
En estos días —como el algoritmo de algunas redes ya sabe que leo sobre teología y mujeres— encontré una noticia que de primera quise celebrar, pero luego, leyendo bien, el argumento no ayudó mucho a sostener mi deseo de celebración.

¿Sólo si un hombre ejerce la espiritualidad me puedo salvar? En varios momentos históricos, culturas, creencias y comunidades las mujeres han participado y ejercido la espiritualidad.

Para hablar de Teología Queer, voy a tener qué citar alguno autores varones, blancos, occidentales y privilegiados, no porque comparta sus ideas, sino ante la reiterada pregunta ¿por qué no hay referentes serios en el tema de las disidencias?

¿Por qué nos hemos desconectado del sostén de la vida? El ecofeminismo se ha planteado esta pregunta por, al menos, un par de décadas. Resulta evidente que nuestra relación con la casa común ha sido, principalmente, devastadora.

El cruce entre feminismos y relación espiritual no sólo implica un profundo cuestionamiento sobre las relaciones desiguales de poder, de las visiones androcéntricas, antropocéntricas, sexistas, opresivas, etc., sino que los movimientos feministas han sido resistencias frente a las violencias; más bien han sido espacios creativos, estéticos, éticos y vinculados a las espiritualidades.