con quienes comparte la tierra. Leyendas y mitos, bellísimos muchos de ellos, que son un patrimonio de la humanidad y que honran la memoria y la existencia de las comunidades de las que surgieron. Los hombres conocían, respetaban y vivían de acuerdo con las tradiciones de sus antepasados y por mucho tiempo, esta visión mitológica y numinosa de la naturaleza, prevaleció su imaginario. 

Sin embargo, el tiempo, el desarrollo cultural y algunas líneas de pensamiento en la humanidad, propiciaron el surgimiento de actitudes más críticas ante la naturaleza y sus hechos. En la antigua Grecia, por ejemplo, los primeros filósofos comenzaron a intentar explicar lo que sucedía en su entorno; proponiendo ideas sobre la composición de la que estaban hechas las cosas, sobre qué eran en realidad las pequeñas luces del firmamento nocturno, cómo se explicaba la caída de la lluvia, etc. Comienza entonces un movimiento de desacralización de la naturaleza. 

De entre los pueblos antiguos, es muy importante para nosotros la consideración del pueblo hebreo, en cuyo contexto nace Cristo y el cristianismo. La cosmovisión de este pueblo no fue siempre igual. Podemos constatar, leyendo la Escritura y escuchando los argumentos de los historiadores y antropólogos, que el pueblo de Israel, en sus orígenes, fue un pueblo tribal, guiado por caudillos o jefes de familia y con la constante tentación de adorar criaturas de la naturaleza o dar culto a dioses de otros pueblos. Las nociones y los relatos bíblicos de un Dios único que es creador de todas las cosas son, en realidad, reflejo de un pueblo israelita con una madurez cultural e intelectual adquirida a través de años de historia y de experiencias, es decir, cuando ya es un pueblo cohesionado y diferenciado de los demás. 

Por esto, podríamos decir que los hebreos no estuvieron exentos de sacralizar los fenómenos naturales como si provinieran de seres superiores o, también, después, como la manifestación de la fuerza y el poder del Dios único. Con la madurez en la teología judía antigua, vino la noción de que la naturaleza, con todo lo que existe, fue creada por el Dios único y, por lo tanto, ninguna de esas cosas es Dios. Se despersonaliza al sol y a la luna, se desestiman las creencias en deidades del desierto o de los mares; incluso se llega a decir que los dioses de otras naciones, en realidad, son nada. 

Este movimiento en la cosmovisión judía, donde es Dios quien crea tanto al hombre como a las demás cosas, tiene una gran importancia; y da el paso a dos consideraciones esenciales: La primera es la dignidad del ser humano, y la segunda es su lugar en la naturaleza. 

En los relatos de la Creación que aparecen en el libro del Génesis, el ser humano tiene un lugar privilegiado en medio de las demás creaturas, es como la culminación de la Creación o el centro de ella. En el primer relato, el ser humano es lo último que Dios crea y lo hace «a su imagen y semejanza»; también le ordena crecer, multiplicarse y dominar la tierra con todas sus creaturas. En el segundo relato cambia la versión, pero la idea de fondo es la misma. Dios forma primero al hombre, con sus propias manos y con el soplo de su propio aliento; y planta después un jardín para poner al hombre allí, crea a los animales para que lo acompañen y le da la tarea de que les ponga un nombre. 

Aquí comienza, en la cosmovisión judeocristiana, la noción de que la naturaleza es para el ser humano. Estos pasajes bíblicos en ocasiones han servido para justificar que el hombre se sirva de la naturaleza, a veces de una manera descuidada e irresponsable. La evolución de esta perspectiva ha dado como resultado que la naturaleza deje de ser algo sagrado y se contemple como un simple recurso o como bienes para ser tomados y aprovechados por el humano. 

El cristianismo ha heredado de la cosmovisión judía la noción de la dignidad del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, y también el de su lugar 

en la naturaleza como si fuera el encargado o el que tiene dominio sobre las demás creaturas. Esto nos ha dejado muchos aciertos doctrinales y morales, como considerar la vida humana como algo de valor inestimable y que debe ser protegida y cuidada con todo esmero. Un ejemplo son los conceptos de la Doctrina Social de la Iglesia, que hablan de la igualdad en dignidad de todos los seres humanos y su derecho a tener lo necesario para vivir y desarrollarse a partir de una justa repartición de los recursos. 

Sin embargo, aunque por siglos nadie se detuvo a pensar con más profundidad sobre este aspecto, en tiempos más actuales comenzó la preocupación por considerar que los recursos que el mundo tiene son limitados, y que un día, si el ser humano sigue consumiéndolos indiscriminadamente, se acabarán. 

Es un hecho que toda criatura viviente necesita de ciertos elementos para sobrevivir, así como una planta necesita los minerales de la tierra, la luz solar y el agua de las lluvias; así como los animales necesitan hierbas, granos u otros animales para alimentarse, también el ser humano, necesitará siempre de medios para sobrevivir; pero el consumo que hace se distingue del de otros seres vivientes, ya que es capaz de gastar recursos innecesariamente. A través de la historia, el hombre se ha distinguido de otros seres vivientes en que es capaz de hacer modificaciones a su entorno para usarlo a su favor, pero ¿habrá un límite de hasta dónde podría «estirar» los recursos naturales para su beneficio? 

En su afán de buscar comodidad, grandeza y poder, el hombre ha llegado a abusar de su posición privilegiada frente a la naturaleza, explotándola y disponiendo de sus recursos con un afán que va más allá de cubrir sus necesidades, y que ha llegado a lo Nietzsche llamaría «la voluntad de poder», algo que podría verse como un dominio mal encausado, distorsionado. Aquí podemos empezar a hablar, en el contexto de la relación del humano con la naturaleza, de las consecuencias que trae el pecado. 

Como apuntamos antes, en el libro del Génesis, después de los relatos de la Creación, aparece el relato de la caída, que cuenta la desobediencia a Dios y la expulsión del hombre y de la mujer del Paraíso. La doctrina de la Iglesia nos dice que esta caída tuvo un efecto sobre toda la humanidad, que la hace propensa al mal y a la corrupción. Al entrar el pecado, las relaciones del ser humano con Dios, con la naturaleza y consigo mismo, se ven afectadas; se rompe la armonía que había entre los seres humanos y su entorno; empiezan, entonces, relaciones malsanas, el hombre pierde de vista su fin último y se enfrasca en intentos fútiles de dominar y controlar todo lo que encuentra. 

Hoy en día, la preocupación por cuestiones como el calentamiento global, la extinción de especies, la escasez de agua y de alimento, la acumulación de basura y de contaminantes, se ha hecho cada vez más grande y con un mayor sentido de urgencia. Los expertos han declarado que necesitamos un cambio de fondo en nuestra manera de relacionarnos con la naturaleza, a menos que queramos destruirla y destruirnos a nosotros mismos en el proceso. La voluntad de poder y de dominio, que aparenta ser un camino de elevación del ser humano, se convierte, más bien, en un camino de autoaniquilación. 

En los últimos tiempos, la Iglesia también ha expresado su preocupación y ha presentado propuestas en voz del papa Francisco, que ha hablado a profundidad sobre estos temas en documentos como las encíclicas Laudato Si’ y Fratelli Tutti y en la exhortación apostólica Querida Amazonia, además de otras iniciativas sobre la economía, etc. Para los cristianos las cosas no pueden seguir igual. Es insostenible.

Estas preocupaciones han hecho surgir nuevas consideraciones sobre el lugar del hombre en la naturaleza: Algunos lo han llegado a considerar como un ser destructivo que debería hacerse a un lado para dejar que la naturaleza siga su curso; otros han pensado en que el hombre podría seguir con su ritmo de consumo y de dominio con tal de que la población se redujera lo suficiente; hay otra visión que tiene un interés a volver a la sacralización de la naturaleza de tiempos antiguos; otra postura, no muy comentada pero, en la práctica, la más extendida (no hacer nada es ya como participar de este camino), es continuar con todo igual hasta ver qué sucede. 

En la visión cristiana, la dignidad del ser humano es un principio no negociable, el ser humano sigue siendo la cúspide de la creación material. Sin embargo, el papel de éste en la naturaleza puede ser reinterpretado como cuidador y no como dominador, como administrador y no como dueño, como un encargado, que deberá dar cuentas cuando su Señor regrese (cfr. Mt 25, 14-30). 

Estas reinterpretaciones no carecen, como podemos ver, de sentido teológico. Si bien es cierto que en la Sagrada Escritura encontramos el pasaje «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra» (Gn 1, 28), también existe otro que nos dice: «Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase» (Gn 2, 15). 

Así, el dominio o «sometimiento» al que el hombre está llamado a hacer sobre la tierra y sus creaturas, debe entenderse en el sentido del cuidado. Para ejemplificarlo pondremos el ejemplo de dos hermanos en una familia. En ausencia de los padres, el hermano mayor es quien tiene el «dominio» sobre el hermano menor, pero eso significa también, y de manera muy especial, el cuidado de éste. Los padres nunca querrán que el hermano mayor ejerza un dominio tiránico sobre su hermanito, mucho menos que llegara a hacerle daño; más bien, lo dejan a su cargo, para que lo cuide. El ser humano, más que como amo de la naturaleza, habría de considerarse como el hermano mayor, el que se queda a cargo. 

Así como el hombre y la mujer fueron hechos a imagen y semejanza de Dios, el dominio que están llamados a ejercer sobre las creaturas de la tierra debería ser un dominio semejante al ejercido por Dios sobre el universo creado; un dominio de cuidado, providencia y amor; aunque con una diferencia importante: Dios no necesita de las creaturas, y su acción sobre ellas es pura gratuidad; mientras que el ser humano sí necesita de la naturaleza para sobrevivir, por lo que su acción ideal sobre ella sería de reciprocidad, dar y recibir; aunque, hasta ahora, pocas veces ha sido así. 

En cierto sentido, el ser humano puede cuidar de la naturaleza al tiempo que ésta cuida de él. Este es un camino de integración que exige un cambio de paradigma en la forma en que el hombre considera su relación con su medio ambiente. 

San Francisco de Asís, es una personalidad fascinante entre los santos de la Iglesia. Ha sido considerado como patrono de la ecología; como un gran seguidor de Cristo e, incluso, ha impactado a personas que no son católicas y hasta que no son cristianas. De su ejemplo y testimonio, podríamos sacar alguna enseñanza sobre maneras diferentes y nuevas de relacionarnos con la naturaleza. Francisco es un hombre muy sensible; y a su sensibilidad se suma su humildad, que, en lugar de colocarlo en la cúspide de la Creación, lo pone en medio de ella, como un hermano entre hermanos. 

En El cántico de las creaturas, posiblemente su escrito más popular e importante, va llamando hermanos y hermanas al sol, la luna, el viento, el agua, el fuego, la tierra, y a todos ellos les reconoce como maravillas de Dios y las invita a alabarlo junto con él. Estos hermanos están a la par del hermano Francisco; comparten con él la existencia, la alegría de ser creaturas de Dios. 

Hay relatos pintorescos en las biografías de san Francisco que cuentan, por ejemplo, que en una ocasión se encontró por un camino con muchas aves y que empezó a predicarles, llamándolas hermanas y diciéndoles que Dios las había bendecido mucho con sus bellas voces y su capacidad de volar, y que «era muy debido darle por ello a Dios alabanza». Se cuenta que entonces más aves se reunieron a escuchar al santo y que incluso, muchas de ellas bajaron al ras del suelo y aunque Francisco caminaba cerca de ellas y hasta las rozaba con su hábito, no se movieron, hasta que él terminó su exhortación y les permitió irse, después volaron todas, trinando alegremente. 

También se cuenta de un lobo que tenía muy asustados a los habitantes del pueblo de Gubbio, pues había matado ya varias cabezas de ganado y hasta había atacado personas. Dicen que Francisco, al pasar por el pueblo y enterarse de la situación, salió al campo a hablar con el lobo. Al poco tiempo, entró en el pueblo y el feroz animal lo seguía, dócil como un perrito. El hermano Francisco habló a los pobladores de Gubbio en la plaza, diciendo que había acordado con el hermano lobo que él ya no atacaría a los ganados ni a las personas, si los habitantes del pueblo se comprometían a alimentarlo, y así sucedió. Dicen que todos los días el lobo andaba por las casas y la gente le daba de comer. Nunca más atacó a nadie, hasta que murió de viejo. 

Lo que san Francisco de Asís nos enseña con respecto a la naturaleza es que somos hermanos, y como tales, nos corresponde respetarnos y dar, cada uno a su manera, alabanza a Dios que nos ha creado. Al sol le corresponde dar luz y calor, al ave le corresponde cantar, al ser humano le corresponde amar y cuidar. 

Hoy, vivimos tiempos importantes, tiempos de decidir si seguimos por el mismo camino o intentamos algo nuevo. El grito de la Tierra, explotada e ignorada, se hace evidente en la destrucción de ecosistemas, de especies, la desertificación, las montañas de basura, el cambio climático, la tala de los bosques, la contaminación de las aguas. Las cosas no pueden seguir así. 

Desandar el camino recorrido es un reto grande, sobre todo cuando estamos todos insertos en un sistema dominado por intereses económicos y de poder, que se mantienen del abuso y de la explotación. A veces, tristemente, en este sistema, se prefiere ganar un dólar que mantener limpio un río. Se ha priorizado el capital por encima de la vida. 

Los cambios que nuestro mundo necesita de nosotros, tendrán que empezar en personas concretas, entusiastas, que decidan empezar a cambiar hábitos y maneras en su vida personal y en sus círculos. Es difícil que los cambios vengan solamente desde los gobiernos y corporaciones, pues las acciones de éstos al respecto son aún muy tímidas y lentas. 

La naturaleza no es nuestra enemiga; al contrario, nos sustenta y nutre. San Francisco la llama hermana y madre. Ojalá y pronto podamos empezar a tratarla como tal.

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