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Evangelio del domingo 29 de enero

«Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos»

ENERO

Domingo 29

IV del Tiempo Ordinario

  • Sof 2, 3; 3, 12-13
  • Sal 145
  • 1 Cor 1, 26-31
  • Mt 5, 1-12

§ Sofonías nos plantea una imagen de Dios que es maravillosa. Por una parte, es un Dios de misericordia, pues deja esperanza en medio de un pueblo que ha torcido su rumbo de fidelidad; por otra, es un Dios de los pequeños, de los pobres, de los que no cuentan en los parámetros convencionales de la ganancia social. En ellos habita la esperanza. Valdría la pena preguntarnos a quiénes realmente excluimos de lo que concebimos como una «buena» sociedad; quizá sean estas personas las nuevas portadoras de la esperanza de Dios para con su pueblo hoy.

§ Pablo nos recuerda, en su carta a la comunidad de Corinto, que los valores de Dios no son los valores del mundo, especialmente los del desarrollo y el progreso. Se trata de un Dios cuyas matemáticas resultan alteradas porque aquellos que para la sociedad son menos, para Él son más. Es precisamente por esta lógica fundamental que la realidad de Dios no está constituida por los más fuertes, sino por aquellos que se han dejado amar por Él.

§ El discurso de Jesús en Mateo es magistral. Se trata de la explicitación de sus opciones y de su propia vida; es decir, nos está dando un programa de cómo hay que vivir. Este programa lleva delante el riesgo infinito de perder (prestigio, tiempo, dinero), lo cual nos parece escandaloso e insensato; pero asume de manera radical la opción de un Dios que asume y abraza la realidad, toda ella, poniendo siempre en el centro a quienes se les margina (por su condición socioeconómica, su lengua, su color de piel, su familia, su historia, su orientación sexual, sus estudios o no-estudios, etc.).

En estas tres lecturas entendemos que lo que Dios quiere no se trata de un programa de inclusión, sino de un giro completo. No somos nosotros, los cómodos y seguros, quienes incluimos a los pobres y marginados. Se trata, más bien, de una sociedad que no necesite incluir a nadie porque nadie queda por fuera. Pero ante nuestra tendencia egoísta, precisamente son las víctimas de nuestra codicia quienes deben tomar el protagonismo y ubicarse en el centro de nuestra fe.

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