Solo y a pie

Marta Mardía Herrero 

La unidad emerge cuando la paradoja se disuelve. Hay vidas, por auténticas, que la revelan de manera particular. Biografías que son teofanías, novelas que escribe Dios. Se expresan más allá de toda palabra. Y se entienden, se incorporan como relatos-espejo, nutren el alma en la medida en que nos asomamos a ellas desde el corazón, morada de la conciliación de todos los opuestos. 

Una paradoja fundó la vocación de peregrino de Ignacio de Loyola: cuando tenía 30 años, convertido en soldado y caballero (el que va a caballo), mientras luchaba en Pamplona, «le acertó […] una bombarda en una pierna, quebrándosela toda; y porque la pelota pasó por entrambas las piernas, también la otra fue malherida» (Autobiografía, 1, 5). Es decir, una bomba lo paralizó. Tras dos semanas en la ciudad, hubieron de llevárselo (en litera) a su tierra natal, donde le recolocaron los huesos, pareció que moriría, se recuperó pero quedándole una pierna más larga que la otra y un hueso que sobresalía. Se sometió a una nueva intervención para limar la parte sobrante y afrontó una intensa rehabilitación que alargara la extremidad acortada. La inmovilidad lo bajó del caballo, le inutilizó las piernas y le hizo darse cuenta del milagro que es caminar. Acabó con sus ilusiones para darle a probar la esperanza. 

San Isidoro de Sevilla propuso en sus Etimologías que el término «esperanza» (spes) deriva del hecho de ser «como los pies para andar (quasi est pes)». Ignacio casi muere entonces; aunque en realidad, muere antes de morir. Muere el guerrero, el caballero, el amante de lo mundano, el hombre apuesto y pretencioso. Y nace un peregrino. Al salvar inesperadamente las piernas, las entrega por entero al servicio de Dios. 

Javier Melloni, en su reciente libro Éxodo y éxtasis en Ignacio de Loyola, nos cuenta que la palabra peregrino aparece 77 veces en la Autobiografía del santo. La primera de ellas, cuando, ya recuperado, abandona su tierra con el propósito de ir (imaginaba hacerlo a pie y descalzo) hasta Jerusalén. Antes de llegar a Montserrat compra tela de saco, un bordón, una calabaza y unas alpargatas de cuerda de esparto (solo usará una por hinchársele cada jornada la pierna malherida), y tras confesarse en el santuario, abandona sus armas, su mula y su ropa y adopta las formas del peregrino. Se somete a la celebración de investidura de todo caballero, pero al revés: el desnudamiento hecho rito de paso. Como Francisco de Asís, ya no iba a servir a un señor, sino al Señor. 

* La escritora Marta (Mardía) Herrero, pertenece a la tradición sufi, concretamente a la Tariqa Naqshbandi, pero es también una estudiosa de las escuelas místicas de todas las tradiciones religiosas. Experta en los silencios y el viaje interior nos propone en este texto varios aspectos del peregrinaje de san Ignacio. 

MANRESA, ESPAÑA-JULIO 25,2011: Iglesia fachada, estilo barroco, Cueva de San Ignacio, Manresa, provincia Barcelona, Cataluña . — Foto de joanbautista

La invitación a peregrinar le había ido llegando mucho antes, sutilmente, sin obligarlo a darse cuenta, como casi todo lo que nos sucede. Miguitas invisibles que señalan el camino de regreso a casa. Había servido en Nájera y Navarrete, ciudades de paso para los europeos que hacían el Camino de Santiago. Había sido malherido en otra urbe enclavada en la ruta jacobea: Pamplona. Había unido desde el principio nacimiento (el suyo) con la muerte (la de su madre al darlo a luz), como se unen inspiración y espiración o paso derecho e izquierdo en el acto de caminar. Pero necesitó casi perder las piernas para enterarse de qué había venido. Podemos imponerle distintos atributos, pero Ignacio fue fundamentalmente un peregrino. 

¿Y por qué? En primer lugar, y desde lo más concreto, por su empeño en ir a pie. Lo refleja una y otra vez en su Autobiografía. Parte a París «solo a pie» (73, 1), le viene fuerte el deseo de ir de allí a Ruán «a pie, descalzo» (79, 3). Su hermano, cuando Ignacio abandona Azpeitia, se avergüenza de su insistencia en ir andando y le deja un caballo que el peregrino solo usa hasta salir de la provincia. El peregrino quiere caminar. Y lo quiere porque ha entendido que el cuerpo humano es templo (Leonardo ilustra con un hombre el pasaje dedicado a los templos en el tratado De Arquitectura de Vitruvio) y que es posible elevarse hasta el cielo cuando uno ha asumido el compromiso radical de no hacer nada más que dar un paso detrás del otro. 

Además, la peregrinación es metáfora sagrada de la vida. El caminante tiene un origen (un nacimiento, un pasado, una identidad generada por todo aprendido), un destino (la muerte, el futuro, o Dios) y un camino (un movimiento, una dirección, una presencia). Todo se le vuelve más claro cuando se pone en marcha. Es y no es al mismo tiempo. Ignacio hace un plan, y espera abierto a que la Divinidad (lo real) le responda. Cada paso trae una muerte y un nuevo nacer. Se desinstala continuamente de sí para abrirse al más allá, se vacía para hacerse capaz de recibir dosis crecientes de maravilla. Todo es espejo y emergencia alrededor. Discernimiento y aceptación. El caminante va rimando sus pasos con su respiración, la respiración con el latido del corazón, y este con el pulso de Dios. Unificando, lentamente, lo humano, lo divino y el mundo. Lo inmanente y lo trascendente. Lo concreto y lo universal. 

Ignacio fue un peregrino, pero de la vida. Todo tiempo y todo espacio se volvieron para él lugares de paso. Hizo del hogar el tránsito, un proceso constante de irse abriendo, «siempre creciendo en devoción, es decir, en facilidad de hallar a Dios» (Autobiografía, 99, 7-8). 

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