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Evangelio del domingo 3 de septiembre

«En Dios solo descansa el alma mía»

SEPTIEMBRE

Domingo 3

  • Jer 20, 7–9.
  • Salmo 62.
  • Rom 12, 1–2.
  • Mt 16, 21–27.

§ Es duro mirar aquí a Jesús hablando así a Pedro. Pero también es necesario. Es necesario que él se dé cuenta de que hay ese abismo entre su mente y la de Dios, entre su pensamiento, centrado en su miedo y su dolor, y el pensamiento generoso de Dios. Es una gracia que nosotros también captemos esa distancia.

§ Al descubrirla, esa distancia nos dispone al aprendizaje, al seguimiento humilde de quien quiere aprender a vivir cercano, cuando se ha descubierto puesto y escondido en la distancia. Esa distancia me dispone para que Dios me seduzca y me muestre la fuerza y profundidad que alcanza su amor en mi corazón.

§ Lo que Pedro experimenta, y que nosotros podemos también experimentar, es la invitación a dejarse seducir, a dejarse convertir en la ofrenda que él quiere ser para Dios. Le ha hecho descubrir su sed, ahora puede saciarla, saliendo de las falsas fuentes para acercarse al verdadero manantial donde le espera y le recibe la abundante generosidad de Dios.

No hay palabra más terrible que Jesús haya pronunciado que ésta que dirige a su discípulo amado. «Satanás», le dice, y Pedro debe haber recibido como balde de agua fría, incomprensiblemente dura, esa declaración. Todo lo que él quería era cuidar de su amigo y no perderlo por nada del mundo. Pero piensa como los hombres y no como Dios. Y ahora la invitación de su amigo, que así de duro le habla, es que se deje seducir por el corazón de Dios. Que aprenda a pensar como él y a recibir a sus hermanos y hermanas con la misma generosidad, arriesgada y valiente en medio de tantas violencias, que no quiere escaparse a un refugio sino pasar con quien sufre sus noches, su miedo, su desolación. Dios no quiere que nadie quede solo y Pedro está invitado a dejar que su amor se amplíe hasta allá. Entonces se convertirá en el amigo que quiere ser, en la ofrenda que quiere dar; entonces sabrá que su sed no se sacia con escondites y alegrías pasajeras, sino que tiene un manantial todavía más grande: el manantial del amor generoso de nuestro Padre Dios.

Ilustración: ©Tzitzi Santillán
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