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Bajo el signo de Pentecostés

El origen y la naturaleza de la comunidad de los discípulos del Resucitado se encuentra en el acontecimiento de Pentecostés que nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (2, 1-13). Sin embargo, el don del Espíritu del Resucitado a los discípulos es ubicado por la tradición la misma noche del domingo de Pascua (Jn 20, 22). Entonces, Pascua y Pentecostés son dos misterios intrínsecamente unidos.

Como resultado del encuentro con el Resucitado y bajo el dinamismo de su Espíritu que irrumpe en las vidas de los miembros de la Iglesia primitiva, sus vidas se transforman volviéndose apóstoles, es decir, anunciadores de la Palabra de Vida.

En su homilía del domingo de Pentecostés, el 5 de junio de este año, el papa Francisco recordaba: «El Espíritu nos hace ver todo de un modo nuevo, según la mirada de Jesús. Yo lo diría de esta manera: en el gran viaje de la vida, él nos enseña por dónde empezar, qué caminos tomar y cómo caminar».

Podríamos preguntarnos, en nuestro contexto actual marcado especialmente por la violencia y el desencanto ¿cuál es la mirada nueva que el Espíritu suscita en nosotros? ¿Podemos, como Jesús de Nazaret lo hizo, descubrir la presencia del Padre en lo cotidiano de la vida? ¿Sabemos leer los signos de los tiempos que nos hablan de la vida nueva que surge en medio de la caducidad de nuestra realidad? ¿Cuál es la novedad que el Espíritu está suscitando en nuestro contexto? ¿Cuáles son los nuevos rumbos por los que nos quiere llevar?

La o las respuestas no parecen ser sencillas, pero un signo inequívoco es cómo nos apropiamos y llevamos los valores del Evangelio a nuestro diario hacer. Algo que puede comenzar, ahí donde estamos, en lo que vivimos, con pequeños gestos de amabilidad, que, citando de nuevo al papa, pueden ser «una liberación de la crueldad que a veces penetra las relaciones humanas».

Podemos, además, ir más allá y abarcar más espacios, extender nuestro radio de acción e involucrarnos en muchas más tareas que generen dinamismos de vida en los diferentes lugares y situaciones donde transcurre lo ordinario de nuestra vida.

Es necesario que nuestras comunidades busquen construir una sociedad justa, sin violencia, para con ello llegar a ser sal y luz en el mundo (cfr. Mt 5, 13). Seguir el ejemplo de Jesús y su propio compromiso, con todos los hermanas y hermanos que necesitan ser escuchados, acompañados, acogidos y encontrar en ello un aliciente y una fuente de esperanza para organizarnos en comunidad y buscar que sea posible hacer presente la civilización del amor, de modo que se, se refleje la Buena Noticia en todos los ambientes y se construyan puentes que logren la inclusión de los demás.

Todo desde la perspectiva amorosa de nuestro Padre, y desde el vínculo, del que el venerable Félix de Jesús Rougier, MSpS hablaba: «vivir bajo la mirada amorosa del Padre». Esta experiencia, que es fruto del Espíritu, genera en los discípulos(as) del Resucitado la experiencia fundante de la filiación. Así, se recrea en el corazón de cada creyente la experiencia del Jordán, cuando Jesús de Nazaret vive con profundidad el misterio de su filiación divina (Mt 3, 16-17) y bajo el impulso de la divina Ruah, es conducido al desierto para después iniciar su misión.

Así, los cristianos recibimos del Espíritu, ese sello que nos hace experimentarnos hijas e hijos profundamente amados por el Padre de la vida. Solo desde la conciencia de esta llamada fundante, ser hijos en el Hijo, seremos capaces de vivir en la fraternidad y así, esa Fuerza divina del Espíritu podrá movernos para llevar el Evangelio, desde los ámbitos más comunes de la vida cotidiana hasta los grandes proyectos de transformación de nuestra sociedad.

Foto: © amorsanto, Cathopic

Sin embargo, es necesario que como comunidad creyente sepamos invocar a esta Fuerza divina para que nos enseñe «por dónde empezar». El papa Francisco en muchas ocasiones ha hecho referencia a uno de los grandes peligros que aquejan la vida eclesial de nuestros actuales contextos: la autoreferencialidad. Este peligro que nos encierra en nuestros esquemas aprendidos y en nuestras seguridades que frenan el dinamismo del Espíritu, es un gran enemigo de los procesos de evangelización, ya que, como en la primera comunidad creyente, nos hace permanecer encerrados en nuestro cenáculo, creyendo que nuestros sitios seguros son los lugares que nos darán plenitud.

“ Digámoslo, hemos crecido en muchos aspectos, aunque somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas”.

Necesitamos aprender a ponernos en camino, lo cual implica dejar nuestras inercias y vencer nuestros temores para poder ir mar adentro, confiados que ayer como hoy el Señor Resucitado camina con nosotros y dirige nuestra barca. El Espíritu siembra en nosotros la osadía de la novedad del Evangelio, para poder exclamar: ¡Ay de mí si no evangelizo! (cfr. 1Co 9, 16).

El Espíritu en Pentecostés fue el artífice de la unidad y el generador de la comunión en medio de la diversidad. En medio de la pluralidad en la que vivimos, es necesario que dejemos que este mismo Espíritu siga obrando en nosotros el milagro de Pentecostés. Nuestro mundo necesita que sigamos tejiendo la unidad en medio de la diversidad para ser una comunidad de puertas abiertas para todos y saber tender puentes de comunión a un mundo que reclama de los cristianos una inclusión como la de Jesús de Nazaret. Ojalá que la sinodalidad, un concepto que está cambiando a nuestra Iglesia de manera importante, sea realmente el signo profético de la presencia y la acción del Espíritu que actúa en medio de la comunidad que se pone en camino hacia las periferias.

Evangelizar, bajo el signo de Pentecostés, es reconocernos pues, como aquellos discípulos del Cenáculo, como hombres y mujeres orantes, abiertos a la escucha de la Palabra y de los acontecimientos de la historia, para que estemos presentes para quienes nos necesitan en las diferentes circunstancias de la vida. La evangelización desde un dinamismo pneumatológico ha de ayudarnos a vencer la tentación de la indiferencia que es un riesgo latente en la vida de los creyentes y en los procesos de nuestras comunidades. En la Fratelli Tutti, Francisco denuncia con fuerza que: «Nos hace falta reconocer la tentación que nos circunda de desentendernos de los demás; especialmente de los más débiles. Digámoslo, hemos crecido en muchos aspectos, aunque somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas. Nos acostumbramos a mirar para el costado, a pasar de lado, a ignorar las situaciones hasta que estas nos golpean directamente» (64). El Espíritu Santo que es el paráclito: el que está junto al que necesita ser defendido, acompañado, sostenido o consolado y es quien nos puede ayudar a llegar a ser paráclitos para quienes esperan una presencia samaritana, de una Iglesia compasiva y misericordiosa.

Otro elemento digno de considerar en el proceso de evangelización bajo el signo de Pentecostés es la necesidad de hacer silencio en nuestro día a día para poder acoger y discernir las mociones del Espíritu. Dice la narración de los Hechos de los Apóstoles que los discípulos estaban reunidos en oración con un mismo espíritu (Hch 1, 14). El dinamismo de Pentecostés es antecedido de la experiencia orante de una comunidad unida. ¡Cuántas veces, sobrepasados por las demandas de nuestras comunidades dejamos de lado los espacios de contemplación! Sólo ahí, en el silencio y la comunión orante de los hermanas y hermanos, el corazón se dispone para el envío a la misión y solo ahí se puede agradecer los resultados que el Espíritu cosecha en nuestros esfuerzos evangelizadores.

Foto: © Demerval Jr visiting, Cathopic

Es necesario, además, que nos dejemos llevar por el Espíritu, incluso en ocasiones a dónde no queramos ir (cfr. Jn 21, 18) y especialmente ahí, más allá de nuestro querer o de nuestras resistencias, anunciar con nuestra vida el mensaje salvador que brota de la experiencia del Resucitado y es fruto de la fuerza dinamizadora de la divina Ruah que nos impulsa a la misión.

El relato de los Hechos nos presenta a la primera en torno a María (cfr. Hch 1, 14), ella, la Madre de Guadalupe, que ha estado presente en tantos acontecimientos históricos no solo del pueblo mexicano, sino de todo Latinoamérica, nos muestra cómo salir al encuentro de los menos favorecidos y nos enseña a saber hablar el lenguaje de la ternura para poder mostrar a su Hijo y hacer presente el Reino en medio de nuestra sociedad tan marcada por la violencia, de la que es una muestra el trágico asesinato de los dos jesuitas de la Sierra Tarahumara. Aprendamos de ella, la primera evangelizadora de nuestras tierras, que como madre tierna hizo presente al Hijo como camino de justicia y de paz. Que al igual que la «mujer del Magnificat» los cristianos del siglo XXI sigamos con alegría, dando esperanza en nuestros contextos actuales.  

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