Conviene, antes de presentar un enfoque más vivo y animador, aclarar modos de entender la Cuaresma más o menos difundidos, pero que no ayudan. En efecto, antes del Concilio Vaticano II predominaba una enseñanza que insistía en las obligaciones que tenemos que cumplir para no cometer pecado. Según eso, Dios había impuesto una serie de mandatos, sobre todo en el ámbito de la expresión religiosa. Los fundamentales eran los sacramentos con la misa en el centro. Y entonces la Cuaresma significaba cumplir con ayunos y abstinencias, y hacer otras penitencias y controlar las alegrías, sobre todo en semana santa. Todo ello simplemente porque así estaba mandado o acostumbrado, y Dios quiere que obedezcamos.
Y la palabra penitencia nos sirve de gozne entre los dos enfoques. Suele ser entendida entre castigo —de ahí las penitenciarías o cárceles— y acciones costosas; pero su significado más profundo es conversión, transformación de nuestro modo de vivir. Y aquí de nuevo es menester entenderlo mejor, para ello nos ayuda la comparación a la vez sencilla y profunda del trigo y de la cizaña. Con ella Jesús nos advierte que en los distintos niveles de nuestra vida —personal, familiar, comunitaria y social— siempre están presentes realidades de vida y otras mortíferas. Y así la conversión tiene dos vertientes, por un lado corregir todo lo que destruye la vida y el amor —y ese es el que ordinariamente se recomienda—, pero también está el de aumentar el trigo, procurar que el bien que ya estamos realizando sea más abundante y llegue a más personas y rincones.
Oración, ayuno y buenas obras
Para ayudar a esa conversión es muy importante dedicarle más tiempo a la oración. Y, de nuevo, otra aclaración: la oración no es el tiempo que le dedicamos a Dios. No es que Dios necesite que nos acordemos de él, que lo alabemos y hagamos súplicas («vamos niño al sagrario que Jesús llorando está»). Somos nosotros los que necesitamos los diversos estilos de oración: para alimentar y fortalecer nuestro corazón, para sanar nuestras heridas, para percibir mejor las luces del Espíritu Santo y con ella revisar y reorientar nuestra vida, etcétera.
La oración es necesaria a lo largo de todo el año, aunque el calendario litúrgico nos recomienda ampliarla en dos periodos del año: éste de la Cuaresma y también en el Adviento.
La Cuaresma para celebrar mejor el triduo pascual de la muerte y la resurrección de Jesús y el Adviento para vivir más plenamente la fiesta del nacimiento de nuestro Salvador. Dentro de las modalidades de la oración, el revisar a la luz del amor de Dios y la luz de su Espíritu como vamos viviendo es muy importante para no perder el rumbo —a veces se le llama examen de conciencia—. Lo podemos hacer a diario o con otra frecuencia. En Cuaresma conviene tener una mirada de conjunto del último semestre o del último año —como el balance anual que hacen las empresas y negocios o la evaluación semestral de las escuelas—; esto para orientar y motivar los dos aspectos de la conversión que mencionábamos arriba. Así, no sólo ver nuestra cizaña —enumerar las fallas y los pecados en vistas a la confesión—, sino también tomar mejor conciencia del trigo tanto del que hemos producido como del que recibimos, para agradecerlo de corazón a Dios y a las personas, y procurar aumentarlo.
Amor y servicio
Otro modo muy importante de la oración es recurrir a la palabra de Dios en la Biblia, y muy en especial a la de Jesús mismo en los evangelios, y en esa palabra descubrir la verdad y con ella librarnos de la ignorancia, los errores y los engaños. En un primer paso conocemos la enseñanza de Jesús y luego pedimos entenderla bien y, sobre todo, saborearla con el corazón para creerla de veras y se convierta para nosotros en orientación en nuestro modo de vivir y fuerza para irlo realizando día con día.

Y en esa línea es muy importante tener en cuenta que lo fundamental que Jesús nos enseña, tanto como sus palabras como con su vida misma, es que Dios nuestro Padre es Amor, que por su amor nos ha dado la vida y que lo que más le interesa es que se lo devolvamos a través de todas y todos sus hijos, tratándolos verdaderamente como hermanos. Por eso nos invita a invocarlo como Padre Nuestro. Y en el pasaje clave que solemos llamar del juicio final, Jesús nos revela que quienes estarán con Él toda la eternidad son quienes le dieron amor cotidiano por medio del servicio a sus hermanos, en especial los más necesitados: «Tuve hambre y me dieron de comer… era yo migrante y me recibieron… estaba enfermo o en la cárcel y me visitaron». Revelándonos que Él mismo se identifica con todas y todos esos hermanos suyos. Y que eso es así aun cuando nosotros muchas veces no caigamos conscientemente en la cuenta de esa presencia divina. Aunque, claro, es probable que haciéndolo consciente nuestro servicio puede ser mejor, con mayor generosidad y alegría.
Y pienso que éste ha de ser el criterio fundamental en toda esa revisión de vida a la que somos invitados a hacer en oración en especial en este tiempo de Cuaresma. Examinar cómo hemos vivido el amor en todos los ámbitos de nuestra vida: familiar, escolar, laboral, eclesial, social, cultural, deportivo, artístico, etc. Decisiones —más que «pensamientos», porque los meros pensamientos, imaginaciones, ocurrencias…— no tienen calidad moral mientras no hayan llegado a ser decisiones tomadas, palabras, obras y omisiones. En un examen sereno y sincero, sin caer en estilo meticuloso o de escrúpulo obsesivo. Y entonces ver qué hay que agradecer e incrementar, qué corregir, modificar o reparar; y luego acudir a la petición para que el Espíritu nos ayude en todo ello.
No matar, sino entregar la propia vida y resucitar
Jesús vivió múltiples expresiones del amor y el servicio a lo largo de toda su vida desde su nacimiento. Los evangelios nos presentan una amplia gama de ello, a esa luz hemos de leer todos los pasajes. Y también podemos imaginar muchas otras de su vida oculta junto a sus papás María y José y en medio de su pueblo, sabiendo que en todo se hizo semejante a nosotros. Y todas ellas tienen su mensaje, pero, «habiéndonos amado en toda su vida nos amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Por eso los últimos días de su vida tienen un significado especial. Lo que solemos llamar y celebrar el triduo pascual: «su última cena, pasión, muerte y resurrección». Así observamos que esa palabra «extremo (telos)», siguiendo el estilo del evangelista Juan, tiene un doble significado. Por una parte: hasta sus últimos días, pero de un modo más profundo: llevando su amor hasta el culmen, al grado supremo, la entrega total de su vida. «Nadie tiene más amor que quien entrega su vida por los que ama» (Jn 15, 13).
Aquí hemos de tener dos cuidados. Por un lado, no separar este momento supremo del amor de Jesús por nosotros del conjunto de toda su vida, y por otro, comprender el modo como Jesús vence a sus enemigos y así nos salva y libera. Un modo de entender al mesías/salvador entre los judíos era pensar que derrotaría a sus enemigos matándolos, pero eso tan sólo prolonga la cadena de violencia y muerte; en cambio, al entregar su vida, Jesús muestra que el amor es más poderoso que la injusticia y la violencia, y al resucitar muestra que no es un amor generoso, pero derrotado sino triunfador. Aunque su triunfo verdadero es de otro estilo. Y lo comprobamos al experimentar que ese camino de Jesús nos ha permitido vivir, en medio de todas las dificultades, del modo amoroso que él nos enseñó con su vida toda. Así lo vivieron los apóstoles y la Iglesia primitiva después de la resurrección del Maestro y la abundante efusión de su Espíritu en el primer pentecostés, y luego a lo largo de la historia las iglesias —no sólo la católica— en múltiples pentecosteses a lo largo de la historia.
Celebración y vida
Una palabra final. La cuaresma nos invita a prepararnos para una celebración viva del triduo pascual; pero a su vez esta celebración ha de tener un influjo vivificante en todos los ámbitos en que nos movemos. Así nos lo recuerda el Concilio Vaticano II: la liturgia —en sus variadas celebraciones, en particular la Eucaristía— tiene un doble carácter de culmen y fuente: en todas nuestras actividades procuramos realizar la enseñanza de Jesús de amor y servicio y luego las recolectamos y las llevamos a la liturgia para celebrarlas, y ahí volvemos a la vida para realizar más plenamente en ella la paulatina corrección de cizaña y el incremento del trigo.






