«Reconoce tu propia vulnerabilidad».
FEBRERO
- Gn 2, 7–9; 3, 1–7
- Sal 51 (50), 3–4. 5-6a. 12–13. 14 y 17
- Rom 5, 12–19
- Mt 4, 1–11
§ Al iniciar el camino de la Cuaresma estamos invitados a meditar sobre las tentaciones que sufrió Jesús y las respuestas que dio al tentador. Para comenzar este recorrido conviene reconocer nuestra propia vulnerabilidad: no somos dioses, somos frágiles y necesitados de la Gracia. El evangelista Mateo nos presenta tres tentaciones: la del pan, la del milagro y la de la riqueza. Éstas no son sólo episodios de la vida de Jesús, sino también un espejo en el que se reflejan nuestras propias tentaciones.
§ La primera tentación tiene que ver con nosotros mismos, con la búsqueda de seguridad en nuestras propias fuerzas, en la inteligencia, en lo que podemos controlar. Es la tentación de apoyarnos sólo en lo humano y olvidar que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». La segunda tentación toca directamente nuestra relación con Dios. Se trata de querer manipularlo, de buscar en Él ventajas personales, de esperar milagros sin abrirnos a su voluntad. Es la tentación de querer los milagros de Dios pero no a Dios mismo. La tercera tentación se refiere a nuestra relación con los demás y con el mundo. El diablo le ofrece a Jesús poder y dominio a cambio de adorarlo. Pero eso es lo contrario de Dios, porque el Señor no comercia con sus dones ni domina: Él ama, sirve y se entrega.
Jesús no dialoga con el mal. Con la Palabra de Dios en los labios y en el corazón, vence las tentaciones y nos muestra el camino. En esta Cuaresma estamos invitados a recorrerlo con Él: reconocer nuestra fragilidad, confiar en el Padre, rechazar el poder del mal y vivir en la fidelidad al amor de Dios.






