León XIV, de outsider a constructor de unidad

La noche previa al inicio del cónclave para la elección del papa 267 de la Iglesia católica el canal de televisión italiano TV2000 (de la Conferencia Episcopal Italiana) enumeraba la lista de los «papabili» que estaban por ingresar en la Capilla Sixtina como cardenales y que, tras el proceso electivo, uno de ellos saldría como máximo pontífice. Los analistas los agruparon en tres bloques: los progresistas (que en principio darían continuidad al papado de Francisco), los conservadores (que podrían dar marcha atrás a algunas de sus reformas) y los outsiders, los cardenales «periféricos», «difíciles de leer» o cuyos discursos no advertían un acento definido. Quien lideraba este grupo era Robert Francis Prevost.

Prevost, elegido papa el 8 de mayo de 2025, efectivamente es un outsider en diferentes acepciones. Es un forastero porque nació —en 1955— y creció en Estados Unidos, pero su vocación lo llevó a misionar en el norte de Perú e incluso a tomar la nacionalidad peruana cuando fue nombrado obispo de la Diócesis de Chiclayo en 2013. En él se sintetiza en primer lugar esa compleja tensión entre el norte y el sur global: entre las capitales industrializadas y cosmopolitas de la potencia norteamericana, y las localidades periféricas y multiculturales de la región sudamericana.

También es un outsider porque no es un partisano afiliado o identificado a alguno de los grupos en disputa discursiva dentro de la misma Iglesia católica. Los propios analistas del episcopado italiano no lo ubicaron dentro de esa tensión apreciativa. La diversidad de su experiencia ministerial —desde la misión, la formación, el gobierno o la administración pastoral— en los más dispersos ámbitos del planeta le indicaron un estilo de observación y de trabajo. Más que sentar sus mensajes en las ideas, el obispo Prevost decía con recurrencia al pueblo creyente en Chiclayo: «No olvidemos las acciones de Jesús».

Y, finalmente, es un outsider en la acepción con la que entró al cónclave «un contendiente del que no se espera el triunfo». Y también en esto hay razón, aunque no política sino trascendental para el presente y el futuro de la Iglesia. Los cardenales no votaron por un tipo de perfil que «venciera» sobre otro perfil de matiz antagónico, sino que tendiera a la unidad, por eso voltearon a ver al cardenal agustino, un hombre que ha sido puente entre realidades geográficas e ideológicas, un religioso misionero con experiencia pastoral y curial en el delicado Dicasterio para los Obispos, un perfil que por todos los costados no simboliza «destino» sino «proceso», porque aún hace falta mucho por construir en la Iglesia. Fue el mismo san Agustín de Hipona quien declaró en su famoso sermón de la lucha entre el espíritu y la carne: «No quiero estar siempre venciendo, sino que quiero llegar alguna vez a la paz».

Y justo así, aquella tarde cálida y soleada de mayo, desde el balcón de San Pedro y ante el mundo, el papa Prevost, quien tomó el nombre de León XIV, compartió el núcleo de su sentimiento: «Sin miedo, unidos, tomados de la mano con Dios y entre nosotros sigamos adelante… Ayúdennos también ustedes, luego ayúdense unos a otros a construir puentes, con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser un solo pueblo siempre en paz».

El primer desafío: manifestar gestos de identidad

Para propios y extraños, la Iglesia católica fuera del cónclave se mantenía en tirantez tras el intenso y trepidante pontificado de Francisco; por ello, la expectación ante los gestos que asumiría Prevost en sus primeros pasos como sucesor de San Pedro fue casi angustiante, especialmente para la Curia Romana y el Vaticano.

Incluso antes de la elección los corrillos vaticanos se preguntaban si el flamante pontífice «metería el acelerador» a los cambios en el estilo de vida asumidos por Francisco —habitar en Santa Marta, compartir el comedor, celebrar misa parroquialmente, etcétera— o si volvería a tranquilizar a las estructuras vaticanas con un estilo «más dócil» a las dinámicas tradicionales.

Evidentemente, el primer gran gesto de León XIV fue aceptar la muceta para impartir la bendición desde el balcón papal (una indumentaria que Francisco rechazó), y eso aparentemente mandó una señal clara de mansedumbre a las «formas». Sin embargo, el papa norteamericano también manifestó desde un inicio alguna que otra «extravagancia» más típica de Bergoglio.

Dedicó, por ejemplo, un saludo en español a la pequeña diócesis de Chiclayo (Perú) donde fue obispo durante el Urbi et orbi; visitó sin anunciar y sin protocolo el santuario agustino de la Madre del Buen Consejo en Genazzano el fin de semana posterior a su nombramiento; retornó a la residencia y a las oficinas que había ocupado como cardenal prefecto para agradecer y despedirse de sus colaboradores, y no sólo recuperó las visitas a la residencia veraniega de Castel Gandolfo —que Francisco no utilizó— sino que transformó ese espacio en un centro de recurrencia e interés global, pues comenzó a dar declaraciones improvisadas y sencillas a los medios de comunicación apostados a las afueras del palacio —actos mediáticos que en México conocemos con «entrevistas banqueteras»— y además mantuvo e inauguró el proyecto del Borgo Laudato Si’, ideado por su predecesor, para recibir a todos quienes desearan formarse y promover la ecología integral y el cuidado de la Creación.

León, además, decidió residir y trabajar en el Palacio Apostólico, simplificar la agenda pontificia e involucrarse en gestiones dicasteriales, pues, de cierto modo, continuó gerenciando el Dicasterio de los Obispos durante seis meses mientras nombraba a su sucesor, Filippo Ianonne. Todo mientras acompañó el Año Jubilar, amplió y publicó bajo su nombre los avances de la exhortación apostólica Dilexi te iniciada por Francisco y sostuvo la agenda internacional que el pontificado anterior le heredó. Los analistas externos aseguraban que León XIV mostraría con más claridad su estilo y su proyecto al finalizar el jubileo, y en cierto modo así lo hizo con la convocatoria a los cardenales para asumir los consistorios extraordinarios como periódicos, y la construcción de su propia agenda internacional.

Sin embargo, León XIV sí inició su pontificado con gestos sobrios, discretos, pero sumamente simbólicos que claramente evidencian su personalidad —aunque incluso algunos de ellos se han ido suavizando progresivamente—. Al principio, por ejemplo, no consentía las selfies, y posteriormente cedió en casos especiales (sobre todo con los jóvenes); en las primeras semanas se optó por crear un ambiente solemne y de grave expectativa en los recintos donde habría de hacerse presente para una audiencia, pero después fue sutilmente relajándose para priorizar encuentros a pie de calle, ya fuera en la Plaza de San Pedro o en el acceso a Castel Gandolfo. Pero, sobre todo, el mayor gesto que León XIV ha mostrado a un mundo acelerado, intoxicado de inmediatez, fugacidad y brevedad ha sido una paciente serenidad y silenciosa prudencia. Ningún tema parece realmente acuciante con él, e invita constantemente a sus colaboradores y al mundo entero a ingresar en el proceso —en el encuentro, el diálogo y la sinodalidad— más que en reclamar los triunfos o los destinos idealizados. Y esto no es un asunto menor: el asumir el tiempo como compañero de tránsito y no como recurso conquistable o rentable es un potente signo de contradicción ante una sociedad en permanente aceleración, una cultura hipertecnificada en la que la «economía de la atención» captura, comercializa y monetiza precisamente cada segundo de la vida humana, y un mundo «frenéticamente paralizado» porque las turbulencias políticas se alimentan no sólo desde certezas radicales y aparentemente incontrovertibles, sino eficientistas, inmediatas y definitivas. Frente a todo ello el papa ha insistido en la riqueza de la espera en el camino hacia la unidad.

De hecho, durante el Adviento el papa dedicó a la «espera» su ciclo de catequesis y dijo que esperar es conectar, es elegir, es no saber, es tomar partido y es participar: «Hay que esperar en la vida para generar vida» (26 de noviembre), porque «esperar es ver que este mundo se convierta en el mundo de Dios» (20 de diciembre), pues «algún día seremos todos uno unum: una sola cosa en el único Salvador, abrazados por el amor eterno de Dios». En este sentido, la «espera» cumple un papel central en la construcción de unidad que anhela y en la que coopera la Iglesia.

En una de estas catequesis, por ejemplo, León destacó la figura del cardenal Nicolás de Cusa del siglo XV:

Él no veía la unidad de la Iglesia, sacudida por corrientes opuestas […] No podía ver la paz en el mundo ni entre las religiones […] Y, sin embargo, mientras muchos de sus contemporáneos vivían con miedo y otros se armaban preparando nuevas cruzadas, Nicolás eligió asociarse con quienes tenían esperanza. Él creía en la humanidad y comprendió que los opuestos deben mantenerse unidos, que Dios es un Misterio en el que lo que está en tensión encuentra unidad. Él sabía que “no sabía” y por eso comprendió mejor la realidad. ¡Qué gran don para la Iglesia [el poder] crear espacios, mantener unidos los opuestos, esperar en lo que aún no se ve…!

En la esperanza de caminar hacia la unidad tanto en la Iglesia como en el mundo, León XIV parece actualizar el sermón de san Agustín en el que acusó los sentimientos de la «esperanza perversa» o de la «desesperación infiel» y los invitó a enmendarse a través de cierta «espera participante»: «Dios no ha abandonado a ninguno de los dos, ni a quienes esperan malamente ni a quienes desesperan mal. Para quienes desesperan mal, ha dado un puerto de indulgencia; para quienes esperan malamente, ha hecho indeterminado el día de la muerte. No hay nada que decir, sino algo que hacer». Es decir, el principal gesto hacia la unidad en León XIV ha sido habitar cada momento precisamente con esa convicción.

Foto: © m.iacobucci.tiscali.it, Depositphotos

El segundo desafío: para alcanzar la unidad, definir la paz

Como obispo, cardenal y pontífice, Robert Prevost mantuvo en su lema episcopal la frase de san Agustín «in Illo unum uno» —«En aquél que es uno, somos uno»— y ha manifestado que uno de sus primordiales servicios a la Iglesia universal es «caminar hacia la unidad». En el inicio de su ministerio petrino dijo:

Vengo a ustedes como un hermano que quiere hacerse siervo de su fe y de su alegría, caminando con ustedes por el camino del amor de Dios, que nos quiere a todos unidos en una única familia. Amor y unidad: éstas son las dos dimensiones de la misión que Jesús confió a Pedro […] Quisiera que éste fuera nuestro primer gran deseo: una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado.

Prevost asumió el solio pontificio ante una Iglesia católica sensiblemente distinta a la que recibió Jorge Bergoglio: el gobierno de la Curia Romana tiene una constitución reformada; el colegio de cardenales es mucho más plural y diverso; las responsabilidades de las conferencias episcopales y de las diócesis son mayores y más autónomas en algunos temas delicados; la participación de las mujeres y los laicos en responsabilidades de gestión eclesiástica es una constante global, y también ha crecido una voz responsablemente crítica dentro de la misma Iglesia ante malas prácticas, decisiones o ejemplos provenientes de sus liderazgos religiosos o sus estructuras operativas. Es decir, hay una renovada confianza en la diversidad y una riqueza en la participación plural que, sin embargo, precisa una recuperación del sentido de unidad, porque los desafíos para la Iglesia siguen siendo los mismos: la transmisión de la fe, la participación social de la fe en el espacio público, la defensa de los débiles y necesitados, o el recambio generacional de clérigos y ministros.

El anhelo del pontífice por cooperar a favor de esa unidad trascendente, sin embargo, contrasta con los momentos de tensión, división y conflicto multifactoriales que le exigen definir una de las identidades esenciales de la unidad: la paz. Quizá por ello «paz» ha sido el término más usado por el papa en estos meses. De hecho, las primeras palabras emitidas de su primer saludo Urbi et orbi fueron «¡La paz esté con todos ustedes!», y de inmediato comenzó a bosquejar los marcos de este concepto que ha sido un eje paradigmático de su ministerio petrino.

Definir qué es la paz para los cristianos y en especial para las instituciones de la Iglesia católica —desde los representantes diplomáticos del Vaticano hasta los obispos diocesanos— para trabajar a favor de ella, no es una ociosidad; de hecho, en una época en la que los conceptos están tan a merced de las estrategias propagandísticas, la propuesta de que la Iglesia católica asuma una claridad referencial sobre los grandes conceptos civilizatorios ha sido el primer paso de León XIV desde el minuto cero. Más allá de los usos discursivos ideológicos o de las manipulaciones del poder respecto a la idea de «paz» —la «paz armada», la «pacificación desde la fuerza» o la «tregua de la paz»—, el papa Prevost comenzó proponiendo una mirada al respecto: «Ésta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente».

Y si en algo se ha empeñado el papa León XIV en sus discursos ha sido en clarificar este concepto y, al hacerlo, define no sólo su actitud, sino que orienta la responsabilidad de las instituciones eclesiásticas en todo el mundo. En la catequesis del primero de octubre de 2025, por ejemplo, el pontífice explicó la relación indisoluble entre anunciar la paz y reconocer las heridas y debilidades que acumula el mundo. Su alocución recoge del relato evangélico el momento después de la Resurrección, cuando Jesús se encuentra con sus discípulos y les da un saludo de paz mientras «reconciliado» y «sin rencor» les muestra sus heridas en las manos y el costado, signos de la Pasión:

El Señor se muestra nudo y desarmado. No exige, no chantajea. Su amor no humilla; es la paz de quien ha sufrido por amor y ahora finalmente puede afirmar que ha valido la pena… Nosotros, en cambio, a menudo ocultamos nuestras heridas por orgullo o por el temor de parecer débiles. Decimos «no importa», «ya ha pasado todo», pero no estamos realmente en paz con las traiciones que nos han herido.

Este perfil sobre la paz les habla directamente a las instituciones y liderazgos católicos que, en medio de un mundo descristianizado, caen en desesperación y pretenden recuperar posiciones de poder y privilegio a través, por ejemplo, de la restauración de símbolos preconciliares, de estilos discursivos condenatorios y flamígeros, o peor, mediante alianzas ignominiosas con opulentos potentados o políticos mesiánicos milenaristas dedicados a falsificar la promesa del Reino bajo sus personales criterios.

Nuevamente, ante la angustia de muchas instancias religiosas por la gradual secularización cultural, por la crisis antropológica, por la falta de vocaciones, por la guerra y la violencia, y por la dilución de aquella idealizada fortaleza devocional e identitaria del «catolicismo del pasado», el papa León XIV pide serenidad y paciencia, pide no ceder a la desesperanza ni al clima apocalíptico. Parece decirle a la humanidad que habitamos apenas un fragmento del proceso hacia la unidad y que la paz «ya está entre nosotros», pero que necesitamos descubrirla precisamente aquí «entre nosotros», en la persona de Cristo Resucitado; en diálogo permanente (en espíritu de asamblea); caminando juntos (en sinodalidad) y mediante una actitud que «supere las inevitables incomprensiones con paciencia, con humildad, poniéndose en el lugar del otro, evitando los prejuicios y también con una buena dosis de humorismo», como dijo al personal del Vaticano en su primera reunión oficial.

En medio de esta «tercera guerra mundial a pedazos», alimentada básicamente por el orgullo de los liderazgos políticos y el temor de parecer débiles ante la historia, León XIV recuerda a las instancias eclesiásticas que resguardar el significado de la paz implica la autoconciencia de la fragilidad, no del poder. Y su llamado se torna urgente especialmente para las iglesias o las congregaciones que enarbolan su dignidad desde su masividad, su influencia social o por los recursos que proporcionan. Ante los conflictos enquistados en varias regiones del planeta, y ante las actividades bélicas desatadas por intereses hegemónicos o de dominio, el papa instruye a la comunidad católica a no alinearse a propagandas de fuerza, dominio o superioridad, sino a la actitud «desarmada» y «desarmante». En particular, llama a desarmar las palabras porque «nunca son sólo palabras: son hechos que construyen los ambientes humanos. Pueden conectar o dividir, servir a la verdad o servirse de ella. Debemos desarmar las palabras, para desarmar las mentes y desarmar la Tierra», dijo citando las palabras del papa Francisco.

También, de forma profética en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2026, León XIV ha criticado la idealización de la paz como un «fin» al que es posible llegar mediante la fuerza, el armamentismo o la dominación. En efecto, esta convicción tan acendrada en las potencias bélicas o económicas internacionales sólo abre la posibilidad de que los «medios» para la pacificación sean literalmente inhumanos: «Cuando tratamos la paz como un ideal lejano, terminamos por no considerar escandaloso que se le niegue, e incluso que se haga la guerra para alcanzarla», apuntó. Lo mismo vale para los movimientos religiosos que se montan sobre los misiles y las bombas de las maquinarias del poder, creyendo que así avanzarán en la «conquista espiritual» o hacia el triunfo de la llamada «guerra cultural».

Ante esta paradoja, León XIV ha reiterado y renovado la exhortación de su predecesor para que, en contra de la intuición de los poderosos, el primer paso para construir la paz sea «ponerse del lado de las víctimas, compartiendo su punto de vista». En su discurso a los movimientos populares del 30 de mayo el papa Prevost compartió su convicción de que el camino hacia la paz «requiere corazones y mentes entrenados y formados en la atención al otro y capaces de reconocer el bien común en el contexto actual». El camino hacia la paz, para el pontífice, «pasa por el cuidado de las relaciones de justicia entre todos los seres vivos» y es imposible fuera de la comunidad.

Esta perspectiva asumida por el papa por supuesto es esencial para desarmar los corazones, las miradas, las mentes y denunciar las injusticias de un sistema que mata y se basa en la cultura del descarte, pero sus implicaciones con las instituciones religiosas católicas son también evidentes.

«El anhelo del pontífice por cooperar a favor de esa unidad trascendente, sin embargo, contrasta con los momentos de tensión, división y conflicto multifactoriales».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Síguenos en nuestras redes sociales
Suscríbete al boletín semanal