
No sé cómo escribir esto, «a rodilla pelona» me aconsejó un amigo sacerdote y, aunque me causó gracia la expresión, es muy cierta. Hay cosas que solo de rodillas en oración humilde ante el misterio, se pueden meditar. Esta reflexión es un ir y venir, no pude hacerla de otro modo y pido disculpas si eso confunde.

«El encuentro con el resucitado nos saca del temor».

La multitud grita «¡Hosanna!», pero pocos días después esa misma ciudad será testigo de su condena. Este contraste no es solo un hecho del pasado: es un espejo que ilumina nuestras realidades actuales.

Quienes participamos más de cerca en la vida de la comunidad de la Iglesia, al hablar de Semana Santa nos referimos sobre todo a las celebraciones —litúrgicas y no— propias de estos días; pero conviene tomar en cuenta que para la mayoría de la gente simplemente significa vacaciones y muchas veces viajar de paseo.

Las mociones pueden ser buenas o malas. Su cualidad se reconoce por lo que sugieren, pero, sobre todo, por lo que decantan anímicamente: claridad + quietud + alegría (consolación) y, en el polo opuesto, confusión + turbación + tristeza (desolación)


«Despertar a la vida que no muere».

Para entender cómo vemos a Dios actualmente debemos reconocer primero el tránsito de la trascendencia a la inmanencia radical. Durante milenios Dios fue el «Otro Totalmente Otro» (como lo definía Rudolf Otto), una entidad separada de la creación que exigía obediencia y temor reverencial. Hoy esa brecha se ha cerrado: el Dios contemporáneo ya no habita en las alturas inaccesibles, sino en la profundidad del «Yo».

Los pasados 25, 26 y 27 de febrero las cátedras Jorge Manzano, S.J., e Ignacio Ellacuría, S.J. —ambas pertenecientes al Sistema Universitario Jesuita— unieron fuerzas para convocar al Seminario sobre Espiritualidades liberadoras. Un tema urgente en medio de un contexto socio–religioso cada vez más complejo.
