«Bienaventurados».
ENERO
- Sof 2, 3; 3,12–13
- Sal 146 (145), 6c–7. 8-9a. 9bc–10
- 1Cor 1, 26–31
- Mt 5, 1–12a.
§ Ya desde el inicio de la primera lectura, el profeta Sofonías nos invita a ponernos en camino, a no permanecer inmóviles, sino a entrar en la dinámica de la búsqueda: «Busquen al Señor… busquen la justicia… busquen la humildad». Esta invitación se convierte en una exhortación para que el discípulo de hoy convierta el corazón y recorra las sendas de las bienaventuranzas.
§ El ser cristiano comienza en el encuentro personal con Cristo, el mismo que proclamó las bienaventuranzas y en ellas trazó su propio rostro. De este modo, practicar cada bienaventuranza significa identificarse con Él. Las bienaventuranzas constituyen el corazón del mensaje de Cristo Jesús y son un camino seguro de santidad. No se trata de un mensaje superficial ni fácil: sólo puede vivirse en la medida en que el Espíritu Santo nos libera de la comodidad, de la autosuficiencia y del egoísmo.
§ Quien hace de las bienaventuranzas el programa de su vida es feliz, es santo, es dichoso; porque se convierte en alguien fiel a Dios y a su Palabra, capaz de entregar la vida, de amar sin interés, de buscar incansablemente la justicia y de caminar en la humildad.
Si acogemos este mensaje con fidelidad, nuestro entorno comenzará a transformarse: aprenderíamos a poner la seguridad no en las riquezas, sino en Jesús, lo que nos daría verdadera libertad interior; miraríamos y trataríamos a los demás con mansedumbre y cuidado, conscientes de que todos somos vulnerables y capaces de equivocarnos, y estaríamos siempre dispuestos a ayudar al hermano a levantarse.







