En los cuadernos de este trimestre abrimos una conversación que surge de la reflexión teológica de los pueblos de Abya Yala en diálogo con Jesucristo. Éstos recuperan la noción de cuerpo–tierra–territorio como espacio teológico donde la experiencia de Jesús acompaña y camina, y cuyo mensaje se actualiza en la vida y obra de estas comunidades.
En el primer cuaderno, la teóloga Yenny Delgado nos introduce a la idea de «corazonar» como una forma de desaprender la teología racional gestada en Europa, para poner en el centro los saberes negados: los que nacen del fuego, de la siembra y del canto que se eleva desde las comunidades originarias.
Desde territorio gunadule, Jocabed Reina Solano Miselis nos sitúa en el poder de los can-tos ancestrales como medio para recuperar y sostener la memoria de los pueblos, cuya repetición configura «una declaración de vida, de resistencia y de reexistencia».
Herbert Mauricio Álvarez López nos lleva al Popol Wuj, uno de los grandes aportes del pensamiento maya, que traza una ruta espiritual y comunitaria donde la vida es una red de relaciones que incluye lo humano, lo natural y lo divino. El autor delinea la comunalidad como un aporte ancestral que da fuerza al proyecto de sinodalidad de la Iglesia.
Por su parte, Sofía Chipana Quispe nos habla de la memoria sanadora, ésa que surge del poder que se teje desde la espiritualidad y hace posible la sanación del espíritu–alma, alterado o fragmentado en sus diversas dimensiones luego de la conquista, y que en el tiempo no lineal, del que hablan los pueblos, despierta la voluntad de sus corazones.
Finalmente, Claudio Arnaldo Ramírez revisa el debate entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas como antecedente del discurso jurídico–teológico de la conquista, donde el «yo» moderno se impuso sobre el «nosotros» de los pueblos originarios.
Con estas reflexiones queremos entretejer la experiencia de Cristo en la vivencia comunitaria y espiritual que anima las luchas, los sueños y la esperanza de los pueblos originarios de América Latina. Porque apostamos por una fe encarnada en la historia, que escucha, dialoga y camina junto a los pueblos; una fe que reconoce sus saberes, lenguajes y espiritualidades y que es fuente viva de revelación y encuentro con Dios.

«La común–unidad se hace desde la defensa de los valores de una vida en relación, no sólo social (de humanos), según la mirada occidental, sino desde la mirada comunal, de todos los seres: firmamento, agua, aire, bosque, animales, seres humanos, pueblos».
Herbert Mauricio Álvarez López





