Un perdón que devuelve la palabra

Sueño en otro idioma (2017), dirigida por Ernesto Contreras, explora la relación de los dos últimos hablantes de zikril, una lengua indígena milenaria —creada por el lingüista Javier Félix Valdez con el objetivo de no apropiarse de una lengua existente—: Evaristo e Isauro, quienes no se dirigen palabra desde hace más de cincuenta años. Martín, un joven lingüista, visita esta zona rural de Veracruz en busca de preservar esta lengua por medio de conversaciones grabadas. Al principio, Martín asume que los últimos zikriles con vida son Isauro y Jacinta —hospedera de Martín—, pero a su llegada se entera que un tercero no entró en el reciente censo del idioma: Evaristo. La historia se complica ante la muerte inesperada de Jacinta, convirtiendo así en proeza una virtual conversación entre Evaristo e Isauro. ¿De dónde viene tanto rencor acumulado?

A partir de aquí, el análisis contendrá spoilers.

La cosmovisión del zikril está retratada con imágenes y sonidos: desde paisajes majestuosos de la naturaleza hasta el cántico incesante de los pájaros. Los zikriles pueden comunicarse con los animales y los muertos, lo que nos recuerda que todo lenguaje es un diálogo con el mundo y con los que ya no están. ¿Qué queda de nosotros a nuestra partida? Recuerdos, historias… palabras. Quien habita en el lenguaje nunca muere del todo. Nos lo dice Flaviana, hija de Jacinta, ante el fallecimiento de su madre: lleva a Martín al Encanto, una cueva donde los difuntos zikriles arriban para la fiesta eterna. «Cuando un zikril muere, todos van a buscarlo» y, momentos después, Flaviana grita a la cueva sin obtener respuesta. Imagen precisa del papel del otro en el lenguaje: siempre lo habita, aun si no obtenemos una respuesta suya.

Estos paisajes abiertos no alcanzan para liberar a Evaristo e Isauro de su pasado; la película recurre a varios flashbacks que nos sugieren que el origen de la enemistad es el amor en disputa por María, quien termina casándose con Evaristo. Con este recurso, el pasado se «cuela» en el presente y vemos a un Evaristo viejo en medio de la inmensidad de la naturaleza, pero prisionero de sus recuerdos por un Isauro joven. Un flashback más prolongado nos revela que la verdadera razón del distanciamiento es el amor prohibido en los estándares de la época entre estos dos hombres (símbolo de esto es la silla que Evaristo lleva a todas partes: inflexibilidad, asentamiento); más adelante, cuando el proceso de volverse a hablar ya ha avanzado, los vemos sentados frente al mar, mirándose a sí mismos cuando eran jóvenes en el agua. El pasado es algo que no pueden decirse y, sin embargo, palpita en las entrañas de su ser.

¿Cómo romper con el silencio sedimentado por los años? ¿Cómo encontrar palabras para el perdón? La película nos plantea una paradoja: a pesar de ser los últimos hablantes de una lengua milenaria, Evaristo e Isauro no pueden encontrar las palabras para reconciliarse. La situación nos lleva a pensar que nuestros personajes podrían tener la relación más íntima posible: compartir palabras que sólo ellos entienden. Así sucede en algunas escenas, como en la primera conversación que es grabada para la radio, en la que, al final, ríen sin parar hablando en zikril, mientras los demás —incluidos nosotros como espectadores— no comprendemos nada.

Llegamos así a nuestro asunto capital, el perdón: del latín perdonare, conjunción del prefijo per–, «completamente» o «en exceso», y donare, «dar» o «regalar». Per–donar significa, pues, darlo todo. Situemos lo anterior en su dimensión lingüística: la pala-bra como don implica que lo que se da en ella al otro se da sin reparo, gratuitamente y, más aún, comporta un darme a través de ella. Este per–dón no supone reciprocidad y, por el contrario, no tenemos garantías de que el otro responda. Sólo así puede abrirse la dimensión de la esperanza: con la asunción de tal incertidumbre que, lejos de conllevar una pesadumbre, nos posiciona de cara al porvenir y a las posibles palabras que arriben del otro y, de este modo, a la posibilidad de construir nuevos caminos y mundos.

«La palabra como don implica que lo que se da en ella al otro se da sin reparo, gratuitamente y, más aún, comporta un darme a través de ella».

Lo anterior le sucede a Isauro, quien en sus últimos momentos espera a Evaristo para despedirse por fin. Isauro muere y la reconciliación no tiene lugar. Martín, estupefacto, ve cómo Jacinta y los demás zikriles llegan desde el más allá para acompañar al espíritu de Isauro al Encanto. Antes de partir, Isauro le dice unas palabras de despedida en zikril a Martín, quien no puede entenderlas —y, de nuevo con él, nosotros—. Sólo después este mensaje nos será descifrado por Evaristo: un mensaje conmovedor que hace que Martín estalle en lágrimas y que Evaristo lo consuele con un abrazo. Estamos frente al último acto vivo del zikril: palabras que, aún desde la muerte, resuenan en la vida de quienes la reciben.

El final nos recuerda que el lenguaje es capaz de hablarle a los muertos, y más para los zikriles. Evaristo llega al Encanto y grita a la cueva. Isauro responde y, después de varios reclamos chuscos, le dice: «Entonces, ¿me quieres?»; después de refunfuñadas, Evaristo contesta: «Sí, te quiero», liberándose del arrepentimiento que arrastraba con los años, así como arrastraba aquella silla a todas partes.

2 respuestas

  1. Cuando era estudiante de la Maestría en Lingüística Aplicada (entre 2005 y 2007) me mencionaron esta historia por primera vez. Me emocionó que alguien se hubiera dado a la tarea de «diseñar el zikril» para hacer esta película. Me encantó la manera en que recoges/interpretas el relato, abriendo frentes que no se me habían ocurrido 🙂

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