La Contemplación para Alcanzar Amor en San Agustín

Al referirnos a la Contemplación para alcanzar amor, con la que Ignacio da cierre a sus Ejercicios Espirituales, es común pensar en personajes como Francisco de Asís (por la importancia que Ignacio da al mundo natural en la contemplación) o en Bernardo de Claraval (un místico del siglo XII que habla del amor como una elevación del alma hacia Dios), pero tal vez olvidamos una fuente común de todos estos maestros de la espiritualidad cristiana: Agustín de Hipona, san Agustín.

Más allá de la importancia del itinerario espiritual que Agustín relata en las Confesiones —y que puede leerse como trasfondo en los Ejercicios—, así como de la división de las facultades del alma que Ignacio retoma en su propia consideración del ser humano, fruto del riguroso estudio durante su formación y que luego recomienda en la cuarta parte de las Constituciones de la Compañía de Jesús, existe una sección de las Confesiones agustinianas que parece inspirar de una manera muy directa el modo en que Ignacio construye la Contemplación para alcanzar amor. Ésa es la hipótesis que pretendo desarrollar en los párrafos que siguen, invitándote, querido lector o lectora, a un diálogo que considero puede fortalecer nuestro itinerario espiritual de la mano de estos dos maestros de espiritualidad.

Se trata del capítulo sexto del libro décimo de las Confesiones, en el que, a punto de concluir su itinerario personal de conversión, Agustín se presenta a sí mismo con una doble certeza que confiesa a su Dios: «Yo, Señor, sé con certeza que te amo, y no tengo duda de ello», y da cuenta de la palabra que ha herido su corazón y que ha generado, ipso facto, el amor que ha brotado naturalmente de él. Pero también tiene la certeza de estar bajo el cielo y en la tierra, acompañado de muchas criaturas que por todas partes llenan sus sentidos. Sabe también, sin dudarlo, que todas ellas le piden el mismo amor al Señor que su certeza interior. Sin embargo, es consciente de que debe dar a su lector —o a su propio corazón, que se lee en sus palabras— alguna razón de esta segunda certeza, dado el itinerario en el que relata que las criaturas se habían convertido en un obstáculo, al detener su mirada, su gozo y su deseo en ellas, desviándolo del amor perfecto que lo había alcanzado y que ahora quiere mostrar que ha alcanzado. Para Agustín, Dios ciertamente nos alcanza en lo más íntimo del corazón, y su Palabra transforma desde el interior todo lo que podemos sentir, comprender y desear; pero esa transformación provoca, a su vez, un itinerario mediante el que nosotros aprendemos una manera de amar, de dirigir toda nuestra historia, nuestros sentidos y nuestra facultad al puro y completo amor de Dios. Un itinerario que es una contemplación activa para alcanzar amor.

El reconocimiento de su itinerario recorrido —desde el extravío de sus pecados hasta el momento en que confiesa la certeza de su amor— Agustín lo hace presente con una pregunta que bien podría formularse quien termina los Ejercicios Espirituales de Ignacio: ¿qué es lo que amo cuando te amo?, ¿qué amamos cuando amamos a Dios? La hondura del amor que lo mueve desde dentro lo lleva a confesar que ya no puede detenerse en ninguna «hermosura corpórea», «bondad transitoria», «luz material y agradable a estos ojos», «suaves melodías», «gustosa fragancia» o «dulzura». Todas las cosas que antes habían llenado sus sentidos —el tacto incluido, al que trata de modo particular en esta enumeración— dejan de ser para él un deleite en el que detenerse y se transforman más bien en noticia, indicación y señal: hay más camino que seguir, pero no separándose de los sentidos, sino profundizándolos, llevándolos a dar más de lo que inicialmente ofrecen. Así, los sentidos ya no cumplen sólo la función de detener, sino de atisbar, anunciar y rastrear para lanzar a la persona a la experiencia de «una cierta luz», «una cierta armonía», «una cierta fragancia», «un cierto manjar», «un cierto deleite» que, sin ser uno de estos primeros deleites, los conduce a la amplitud y profundidad de la eternidad.

Algo parecido podemos encontrar en Ignacio de Loyola, que también se pregunta en qué consiste el amor que ha experimentado en el camino de Ejercicios el ejercitante que acaba de terminar. Las dos anotaciones no son información fría sobre el amor, sino la condensación de la experiencia vivida: el amor es comunicación e Ignacio puede decirlo porque, como Agustín, también siente que una palabra le ha herido, le ha tocado y ha movido profundamente su corazón, iniciando en él una dinámica que se expresa comunicativamente, un dar y darse en el que el amante ofrece al amado lo que tiene y puede, y viceversa.

Foto: © Carlos Daniel, Cathopic

Es la primera certeza que Agustín nos decía: hemos sido tocados por la Palabra, el Señor se ha comunicado al corazón, y ha sido tan rica y profunda su comunicación que no queda más que dejar que todo lo nuestro se convierta también en don perfecto, completo y absoluto, de lo que tenemos y podemos, pero vivido de nuestra manera. Y es que estamos en el tiempo, en los sentidos y en las criaturas que los despiertan, de modo que nuestra forma de amar implica historia, recorrido y reconocer lo recibido para abrir nuestros sentidos y descubrir delante de nosotros, y también dentro de nosotros, la riqueza de las criaturas que nos acompañan, que van haciendo con nosotros mundo, creación —en una sinfonía de muy diversas y múltiples melodías, delicias, luces y fragancias— y tienen presente el homenaje al Creador.

Así, Ignacio pide dar cuenta, en primer lugar, de la herida en el corazón, que Agustín condensa aquí en una expresión fulminante —«al punto te amé»—, pero que, leída a la luz de la confesión completa, remite a todos los capítulos previos en los que va recogiendo las bondades que el Creador dejó en su vida, contemplada punto por punto. Son bienes de creación, de liberación y bienes particulares, como los llama Ignacio, de los que san Agustín da testimonio desde su más tierna infancia. «Al punto te amé», sí, pero ese punto, tanto en Agustín como en el ejercitante que recorre el camino de Loyola, resulta ser toda una vida que, de pronto, se descubre contenida en una sola entrega, tan total y tan plena que parece darse de una sola vez. Se recorre la historia entera, pero para entregarla toda: «toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad», en un solo «tomad, Señor, y recibid» (EE 234), como si la gracia de Dios hiciera posible concentrar en un único instante todas las complejidades de la historia ya vivida y aun aquéllas que habrán de afrontarse.

Es tan profundo y tan completo ese momento de entrega que Benedicto XVI decía que no podía pronunciarlo sin temblar; no por miedo, me parece, sino por la imposibilidad de decir «todo» cuando siempre estamos a medias, siempre recomenzando, siempre probándonos de nuevo, siempre por terminar. No hay manera de decir esta oración sin experimentar que es algo que no se alcanza del todo, y que precisamente por eso nos devuelve al camino, a la vida, al riesgo que ella conlleva. No queda entonces sino confiarse a la gracia de quien nos invita a esa entrega —«dame tu amor y tu gracia, que sólo eso me basta» (EE 234)— y pedirle que así sea.

Así, la certeza de Ignacio en el «tomad», así como la de Agustín en su confesión, nos lanzan al camino, a las criaturas y a los sentidos, buscando en ese impulso la gracia necesaria para que no se pierda la intensidad de la entrega. Y es que no podría mantenerse tal intensidad por nuestras propias fuerzas, que apenas alcanzan para aquello a lo que llegan nuestras facultades, siempre sensibles, y nuestro cuerpo. No hay criatura alguna que nos asegure esa fidelidad: todas se vuelven indicación, señal y testimonio que nos ponen en ruta, en el camino de alcanzar lo que la gracia nos promete que podemos dar. Se trata de llegar a un amor que transforme en amor todas nuestras relaciones con las criaturas, todos nuestros recorridos con ellas, todos nuestros gozos, interacciones, deseos e intentos, incluso los errores de los que aprendemos. Como en las Confesiones, tras la certeza viene la pregunta por el amor que podemos dar, aquél al que somos invitados a llegar por los caminos sensoriales, corpóreos y terrenales de las criaturas bajo el cielo y sobre la tierra, que son los que recorremos y, en lo que a nosotros nos toca, hemos todavía de caminar. 

Lo que sigue, entonces, es un diálogo con las criaturas «que por todas partes rodean mis sentidos». Ahora ellas— sin malicia y sin error al conocerlas, como los que Agustín denuncia en la filosofía de Anaxímenes— confiesan lo que son, cada una a su modo, diciendo que no son la delicia infinita, el gozo último, la hermosura plena ni el destino final de nuestros deseos, que son guía de nuestro amor. En Agustín la respuesta es negativa en un primer momento — «No somos nosotros ese Dios que buscas»—, para así dar paso a lo que verdaderamente son: criaturas, su hechura y, por tanto, señales de su Creador. 

Este diálogo, que Agustín representa con preguntas, y que parecería alejarnos del modo en que Ignacio propone su contemplación, es aclarado más adelante por el santo de Hipona como una mirada contemplativa y sosegada, no ambiciosa ni voraz, sobre las criaturas. Lo que ellas responden, como en la contemplación de Ignacio, es su muy diversa hermosura: la manera de cada una, su orden, su ser siempre distinto de las demás y, al mismo tiempo, su pertenencia a una muy compleja unidad que nosotros no podemos regir ni dominar en su totalidad. Es en esa hermosura donde Dios se muestra creando, y crear es, como dice Ignacio, su forma de habitar: «En los elementos dando ser, en las plantas vegetando, en los animales sensando» (EE 235). De ahí la mirada se vuelve hacia nosotros mismos y hacia las demás personas, y nos descubrimos en una habitación todavía más plena, donde el «hombre interior» recibe de las criaturas el sentido mayor de su búsqueda: una invitación a disfrutarlas, pero también a trascenderlas, sin pretender detenerse en ellas. Esta interioridad se armoniza con el «exterior», que en su «ministerio» nos permite conocerlas y recibir la verdad de ser todas creadas, «hechura» del Creador. Aquí el Creador habita dándose a conocer y conduciendo a los seres humanos a ejecutar su entendimiento, su «mirar», para que «por el conocimiento de estas criaturas visibles pueden subir a conocer las perfecciones invisibles de Dios». Es, finalmente, la Contemplación para alcanzar amor

Esa perfección invisible Ignacio la comprende como trabajo. Si ya en la contemplación de la Encarnación habla del «designio eterno» de la Trinidad al «obrar la santísima encarnación» (EE 102, 108), aquí todo se concreta en este trabajar del Dios trino que trabaja para dar lugar, modo y ser a toda la creación. Y en ese mismo trabajar, Él mismo nos va haciendo templo— «haciendo templo de mí»— para que todas nuestras facultades del alma, entendimiento, memoria y voluntad se hagan a «similitud e imagen de su divina majestad» (EE 235).

La encarnación culmina en nuestra propia humanidad transformada, «trascendida», diría Agustín (X, Cap. 8), de su energía natural hasta ser llevada en ascenso para alcanzar, «gradualmente», a su Creador. En el libro décimo san Agustín expone el camino de esa ascensión en cada una de las facultades, las mismas que Ignacio ha entregado en la oración y que ahora confía al ejercitante y a su personal reflexión. «Reflictiendo» en sí mismo, el que se ejercita puede hacer el mismo camino que Agustín ensayó en sus Confesiones, descubriendo cómo ese «tomad» de la memoria, el entendimiento, la voluntad y la libertad se ha ido cumpliendo plenamente en su propia vida, con sus dificultades y extravíos, según las vicisitudes de su historia.

Agustín e Ignacio encontrarán al final que toda nuestra vida es un ascenso al Creador, pero que no hacemos solos ni por propia fuerza. Antes de ascender hemos sido alcanzados por el Hijo que, uniéndose a nosotros, nos unió con Él para sostenernos en nuestra debilidad y alejarnos de toda posibilidad de desesperación, y mostrarnos que es en su fuerza donde somos levantados. Así se completa nuestra ascensión y descubrimos que, si alcanzamos el amor, es porque el amor, en Jesús, primero nos alcanzó. «Mirar cómo todos los bienes y dones descienden de arriba» (Ignacio, EE 237) y dejar que se refleje en mí —«Tú conoces mi ignorancia y mi debilidad: enséñame y sáname»— (Agustín, Libro X, Cap. XLIII) tanta generosidad y amor.  

Para saber más: 

Todas las citas de san Agustín están tomadas del libro X de las Confesiones, capítulo 6, a menos que se indique otra cosa en el texto. 

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