La escuelita Bendita Mezcla es un brote de una teología que se encarna desde una comunidad que escucha, que está atenta a la vida, tejiendo la palabra compartida y caminando al ritmo de los pueblos. Esta escuelita es un signo de cómo la esperanza se organiza desde abajo, donde la formación se forja desde un cuerpo comunitario con apertura para escuchar, celebrar y re–existir. Esta entrevista se realizó a Rossy Iraheta, Diego Sánchez, Francisco Bosch y Laura Lienlaf, quienes forman parte del equipo coordinador de Bendita Mezcla.
Manuel Silva (MS): Bendita Mezcla no parece una escuela planificada desde un escritorio, sino que brota. ¿Pueden contarnos la historia de ese brote?
Bendita Mezcla (BM): Como primer gesto, queremos agradecer a la Revista CHRISTUS por invitarnos a compartir algo de nuestro caminar como Bendita Mezcla. Somos cuatro compañerxs: Rossy Iraheta, de El Salvador; Diego Sánchez y Francisco Bosch, de Argentina, y Laura Lienlaf, chileno–mexicana. Somos teólogxs, educadores populares y aprendices del pueblo pobre de Nuestra América.
Bendita Mezcla no nació de un plan trazado en un escritorio, sino de un brote. Es una escuelita de teología narrativa de la liberación que creció como crecen las cosas vivas: desde abajo, desde la tierra y sus voces. Brota del tronco de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs), de esa savia teologal que corre en la historia de los pobres que luchan, celebran y cuentan la fe con sus propias palabras.
Nuestro nombre llegó después, cuando el camino ya tenía polvo en los pies. «En el principio estuvo el tallerear la fe», podríamos decir, jugando con el prólogo de Juan. En esos talleres —en comunidades de tierra adentro— buscamos las historias creyentes que siguen haciendo nacer la teología de la liberación junto a sus hermanas: la educación popular y la narrativa encantada de los pueblos. Ése fue el caldo de cultivo de lo que Leonardo Boff llamó «una auténtica teología narrativa de la liberación».
Para contar de dónde surge este brote hay que contar una historia, porque eso somos: una escuela que se cuenta contándose. Era el año 2016 y, bajo un árbol de mango en Asunción, Paraguay, durante un encuentro continental de CEBs, comenzó a soñarse una escuelita para jóvenes. Había una intuición clara: el centro debía ser la escucha. Queríamos formar núcleos de escuchadores, comunidades capaces de oír el paso de Dios en la voz de los pueblos. Bajo ese árbol se sembró la primera semilla.
Durante cuatro años recorrimos comunidades en distintos países de Nuestra América. Allí registramos narraciones y testimonios en primera voz, con el corazón encendido por las historias de amor que los pueblos siguen contando aun en medio del dolor. Esas historias son una teología viva, escrita en los cuerpos, cocinada en las ollas, rezada en las mingas. Después las pusimos en diálogo con grandes maestras y maestros de la teología latinoamericana, que reconocieron el mismo pulso de la Palabra que se hace carne en la historia.
La pandemia de 2020 cambió el rumbo. El sueño territorial se volvió virtual, pero sin perder el espíritu comunitario. Así nació la primera generación de la escuelita, con once educadorxs de siete países, reunidos en torno a la pantalla, como si fuera una nueva fogata. Diseñamos tres etapas: primero, la escucha de dos sabidurías —la de las comunidades y la de la teología comprometida—; luego, la profundización del método, y finalmente, la formación de teólogxs cosechadores, celebradores, despertadores y escuchadores.

MS: ¿Qué gritos, qué silencios, qué cantos y qué luchas concretas de las comunidades estaban escuchando que les dijeron «es necesaria una escuelita como ésta»?
BM: Bendita Mezcla nació para aprender de las comunidades a ser comunidad. Ése fue el grito que escuchamos: el dolor de la soledad, la herida de un mundo que olvida lo constituyente, sanador y salvador de vivir con otrxs y para otrxs. Descubrimos que la fe de los pobres no pide teorías: pide compañía, escucha y lenguaje propio.
Desde entonces trabajamos cultivando, entre las voces populares, una teología que dé cuenta de una esperanza nuestra —aquí sembrada—, entre mangos y mates, con olor a frijoles cociéndose en los pasajes de los barrios populares. A eso sabe Bendita Mezcla: a pan compartido, a olla común, a palabra tejida en ronda.
Escuchar se volvió nuestro verbo central. Escuchar los cantos y los silencios, los sueños y los miedos. En los talleres, las comunidades querían contar su fe: su manera de celebrar, sus propias parábolas y cantos. Y nosotros aprendíamos que allí está la teología, en ese ejercicio radical de poner en el centro la vida, de resonar con la Escritura, de discernir juntos la realidad.
Hacer teología desde, con y para las comunidades significó también hacerla en comunidad. No hay método sin cuerpo colectivo, sin escucha mutua. Como decimos a menudo: el contenido está en el método, y el método está en gerundio, siempre haciéndose.
MS: ¿Quiénes fueron esas personas, esos «teólogos y teólogas de andar cotidiano» que les ayudaron a dar a luz esta iniciativa?
BM: En este camino hay muchos nombres, pero uno resuena con fuerza: Ivar Ortega, el «Job Chapaco», un campesino de Tarija, al sur de Bolivia. Al narrar su historia de fe y de lucha por la salud de su compañera se «acordó de Job». En esa memoria narrativa nació la resonancia con el corazón de la Revelación: la esperanza que no se rinde, la palabra que brota del sufrimiento. Con Ivar y con tantxs otrxs fuimos haciendo método en camino: una epistemología de la práctica desde los pobres de Nuestra América, una teología que se aprende caminando y se verifica en el compartir.
En 2025, facilitando la metodología del IV Congreso Continental de Teología en Lima, fuimos afinando el oficio: artesanal, antisistémico y colectivo. Con esas tres claves —artesanal, porque se hace con las manos y los afectos; antisistémico, porque se rebela contra el mercado religioso, y colectivo, porque sólo existe en el nosotros— seguimos repensando el ver–juzgar–actuar desde las luchas cotidianas, las escondidas y las bullistas, las rurales y las urbanas. Con mártires nuevos, con santos anónimos.
En ese Congreso Leonardo Boff habló de los procesos que están dando vida a «teólogos orgánicos de las comunidades de base». Tal vez eso somos: aprendices de esa organicidad viva del Espíritu, teólogxs de comunidades para una teología sabrosa y compañera.
Seguimos soñando que florezcan con néctar de su propia tierra: teólogas y teólogos del pueblo que hagan de la teología un acto de ternura política y una práctica de justicia esperanzada; teólogxs que celebran la vida en comunidad; teólogxs que escuchan el paso de Dios; teólogxs que despiertan el cuerpo como eje fundamental del hacer teología; teólogxs que cosechan con sus comunidades lo que van aprendiendo en el camino.






