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Contemplación de la encarnación 

Mi primera contemplación de la encarnación, del nacimiento de Jesús, la tuve en mi experiencia de prenoviciado. En México, los prenovicios somos enviados a vivir y a colaborar en una misión jesuita durante un año completo. Es algo parecido al Magisterio, vivimos, trabajamos y compartimos como si fuéramos jesuitas, pero con la pregunta del llamado sobre la mesa. Así pues, fui enviado a la Parroquia de San Miguel de Guaguachique, con sede en Samachique, situada en el Municipio de Guachochi en Chihuahua. Me fui con miedo, porque recuerdo que la descripción del trabajo y de la misión allá en la Sierra sonaba a un reto que me implicaría un gran esfuerzo; y así fue.  

Una de las tareas que me encomendó mi director de obra, el párroco Enrique Mireles, S.J., fue hacer una pintura para las postales navideñas que la parroquia acostumbra a dar a los benefactores de la misión. No estaba seguro de qué pintar, pero Dios me ayudó gracias a una de las experiencias que viví en la Sierra. Recuerdo que los maestros del Centro Cultural (uno de los proyectos de la parroquia en donde maestros Rarámuri enseñan a los niños y niñas a vivir sus tradiciones y a comprender su cultura, aprenden también a escribir y hablar en su lengua, en español también, y obtienen un refuerzo básico de su educación escolar) organizaron una carrera de bola y de ariweta para niños y niñas, en competencia con la escuela de Coyachique, una comunidad “vecina”. Digo “vecina” porque estaba a cuatro horas y media de caminata entre las montañas.  

Yo tuve un arrebato apasionante por la cultura y la vida de los Rarámuri, así que decidí vestirme como ellos, calzar como ellos, rezar como ellos… y ese día decidí emprender la caminata como ellos: con mis sandalias de llanta, con mi sapeta y mi camisa roja cosida a mano. Allí me di cuenta de que yo no era Rarámuri: terminé con los dos pies terriblemente ampollados, tanto así que cuando estábamos cerca del pueblo ya no podía caminar con tanta rapidez. Mis pasos se fueron haciendo cada vez más doloroso y cansados, el calor, el sol, todo me tenía tan cansado que solo quería llegar a dormir. Llegamos a Coyachique de noche y nos quedamos en casa de Ramón, el papá de uno de nuestros maestros, Andrés. Ramón nos preparó una habitación pequeña, con un camastro de piel de cabra, y unos costales de cemento sobre los que me tocó dormir, ya que en la cama durmió Daniel, uno de los laicos voluntarios que trabajaba en la parroquia. Al día siguiente apenas podía caminar, llegamos al evento y yo me moría de la vergüenza: el chabochi que no podía caminar porque se ampolló los pies… me sentía diminuto, pequeñito. Las ampollas no cedieron nada; no había ningún hospital o clínica para atenderme, y lo único que pude hacer fue pincharlas con un alfiler para exprimirlas, pero se volvían a llenar de agua. Una maestra me recomendó quitar la capa superficial de la piel, lo cual fue el peor error: mi pie izquierdo se hinchó muchísimo y me dolía de forma impresionante. Como al día siguiente temprano iban a emprender la vuelta por el mismo camino y del mismo modo, tuve que quedarme en casa de Ramón, a esperar al director de la escuela que me iba a llevar en su camioneta a un pueblo cercano. Pedí prestado un pantalón y pude volver a Samachique después de toda una travesía.  

Pero allí fue donde pude contemplar la natividad del Señor. Ramón vivía solo con su esposa y su hijo pequeño. Recuerdo que me levanté temprano, me alisté y salí a desayunar con ellos. Tenían fuego en un espacio amplio del patio, sobre el cual la mujer de Ramón estaba cocinando un tipo de sopa de pasta, calentaba tortillas y estaba sentada sobre una roca amplia. Me senté con ellos y los miré, hablaban en Rarámuri, y el pequeño estaba allí, con ellos. En un momento algo me llegó como un rayo y pensé: ¡Así debió haber vivido Jesús en Nazareth!, y como si me colocara unos lentes distintos, miré la escena con la reverencia más profunda y recibí de Dios una consolación que me llenó de lágrimas los ojos. Dediqué mi desayuno completo a mirarlos, a escuchar sus palabras que apenas comprendía, a sentir que Dios se hacía presente allí.  

Así fue que decidí hacer una pintura de la sagrada Familia pero Rarámuri. Tomé algunas fotos del archivo de la parroquia, yo mismo pedí a algunos Rarámuri fotografiarlos, en otras comunidades que visité. Y entonces comencé a pintar lo que experimenté: una escena sencilla, tierna, llena de amor y de esperanza, en una cueva que es donde los Rarámuri solían habitar en tiempos pasados. El misterio de la Encarnación nos invita a mirar que Dios se hace presente en donde menos esperamos encontrarlo, pero con mucha más fuerza en lo sencillo, en lo pequeño.  

Sagrada Familia Rarámuri. Acrílico sobre tabla. Sebastián Salamanca.

Si algo aprendí de esta contemplación, que me ha acompañado a lo largo de mi vida religiosa, es que Dios aparece inesperadamente en los momentos difíciles, en aquellas experiencias que rompen nuestra imagen, nuestro vano honor y nuestra soberbia. Allí, en un lugar alejado de muchas comodidades y de un estilo de vida que la sociedad actual promueve como si fuera posible para todos. Allí, en ese sitio donde la vida transcurre en silencio, con un ritmo que no es el de la vida que nos sobrecarga de deberes para “parecer” perfectos, felices. Allí, en un lugar que no encontraríamos publicado en alguna red social, cuya esencia sobrepasa lo visual y va más allá de la simpe percepción.  

Yo te animaría a dejarte sorprender por el Misterio de la Encarnación: a contemplar cómo es que Jesús nace, como dice San Ignacio, pobre y humilde, cómo no hallan lugar en la posada y tienen que hacerse sitio entre los animales, y en ese sitio es donde Dios decide hacerse uno más de nosotros. Jesús nace en pobreza, es pobre. Por eso elige estar con quienes sufren y quienes buscan vivir la vida de un modo diferente: en plenitud.  

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