Corazonando a Dios desde Abya Yala

Corazonar la teología desde Abya Yala es sentipensar a Dios; es hacer una teología desde nuestra Madre Tierra, viviéndola a corazón abierto, sintiéndola y pensándola con las manos que la labran, la siembran y la cosechan. Es un compromiso profundo que escucha la voz de los tonos ancestrales, no desde posiciones de supremacía y de conocimientos absolutos, sino desde la sabiduría vivida de los pueblos originarios y de los saberes que florecen de quienes siembran, paren, amamantan, sanan y sueñan.

Si nosotras la nombramos, la hacemos nuestra, por eso llamarla «Abya Yala» tiene mucho corazón de ser. Desde la voz guna, Abya Yala es tierra ancestral, el lugar donde estamos unidos entre los pueblos que tienen historia: «tierra en plena madurez, tierra de sangre vital». Desde este reconocimiento sabemos que es digna de tener nombre propio. Por eso, corazonar una teología propia es posible: afirma nuestra existencia y nuestra fe, nacidas de esta ancestralidad.

Como hija de los Andes de Abya Yala, llevo en mi pecho las memorias vivas de mis abuelas y abuelos, quienes, con manos agrietadas por amasar la tierra, resistieron las inclemencias de la colonización, sobrevivieron duras situaciones de injusticia y siguieron adelante sabiendo que lo sembrado no sólo fue consumido, sino que germinó para seguir floreciendo y alimentando a las siguientes generaciones con corazón fuerte, esperanza y dignidad. Gracias a ellas, nuestras abuelitas, que corazo-naron nuevos amaneceres con el Creador, podemos hoy corazonar la teología desde Abya Yala. Una teología que germina desde el corazón de nuestra Madre Tierra, desde esta fe que nos interroga, nos abraza, que nos empuja a mirar a Dios con ojos de montaña y corazón de agua que irriga y hace germinar esas semillas de fe.

Ofrezco esta reflexión a mis ancestras, que desde los inicios de los tiempos corazonaron a Dios y fueron capaces de resistir la opresión colonial que trajo un mensaje reducido a la sola crucifixión, para alcanzar la resurrección plena con nosotras. Reconocemos que en Abya Yala hacer teología decolonial es sanador porque es cristiana, porque está viva; una teología que no se piensa sola: se vive, se canta, se llora, se baila, se hila, se teje, se amasa, se siembra.

«Por años despreció nuestras espiritualidades tejidas en comunión con el cosmos. Negó que la tierra respiraba, que el agua tenía memoria, que el fuego hablaba y el viento respondía».

Corazonar desde nuestras ancestras

Corazonar es un acto de memoria y rebeldía. La cristiandad llegó a Abya Yala en 1492 reducida y controlada; trajo consigo una cruz que dolía y un libro que no escuchaba. Durante más de 500 años esa herencia colonial sembró en nuestras tierras prácticas espirituales forzadas, sin sentimiento a nuestras propias tradiciones, ajenas de nuestras memorias ancestrales y prácticas espirituales. Nos impuso una fe limitada y unas prácticas culturales desconocidas. Por años despreció nuestras espiritualidades tejidas en comunión con el cosmos. Negó que la tierra respiraba, que el agua tenía memoria, que el fuego hablaba y el viento respondía. Nos arrancó la posibilidad de corazonar y nos ofreció dicotomías: esclavo o amo, indígena o cristiano, cuerpo o alma, razón o espíritu, cielo y/o tierra.

Corazonar es desaprender la teología racional y letrada que se gestó en las mentes de la Europa colonial, para volver a aprender en la escuela del fogón, del círculo, de la siembra y del canto que las comunidades originarias siguen practicando. Es un tránsito sagrado hacia otras formas de acercarnos a Dios que no apresuran ni obligan: acompañan. El antropólogo ecuatoriano Patricio Guerrero nos recuerda en su libro La Chakana del corazonar que éste es también es un acto político e insurgente: «Corazonar es una respuesta frente a la colonialidad del saber, del poder, y del ser… Es descentrar la hegemonía de la razón y permitir que el corazón también piense, que la memoria también enseñe, que el dolor también hable».

La colonización no fue, como se repite en los libros de historia, un «encuentro de mundos», sino una imposición de uno sobre el otro. Uno, el europeo que buscó dominar, separar lo sagrado del cosmos, la razón del corazón, a Dios de la tierra; y otro, el nuestro, donde la vida se entendía y se vivía en plural, en relación, en reciprocidad. Aún hoy, en muchas comunidades que cuidan la tierra y honran sus ciclos, estas fuerzas siguen vivas, resistiendo con memorias ancestrales lo que los estados coloniales siguen forzándonos a olvidar.

Nuestra tarea, la de esta generación, es desaprender. Descolonizar lo que creímos verdad única. Romper la normalidad impuesta que nos enseñó a estudiar de corrido, sin preguntas, sin historia. Donde se nos impuso hacer teología desde lo racional, lo eurocéntrico, lo lineal de un Dios furioso de la desobediencia y de un crucificado entregado en una cruz de sufrimiento que aún, por lo menos para los pueblos originarios, no resucita. ¿Cuándo bajamos de la cruz para vivir la resurrección?¿Cuándo se da la tan esperada salvación? ¿Son cinco siglos y cuantos más para ver esa gloria? Y es que se tarda mucho… Y, sin embargo, como dice Guerrero, en el sendero del Yachay, del saber, todavía arde la llama. Aun después de siglos, no nos han quitado todo. «Nuestras sabidurías están saliendo a la luz para alumbrar a la humanidad», no sólo para los runas, los pueblos de Abya Yala, sino para todos los que buscan una vida más plena, más justa, más viva, más resucitada.

Foto: © Javier Bastidas, Cathopic

Porque sí, nuestras ancestras fueron enterradas todo este tiempo con mensajes lineales de vida, esperando la liberación. Podemos ahora decirles que su resistencia ha valido la pena. Y hoy, en este tiempo del Pachakutik, donde todo se mueve en el espacio y el tiempo no de manera lineal —como se nos impuso— sino en espiral, vivimos un ciclo histórico de renovación y transformación profunda. Comenzamos a comprender que la vida humana se sustenta en un principio de relación con la naturaleza y el cosmos, y que de esa conexión brotan el sentido de la complementariedad y la reciprocidad para el bienestar de todos los seres. Aquello que fue enterrado y guardado durante siglos, ahora, como semilla, empieza a florecer. Es así como estas nuevas generaciones continúan y cantan las canciones de las abuelas, repiten los cuentos que se murmuran al anochecer. Esa espiritualidad tierna y valiente sigue transmitiéndose, de generación en generación, de abuela a nieta, de madre a hija. ¡Y ya está brotando! Dentro de la Iglesia misma surge una teología distinta, decolonial y profética. No avanza a paso rápido, pero camina con firmeza. Ya fue sembrada la semilla de la resurrección en los corazones de Abya Yala, y desde ahí podemos soñar con un cristianismo que sea nuestro, nacido de esta tierra, alimentado por nuestros dolores y nuestras esperanzas. Un cristianismo de liberación, de ternura y de profecía para los pueblos y desde los pueblos de Abya Yala.

Los desafíos de una teología desde Abya Yala

La teología que hasta ahora se ha enseñado y aprendido en los centros de formación teológica, seminarios e iglesias, muchas veces llega como un enlatado desde Europa, distante del sentipensar a Dios desde nuestro contexto. Esta teología, que aún se nombra latinoamericana, evidencia una ausencia de espiritualidades y prácticas ancestrales; es una teología desconectada de los saberes originarios, que invisibiliza las voces de los pueblos y sus luchas, y así continúa crucificando a Cristo una y otra vez, sin mostrarnos los signos de la buena nueva de la resurrección.

Todavía se insiste en que la teología debe ser «civilizatoria», y por eso lo «latino e hispano» sigue siendo el eje central del pensamiento teológico. Pero para ser verdaderamente decolonial, esta teología necesita un giro, un descentramiento del legado colonial y eurocéntrico que mira a Europa como la única fuente de verdad y de las únicas maneras de pensar «correctamente». Ese giro implica reconocer y abrazar las diversidades que existen en Abya Yala: la diversidad de prácticas espirituales originarias, la multiculturalidad en las creencias y las manifestaciones de los pueblos que viven en comunidad, así como la inclusión de voces con lenguas originarias, que siguen hablándose como idiomas vivos, que germinan una y otra vez en busca de una resurrección plena.

Cuando pensamos en la academia que hace teología, solemos imaginar estudiosas y estudiosos rodeados de libros y textos, en escritorios que aspiran a alcanzar la unicidad o la universalidad de una supuesta verdad. Sin embargo, esa teología se aleja muchas veces de los saberes de nuestras abuelas, que han sido transmitidos oralmente, vividos en comunidad, y guardados en el corazón. Estos saberes piden ser escritos, sí, pero sin dejar de reunirse alrededor del fogón de la cocina de las abuelas, sin dejar de escuchar las historias tejidas en muchas lunas.

Corazonar la teología desde Abya Yala es poner primero aquello que el colonizador negó: el corazón de los pueblos. Es devolverle afectividad a la razón. Así, nuestras memorias ancestrales se vuelven vivientes, desbordantes, y nos permiten, como teólogas y teólogos de Abya Yala, corazonar desde nuestra Madre Tierra, sabiendo que estamos en coexistencia con toda la vida alrededor.

El corazón no excluye. No separa entre humanos, animales, naturaleza, montañas. No invisibiliza la razón, sino que la nutre de afectividad. Se trata de empezar a corazonar las epistemologías: nutrirlas desde Abya Yala para poder dialogar y aprender desde otras formas de conocer, pensar y, sobre todo, sentir. Como dice Guerrero: «Para poder comprender el corazonar desde las y los actores que lo han estado viviendo, este trabajo se acerca a la cosmoexistencia y la espiritualidad que se encuentra presente en el sendero de las y los yachaks, cuya espiritualidad y sabiduría también nos ofrecen posibilidades para corazonar la sanación del ser y la existencia».

Los pueblos originarios y su descendencia son el presente cargado de pasado y futuro; un nosotros y nosotras sujeto de la historia que corazona en Abya Yala. El camino a una reflexión teológica propia es un acto revolucionario, ya que nace desde los márgenes de la historia poscolonial. Un pueblo que con su sabiduría y prácticas espirituales ha sabido mantenerse en pie porque tiene raíces profundas y nos confronta a valorar lo que desde la Iglesia muchas veces se rechaza: la cosmoexistencia en relación, la búsqueda de armonía, las prácticas del buen vivir, el corazonar la espiritualidad con la tierra, con el agua, con la naturaleza, la vida plena en comunidad. ¿Cómo podemos poner eso en el centro de esta teología que nace desde Abya Yala?

Estas experiencias espirituales que se nos han transmitido, entre la familia y en comunidad, en su mayoría son prácticas y saberes enseñados de manera oral, de abuelas a madres, de madres a hijas, nutriendo la vida y las prácticas espirituales en el continente. Esas prácticas, aunque invisibilizadas, se han asumido en las iglesias rurales, sobre todo. Los cánticos en k’iche’, guna, quechua, quiche, aymara, mapudungun; las letras con historia campesina; las diversas historias de la creación; los rituales de la siembra y la cosecha; las ofrendas en lo alto de las montañas; las danzas para que caiga la lluvia… Cada una de estas prácticas espirituales se ha mantenido hasta ahora. Aunque han sido vistas con sospecha o se han menospreciado, las comunidades han seguido recordándolas y practicándolas.

Hemos de admitir que Abya Yala es parte de este mensaje profético de resurrección, donde todo aquél que cree se levantará. Desde la historia cristiana entendemos que en Abya Yala podemos creer en el mensaje de Jesús Cristo de salvación y liberación porque entendemos y hemos encarnado al crucificado por siglos; ahora la resurrección es inminente. Ya lo escribe Guerrero desde una reflexión sociológica:

Otra muestra de ese retorno y del proceso de insurgencia que vivimos, es que, a partir de esa irrupción, la lucha social posibilita que la sociedad empiece a discutir y asuma propuestas como la interculturalidad, la plurinacionalidad y ahora el Sumak Kawsay, que son horizontes que hacen posibles las transformaciones civilizatorias y de la vida. Propuestas como el corazonar del pueblo Kitu Kara son también una expresión de ese proceso de insurgencia desde el ser, desde lo que constituye nuestro mayor poder: el corazón.

La resurrección ha comenzado en las danzas por la lluvia, en las ofrendas a la Pachamama, en las lenguas que renacen, en el corazonar de cada comunidad que camina con el corazón abierto, tejida por el pasado y germinada por la esperanza.

Resurrección para los crucificados de la historia

Corazonar la teología desde los crucificados de la historia es más que contemplar al perpetuo empobrecido de nuestros pueblos originarios que, con la teología de la liberación en los años setenta, la Iglesia buscó visibilizar. Aquella opción abrió camino para que hoy podamos corazonar con el compromiso y la comprensión de que esos empobrecidos y empobrecidas, grandes y pequeños, han sido víctimas dolorosas de un proceso colonial supremacista en el continente.

En las palabras del padre Eleazar López Hernández: «Una catequesis ideologizada remarcaba el desinterés de los cristianos por la tierra y dejaba que los poderosos se adueñaran de ella, de sus recursos y del trabajo de las y los campesinos. Esa espiritualidad maniquea enfatizaba que la tierra no es más que un valle de lágrimas, y que lo mejor sería escapar del mundo en espera de ser rescatados por Dios hacia otro mundo». Y son estas palabras las que nos muestran lo que venimos sentipensando en forma de crítica y sospecha decolonial; lo que por tantos siglos se ha proclamado desde las iglesias: un mensaje que enfatiza el sufrimiento eterno de un pueblo victimizado donde lo terrenal sólo es doloroso, malvado y pecaminoso, que enseña que la salvación es posible si se escapa del mundo terrenal para, ya en el cielo, alcanzar la paz y la justicia que tanto anhelamos.

Así, por 533 años los pueblos originarios han sido crucificados con mensajes petrificados de dolor y juzgados por sus prácticas ancestrales, por el respeto a sus ritos y tradiciones, por sus voces milenarias, confundidas desde el pensamiento dicotómico colonial como paganismo. Sólo cabía un mensaje en el que Jesús quedaba perpetuamente crucificado, y se nos llamó, de todas las formas posibles, a seguir ese ejemplo. Desde ese dolor perpetuo, hoy reconocemos que es un evangelio a medias: no es esperanzador ni habla de resurrección. Desde una reflexión crítica podemos afirmar que, para alcanzar un evangelio completo, es necesario que desde nuestros pueblos corazonemos la resurrección. Al hacer una teología desde Abya Yala que trasciende el mensaje recibido y lo transforma en un mensaje de esperanza, podemos llegar al Jesús resucitado y lleno de gloria, al hijo que está al lado del Creador padre y madre.

La imagen de Jesús sufriendo en las iglesias, en los altares y en las cruces en lo alto de las montañas, símbolos de la crucifixión constante, se convierten hoy, en este tiempo profético y cíclico del Pachakutik, en un signo de vida y resurrección. Sólo cuando corazonamos la teología, cuando la hacemos nuestra, podemos ver, comprender y liberarnos de la opresión recibida. Sólo entonces seremos libres para, como semillas, resurgir de la tierra donde hemos sido enterrados.

Como teóloga de Abya Yala, estoy comprometida a corazonar la teología desde nuestra Madre Tierra, desde el sentipensar que me lleva al retorno de la ancestralidad, ésa que nos nutre con memorias y prácticas espirituales propias. De esta manera es posible hacer una teología viva desde nuestros pueblos, que reclama un giro decolonial y anticolonial, un retorno del espíritu a la teología y a los saberes que encienden la vida y la integran. Desde ahí hacemos un acercamiento a la resurrección como una esperanza presente, viva, que camina con nuestros pueblos. Este enfoque no sólo sana las heridas de la colonización, sino que también fortalece la identidad y la resistencia de los pueblos de Abya Yala. Caminamos así hacia un futuro donde se reconozca y se valore plenamente nuestro legado espiritual.

Las sabidurías ancestrales resurgen, se elevan y florecen en el tiempo del Pachakutik. La espiritualidad con afecto y corazón, transmitida de generación en generación entre las familias, de abuelas y madres a hijos e hijas, sigue siendo compartida valientemente y sale a la luz para iluminar un nuevo camino.

Corazonar en clave de liberación decolonial es, para los pueblos originarios y su descendencia, un acto de profundo retorno a la ancestralidad, donde la memoria viva de los abuelos y abuelas se convierte en guía y resistencia. Es en ese retorno que se recibe, con el corazón abierto y desde la sabiduría de la tierra, el mensaje de resurrección: no abstracto ni lejano, sino una esperanza encarnada que brota desde las raíces, que se nutre de las luchas históricas, de los cantos, los rituales y los sueños colectivos.

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