Evangelio del domingo 18 de enero


«Quien no sabe ser oveja no puede ser pastor».

ENERO

  • Is 49, 3.5–6
  • Sal 40 (39), 2 y 4ab.7.8–9.10
  • 1Cor 1, 1–3
  • Jn 1, 29–34

§ Una vez más, la Palabra nos sorprende con la confesión que hace Juan el Bautista sobre Jesús. Lo contempla con ojos de profeta, es decir, reconoce en Él a Dios que se acerca al mundo, y proclama: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

§ La imagen del cordero no era desconocida para el pueblo de Israel: cada año, en la celebración de la Pascua, recordaban cómo habían comido un cordero como memorial del paso de Dios y de la liberación de la esclavitud de Egipto. Lo verdaderamente excepcional ahora es que ya no es el hombre quien ofrece sacrificios a Dios, sino que es Jesús mismo quien se entrega en sacrificio para dar al mundo un nuevo orden, el del amor: «Nadie tiene amor más grande que aquél que da la vida por sus amigos».

§ Jesús se manifiesta primero como el Cordero obediente del Padre y después como el Buen Pastor. Pues sólo quien sabe ser oveja puede llegar a ser un verdadero pastor.

Hoy, cada vez que repetimos esas mismas palabras en la liturgia —«Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo»— confesamos con fe que sólo Cristo puede liberarnos de nuestras esclavitudes; solo Él puede quitar las injusticias que afligen a nuestros pueblos; sólo Él puede arrancar de nuestro corazón la soberbia, el egoísmo y la autosuficiencia. Cristo, el Hijo de Dios, es el cumplimiento de la promesa: Él es la luz de las naciones que viene a darnos la verdadera libertad y a ofrecer la salvación a todos, hombres y mujeres de toda nación.

Ilustración: ©Tzitzi Santillán

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