El gran olvido
En teología pueden reconocerse tres grandes dimensiones: la divina, la humana y la cósmica. Hemos abordado las dos primeras. Adolphe Gesché denuncia en el volumen sobre el Cosmos de su obra, Dios para pensar el gran olvido en el que la tradición cristiana ha hundido a la tercera: «Hay ocultamiento del cosmos en su magnitud propia. Ocultamiento, olvido metafísico, expulsión del orden del ser».
Este olvido tiene repercusiones más concretas y relevantes que una mera ausencia en los libros de teología. Detrás de la crisis ambiental contemporánea se encuentran siglos de nociones religiosas que olvidan el cosmos o lo condenan. La herencia gnóstica y maniquea que contaminó al cristianismo forma parte de un milenario olvido que desarraiga al ser humano de su condición cósmica y evolucionó en la modernidad hasta la reducción del mundo a mero recurso controlable y explotable. El desarraigo que vive el moderno respecto al cosmos viene sí de la ciencia extractivista, pero también de una teología incapaz de encaminarnos a una vivencia de la plenitud de Dios en toda la creación.
No es esta, sin embargo, la experiencia más radical de la fe cristiana respecto al cosmos. Es verdad que el cristianismo separa las tres dimensiones (la divina, la humana y la cósmica). Pero esta separación no ha de entenderse, como se verá en este artículo, como una desconexión, sino como una comprensión de la dignidad propia de cada una de las esferas de la realidad. Así como el otro en su alteridad resiste a mis poderes de dominio y control, así también es necesario redescubrir la alteridad del mundo: «Es preciso salir y partir al redescubrimiento de la exterioridad, la del otro (y quizás del Otro), pero también la del cosmos».
Creación
El mundo es creado. La noción religiosa de creación instituye una distancia entre Dios y el cosmos. Más no se trata de una distancia enajenadora. «La idea de creación implica que Dios quiere algo nuevo y diferente. Que tiene consistencia propia y ha sido querido como tal y por esto mismo, en su diferencia, por el acto divino que lo ha presidido». La palabra hebrea bara´, con la que se designa el acto creador en la Escritura, refiere a un crear separando, crear de lo separado, crear diferenciando. Crear significa dar vida a una realidad que se separa del creador, como bien lo sabe la madre o el artista.
La concepción del mundo como creado por Dios tiene repercusiones muy importantes. Un mundo que fuese causa de sí mismo -un mundo sin Dios- sería pura tautología. Estaría, dice Gesché, a merced del ser humano, disponible para ser tomado, como de hecho sucede en la actualidad. La secularización moderna incluye la desacralización de la vida. Pero el cristianismo tampoco apela al polo opuesto, a saber, un mundo absorbido en Dios, confundible con él, un mundo totalmente sacralizado. En este polo el mundo es opacado por la divinidad, ya que no tiene valor por sí mismo, y tampoco puede ser casa del ser humano porque en un mundo así no cabe la libertad. El mundo pierde su dignidad al únicamente adjudicársela a ser manifestación de una divinidad.
La experiencia bíblica ofrece una tercera vía: la inter-in-dependencia (diría Raimon Panikkar) entre lo divino, lo cósmico y lo humano. La distancia entre las tres esferas no implica desconexión, sino particularidad, alteridad. En ese sentido, la creación nos habla de un mundo que ciertamente proviene del deseo divino, pero que cuenta con su propio campo de realidad, su dignidad intrínseca desde sí mismo, y que nos llama a entrar en comunión con él. Escuchar al cosmos por sí mismo y desde su propio lado, esa es la invitación de la teología de Gesché.
La dignidad del cosmos
El mundo nos precede. Estuvo aquí antes de la existencia del ser humano y muy probablemente seguirá estando después de que nuestra especie perezca. El mundo no es pues únicamente el lugar donde habitamos, sino que también es donde habita Dios. No se trata de sacralizarlo, sino de defender, dice Gesche, la racionalidad e inteligibilidad del mundo. A saber, que el cosmos en sí mismo, en su autonomía, tiene también vida divina, vida del Logos: «la naturaleza está dotada en gran medida de una ´capacidad de invención´, en la que una forma de creatividad guía lo que se denominan sus ´decisiones?».
Durante mucho tiempo hemos estado atrapados en teologías demasiado antropocentristas. Incluso las teologías teocéntricas contra las cuales se reveló el humanismo moderno terminan siendo ellas mismas demasiado antropológicas. Esto porque de hecho siguen olvidándose del cosmos. No son capaces de dejarse sorprender por lo que el cosmos revela. Esta es la gran tesis del libro de Gesché: la gracia presupone la naturaleza, y por eso mismo «intentaremos aquí toda una renovación de este tema, afirmando la dignidad del cosmos que no pertenece únicamente al orden de la creación, sino también al de la salvación».

La teología ciertamente ha de desacralizar el mundo, es decir, no confundirlo con Dios, para entonces reconocer a cada esfera de la realidad su dimensión propia. Por eso cayó en un error al desacralizar al cosmos pero sacralizar al ser humano, puesto que este suplanta el lugar de Dios y rebaja al mundo a condición de recurso explotable, dejándolo de ver como lugar de salvación.
Buena parte del pensamiento contemporáneo quiere revindicar a la naturaleza. La filosofía animalista, el ecologismo, el ecofeminismo y otras tantas corrientes han avanzado mucho en su esfuerzo por pensar más allá de la neblina antropocéntrica moderna, neblina en la que ha estado también encerrada durante mucho tiempo la teología y de la cual es también cómplice. Sin embargo, en la misma teología cristiana se encuentra una sabiduría sobre el cosmos inexistente en los planteamientos seculares actuales, y en ese sentido es muy importante comprender bien al cosmos desde la luz de la experiencia cristiana para que esta perspectiva no se pierda.
Dios es Dios y sus creaturas
El subtítulo de este apartado refiere a unas palabras de Juan de la Cruz. Están lejos del panteísmo al que primeramente podrían parecer referirse. Dios no hace nunca nada por necesidad u obligación. Su dinamismo es el del don y la gratuidad. En Dios no hay necesidad, sino sobreabundancia. En su amor kenótico de entrega, «Dios acepta ser concernido por lo que crea». Dios establece al mundo no como un momento de sí mismo, sino como una realidad en sí misma, como otro, como una alteridad. Y en esto radica el secreto último de la donación y su más grande bondad: en hacer al otro, al receptor del don, capaz de ser a su vez sujeto de donación. En otras palabras, solo quien recibe el don es capaz a su vez de convertirse en donador. En ese sentido, el cosmos, en tanto receptor de la donación de Dios, es también una dynamis de amor, de entrega, como fácilmente podemos percibirlo contemplando a la naturaleza.
El mundo no es, por tanto, un accidente o una caída. No únicamente es parte del sueño divino, sino que para el ser humano es la condición de posibilidad de su salvación. Es en el mundo donde nos encontramos con los demás, es en el mundo donde vivimos el drama de nuestra existencia y la búsqueda misma del Creador. Nos hemos lamentado mucho de un mundo sin Dios, un mundo que parece dominado por el azar o por la ley del más fuerte. Ante esto Gesché se pregunta: «¿No será porque hemos pensado demasiado a Dios sin el mundo?».
El espiritualismo tiene demasiada prisa por liberarse de este mundo. Olvida que Dios no crea para ser reconocido. En ese sentido el valor del mundo es más profundo que fungir de mera noticia del Creador, una noticia que ha de ser prontamente abandonada para ir directamente con Él. Dios crea para que sus creaturas gocen del don que son ellas mismas y del don del resto de la creación: «Un don no se hace en primer lugar para alabanza del que lo da, sino para disfrute de quien lo recibe». El acto creador no ha de entenderse como Dios buscándose a sí mismo, sino como Dios buscando a su creatura. ¿Y cuál es la primera manifestación de este deseo divino? No es el ser humano, sino el mundo. El mundo es la kénosis primera -por lo menos en tanto dinámica creadora- del Dios que es amor. Por ello es urgente para el cristianismo trascender el desprecio al mundo, al cuerpo y a la materia. No será sino entonces, cuando lo haya logrado, que descubrirá la hondura del don recibido y el destino al cuál está llamado: «vi un cielo nuevo y una tierra nueva» (Apocalipsis 21, 1).






