«No te olvides de los pobres».
FEBRERO
- Is 58, 7–10
- Sal 112 (111), 4-5. 6–7. 8a y 9
- 1Cor 2, 1–5
- Mt 5, 13–16
§ Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre la realidad de la luz, ésa que Jesús nos recuerda con sus palabras: «Ustedes son la luz del mundo». Pero, ¿qué significa esto realmente? Jesús no habla aquí de una luz propia, fruto de la inteligencia, de la cultura, de la riqueza, de la popularidad o de las ideas humanas. La luz a la que se refiere es la que nace de las acciones concretas, de una vida que comunica el Evangelio con obras visibles. Por eso dice: «Que brille su luz», es decir, que se vean las buenas obras.
§ ¿Cuándo brillan esas obras? La primera lectura nos ofrece la respuesta, mostrando el cuándo y el cómo: «Comparte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo y no te cierres a tu propia carne. Entonces tu luz despuntará como la aurora y tu herida se curará rápidamente». Todas las acciones buenas son luz, pero de manera especial lo son aquéllas que buscan socorrer al prójimo más necesitado.
§ Por eso, después de escuchar estas lecturas, el compromiso que nos queda es doble: primero, recordar siempre a los pobres, rompiendo con la indiferencia que nos hace pensar «yo estoy bien, que los demás se las arreglen como puedan», y segundo, actuar con gestos concretos de caridad y servicio, para que quienes sufren puedan descubrir a Cristo a través de nuestro amor. Así ellos también se sentirán amados, valorados y rescatados del círculo destructivo de la indiferencia.
Ser luz significa iluminar la vida del otro con la claridad de nuestras obras buenas. Sólo así el Evangelio se vuelve creíble y transforma el mundo.







