Acompañados por Ignacio

En esta sección contamos con las voces de diferentes laicos que nos presentan cuál ha sido su experiencia de la espiritualidad ignaciana y el impacto que ha tenido en sus vidas.

Gerardo Macías 

Consultor empresarial 

Cuando hice los Ejercicios Espirituales, el sacerdote que fue mi acompañante me recibió con un: «si hay alguien que no esté de acuerdo en estar aquí, puede tomar sus cosas y retirarse». Lo primero que me vino a la mente fue: «¿Cómo sabe qué es lo que siento?». 

Por experiencias previas, yo odiaba los retiros y participar en ceremonias en donde el «híncate», «levántate», «reza diez rosarios» eran lo más importante. Además de la postura falsa, considero yo, de varios religiosos, que en lugar de acompañar mis inquietudes y hacerme sentir hijo de Dios, solo me habían llenado de culpas. 

Al entrar en contacto con el modelo de Ignacio, mi perspectiva fue diferente, me sentí libre, y pude descubrir verdaderamente el contacto tan íntimo que experimentamos con Dios desde la experiencia espiritual y no necesariamente ritualista. Mis momentos de mayor introspección los hacía caminando, o sentado en una piedra, admirando el paisaje y cerca de los animales. Me enamoré de todo lo que veía y sentía en ese lugar. 

También trabajé mi culpa, pero ya desde la libertad, sin sentirme cohesionado, sino desde la responsabilidad. Me di cuenta de que Dios no era lo que yo creía, pero yo tampoco, mi concepto de lo que soy se rompió. Mi transformación más profunda, mi conversión, vienen desde el descubrimiento de un Dios que habita en mí, en todo lo que me rodea. 

Él hace nuevas todas las cosas, porque nos da ojos nuevos para mirar, aun a nosotros mismos.

Jorge Rocha 

Académico y analista político 

Desde mi experiencia personal, hay dos aspectos de la propuesta de Ignacio que han sido centrales en mi recorrido como académico y que he tratado de llevar a mi vida: el discernimiento y el compromiso social. 

En otras propuestas religiosas y éticas se suelen establecer una serie de deberes normativos, que con mucha frecuencia se imponen a rajatabla, es decir, donde parece que el principio está por encima de las personas. 

El discernimiento ha sido una herramienta para tratar de evadir esta tentación y para lograr construir, a la luz del espíritu y la razón, alternativas que me humanicen y me acerquen a la invitación que Jesús me ha hecho a través del Evangelio, considerando, sobre todo, los apegos personales y tratando de buscar el mayor bien posible. A veces lo logro, a veces no, pero sin duda ha resultado una práctica que me ha ayudado a tomar las mejores decisiones. 

Por otro lado, el compromiso social me ha movido a actuar siempre desde la mirada y la perspectiva de los más pobres y excluidos. Esto para mí ha sido un permanente cuestionamiento sobre el sentido y el propósito de las acciones que realizo. 

He tratado de que esta mirada esté presente en todos los ámbitos de mi vida, que no se desdibuje y que sea el hilo conductor de los procesos en los que me involucro.

Picture by Vanesa Guerrero, rpm | Cathopic

Pablo García 

Diseñador gráfico 

Asistí por primera vez a los EE motivado por una crisis personal muy fuerte. Por ello iba con una gran expectativa. La dinámica de estar en un retiro de silencio no me era ajena y me sentí muy cómodo. Mi primera gran sorpresa consistió en el tono fraternal de quien los dirigía. 

Cuando me entrevisté con él, le expuse todo mi drama: nunca había orado realmente, aunque, sin embargo, yo era lo que se puede llamar un «rezandero». Su respuesta fue de lo más provocadora. Creo que fue el primer momento en el que se introdujo en mí la idea de que Dios podía ser diferente de lo que yo pensaba. Se había abierto un pequeño agujero en mi bien construido muro. 

Ese pequeño agujero se convirtió en un tremendo boquete cuando me introduje en el pasaje donde Jesús pregunta: «¿Quién dices tú que soy yo?». No se me preguntaba por definiciones aprendidas, o por lo que decían otros de él, aunque fueran grandes autoridades. Eso no le interesaba. Jesús quería saber lo que él era para , en primera persona. Jesús validaba mi experiencia y le daba crédito. 

De esta manera el muro barroco y hermoso que había levantado ya no existía, sólo estábamos él y yo, desnudos de disfraces mirándonos a los ojos. 

Ahora, mientras escribo esto pienso que reconocerme a mí mismo, tal cual, es el único, o por lo menos el primer modo de reconocerlo a él. Fue el inicio de un cambio radical que poco a poco ha ido abarcando y transformándolo todo. 

Gerardo Noriega 

Comunidad LGBT 

Vengo de una familia muy tradicional, pero sobre todo con demasiado celo religioso. Cuando «salí del clóset» varios me rechazaron y me hicieron sentir culpable por mi orientación sexual. Sin embargo después de que hice los EE y posteriormente, a partir del acompañamiento de algunos jesuitas, fui descubriendo que Ignacio me ofrecía un nuevo modelo de espiritualidad que iba mucho más allá de las rígidas formas que aprendí en mi infancia. 

Ciertas personas me hablaron de las terapias de «conversión» para las personas gay, pero mi conversión, la que abracé después de Ignacio, no tenía nada que ver con ocultar, transformar o enmascarar mi verdadera naturaleza, sino con el saberme amado, profundamente amado por Dios y aceptado tal como soy. Después de momentos de gran depresión, de sentir que mi vida no tenía un propósito, pedí al Señor «conocimiento interno de tanto bien recibido», de todas las cosas extraordinarias que él me había dado a lo largo de mi vida. Descubrirlo en cuanto he vivido fue un proceso más que iluminador, lo sigue siendo. 

De ahí despegué con un nuevo sentido y un nuevo propósito, ir encontrando a Dios aun en los momentos difíciles. Después me entraron nuevas ganas de servirle, de ayudar a otros en todo lo que pueda. Esa es mi conversión, no la que me han querido imponer. 

Así, he ido recordando los dones particulares que Dios me ha dado, ponderando con mucha gratitud cuánto ha hecho él por mí, cuánto me ha dado de lo que tiene y cómo él mismo desea dárseme en cuanto puede. Desde este amor, debo amar también a los demás, y poner el amor más en las obras que en las palabras.

Aarón Pérez 

Herrero y miembro de CVX 

Al venir de una vida de asaltante, presidiario y con poca fortuna en los estudios académicos, me sentí muy perdido la primera vez que viví la experiencia de los EE. Este fue el primer impacto que recibí de Ignacio en mi vida. Fue grandioso palparme a mí mismo parte de un misterio amoroso en todo: Dios. Así lo «conceptualicé» en los Ejercicios. 

Recibí el segundo impacto cuando me tocó acompañarlos. Me encontré con que no es lo mismo «hacerse bolas» y asombrarse uno mismo, que el facilitar que otros lo vivan a su manera. Me topé con piedra. Las primeras que acompañé fueron unas niñas de un colegio católico. Félix Palencia, S.J., me dejó un grupo para que fuera haciendo mis pininos, pero fui un perfecto fracaso. 

Tuve que regresar a instruirme en serio. Cuando me tocó hacerlo solo, sin la ayuda de alguien que me dijera cómo hacerle, me apoyé definitivamente en la gracia del Señor; en lo que viene de él: humildad, servicio y alegría, nada de fanfarronerías. 

El tercer impacto fue comenzar un diario espiritual con preguntas a Dios y que comencé a escribir cuando me fui a vivir a una colonia muy pobre, ahí sin protocolos y recetas, ni a quién consultarle datos, fui movido solamente por el deseo de servir, de «no regarla» y continuar con un sentido de esperanza, de ser ejemplo de vida. 

Sin el diario —que sentí que Ignacio me inspiró—, no me habría sido posible sobrevivir espiritualmente a la experiencia de pobreza que elegí por propia voluntad y que el Señor me regaló, pues me hizo reflexionar profundamente Ahora gozo el presente, con la dulzura de estas experiencias, ya que han sido un respaldo en mis momentos verdaderamente intensos y le han dado mucho sentido.

Ignatius at Manresa | March 1522 – March 1523 | Image © 2011 Jesuit Institute
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