
No sé por qué, la noticia de tu partida ha supuesto para mí una sacudida de esas que sospechas que vienen de Dios, aunque no entiendas todavía su contenido.

Ante el actual escenario de crisis social, política, económica y ante los agravados síntomas de crueldad, discriminación, exclusión y violencia, considero fundamental reflexionar sobre la importancia política del entusiasmo como motor de la movilización y la lucha por un mundo más humano.

Pretendo ofrecer la luz de Jesús a un mundo, y un país, lacerado por la violencia: Jesús impulsa las dinámicas fraternales y nos ayuda a enfrentar las antihumanas. Y también a fortalecer la esperanza, dando impulso y motivación, para comprometernos en el trabajo por la paz.

Hace unos días platiqué en El Refugio, casa del migrante en Guadalajara Jalisco, con dos mujeres migrantes cuyos nombres nunca olvidaré, más reservaré por seguridad. Ellas me platicaban a detalle cómo es que vivieron su paso migratorio por la selva del Darién, la frontera entre Panamá y Colombia y su entrada sin documentos a México.

Años y sexenios pasan y la evidencia estadística comprueba que la desaparición de personas no se detiene… Ante la impunidad y la falta de verdad y justicia es inevitable que en medio del silencio que amenaza con dejarnos sin palabras, nos preguntemos ¿cómo se resiste a la barbarie?, ¿cómo sostener la esperanza?, ¿cómo no paralizarnos por el miedo?

Aprender a ser y estar en el mundo desde una mirada esperanzada y movida por la fe, es quizá una de las tareas pendientes que nos dejó sacerdote jesuita José María Rodríguez Olaizola, en su paso por México, el pasado mes de septiembre

En esta segunda entrega José María Rodríguez Olaizola, jesuita, escritor y sociólogo de nuestro tiempo, nos cuenta que es a través de la mirada en que se puede encontrar algunos signos de esperanza en el mundo actual.