

Hace unos meses acompañé a mi mamá a que le hicieran una operación de cataratas. Mientras estaba en la sala de espera, en la pantalla comenzó la película Los tres huastecos. No sé si entra en la categoría de gusto culposo, pero he visto toda la filmografía de Pedro Infante y Los tres huastecos es una de mis favoritas.

Hoy abundan las opiniones sobre lo que sucede con las y los jóvenes. Se dice que no tienen reglas, que se la pasan en las redes, que su sentido de vida está en riesgo, que se viven solos y solas, etc.

«Dejar de mirar al cielo para mirar la vida que acontece frente a nosotros».



Al referirnos a la Contemplación para alcanzar amor, con la que Ignacio da cierre a

Partía yo de la cita de Gálatas 5 versículo 22 en la que san Pablo nos recuerda los frutos del Espíritu: «amor (ágape/charitas), alegría, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia». Ahora, siguiendo una reflexión de Karl Rahner —teólogo del Concilio Vaticano II—, añado que esto lo hemos de aplicar en dos sentidos.

«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».

Muchas veces vivimos corriendo, alcanzando o persiguiendo «algo»: buscamos crecer, superarnos, lograr éxitos, ganarnos «un lugar en el mundo», demostrar que podemos… Pero ¿para qué?