El cuidado como experiencia profunda de humanidad

Sobre las experiencias profundas de humanidad

Recuperando las raíces etimológicas de las palabras en inglés: experience, deep, profund, humanity (Online Etymology Dictionary, 2025), las experiencias profundas de humanidad pueden enmarcarse como aquellas fuentes de conocimiento mediante ensayos realizados desde la forma humana, que acercan al fondo, a lo insondable y al misterio. 

A partir de esta definición podría pensarse en diversos tipos de experiencias que pueden corresponder a las que intentamos llamar profundas para la humanidad: espirituales, religiosas, y científicas podrían ser las primeras que salten a la mente. También es posible que bajo el adjetivo de «profundas» se haga relación con ciertas experiencias no tan cotidianas, como puede ser una epifanía o una experiencia mística ¿Cuáles son los criterios que podrían orientar la profundidad de una experiencia humana? En la era de la llamada inteligencia artificial ¿Cómo se detectan las coordenadas de las experiencias que podríamos designar como propias de lo humano? Si bien los abordajes filosóficos iluminarán la reflexión al respecto, el presente trabajo, anclado en el análisis sociocultural intentará posicionar a la esfera de los cuidados como un ámbito de lo humano que puede orientar el discernimiento sobre lo que deberíamos empezar a considerar componente fundamental de la experiencia humana ¿Por qué? porque parece que lo específicamente humano está amenazado con la aparición de la inteligencia artificial, pero no solo por el auge de ésta. En el contexto mexicano hemos sido testigos de la proliferación de formas de violencia desmedida sobre los cuerpos humanos, que podrían catalogarse dentro de lo que la investigadora mexicana Rossana Reguillo ha llamado «violencia expresiva», demostrando que la deshumanización adquiere hoy en día formas de horror en las maneras en las cuales los seres humanos se desechan, literalmente.

En 2024 en un encuentro sobre Mística y Desencarnación convocado por la Cátedra Jorge Manzano del ITESO, la Maestra Rosa Belia Sánchez Ochoa de Zendo Betania compartió la frase: «Llegará un momento donde necesitaremos recordar qué es lo humano» recordando a uno de sus maestros. Pareciera que ese momento ha llegado. Ha llegado quizá desde la antigüedad, en olas de la historia en las cuales las violencias han alcanzado de manera tan cruel a los cuerpos humanos, como ha ocurrido recientemente en México. Pero también en la era de la llamada Inteligencia Artificial, parece urgente adelantarse a recordar «qué es lo humano», porque nacer humano, parece no ser suficiente. Dijo Leonardo Boff que «[…] la esencia humana no se encuentra tanto en la inteligencia, en la libertad, cuánto básicamente en el cuidado».Sin querer buscar esencialismos y aunque el propósito de este trabajo no es distinguir lo humano de lo no humano, posicionamos la esfera de los cuidados como experiencias profundas de humanidad como una invitación a reflexionar y reivindicar la importancia de la acción del cuidado, tan poco reconocida en la historia de la humanidad, sin la cual no podemos vivir y el medio por el cual los individuos se vuelven personas y las comunidades se restauran después acciones atroces que también son muy propias de la especie humana, como por ejemplo, la guerra.

La esfera de los cuidados 

Si bien los cuidados habían sido invisibilizados por desarrollarse mayoritariamente en el ámbito de lo privado y sostenerse generalmente por las mujeres, la pandemia por COVID-19 puso en evidencia la necesidad de nombrar los cuidados en el ámbito social, incluso a nivel de políticas públicas mediante lo que se ha llamado: sistemas de cuidados. La periodista Daniela Rea, en su libro Fruto, revela la complejidad de lo que significa cuidar y ser cuidadas, a través de historias de mujeres concretas. Siguiendo a Rea: 

«Las investigaciones históricas y antropológicas han demostrado que cuidar nos hizo personas, pero no sólo eso, han dado evidencias de que la vida se valora y se sostiene a través de los cuidados, pero los cuidados no sólo pensados desde la maternidad, sino los cuidados pensados como una acción que nos compete a todes». 

De esta manera se ponen en evidencia un par de dinámicas bastante obvias pero que habían estado oscurecidas social y culturalmente: la vida humana se sostiene por medio de los cuidados y las personas cuidadoras están invisibilizadas.

La especie humana no sobrevive sin los cuidados de otras personas. En los países ricos es claro cómo las acciones de cuidado a seres humanos normalmente son sostenidas por la población inmigrante: enfermeras, niñeras, maestras, cuidadoras de personas mayores. Acciones que no serán remuneradas ni respaldadas como aquellas que se desarrollan en el ámbito de lo público. En sistemas sociales que podrían llamarse de descuido, porque las políticas públicas no resuelven la crianza, la enfermedad o el envejecimiento, quien se acerca a los cuerpos pequeños, enfermos o en declive, está poniéndole atención a los cuerpos que la economía desecha, contribuyendo, como posicionó el papa Francisco en la Encíclica Laudato SI’, a una cultura del descarte, en el entramado de retos que la humanidad tiene de frente, a saber:

«La íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida». (Francisco, 2015)

Así, sucede el descarte de las personas más vulnerables socialmente, las que no están produciendo económicamente: las infancias y las personas mayores como poblaciones mayoritarias en dicha clasificación. Cuidarles entonces, podría ser una experiencia reivindicada con una profundidad humana, porque cuidar lo que los sistemas económicos descuidan, que en realidad representa sostener la vida, supone un acto de gratuidad y de resistencia. En esas experiencias de cuidado los aprendizajes recibidos por quienes cuidan son incontables e innombrados. Cuidando a la niñez se aprende forjar lo humano. Cuidando a la vejez se aprende a acompañar el tránsito hacia la trascendencia. Pero las sociedades suelen no valorar esos aprendizajes, esos acompañamientos que sostienen el inicio y el final de la vida. Se trata de acompañamientos entre la dificultad ¿Por qué?

Primero: porque cómo no están dentro del parámetro productivo, no se sistematizan y no hay transferencia de los conocimientos entre las personas que aprenden a hacerlos. No ha interesado a los gobiernos capacitar a padres o madres en crianza. No es prioridad para los gobiernos capacitar a las familias y crear condiciones favorables para acompañar a las personas mayores o en tránsito hacia la muerte.

Foto: Cathopic.

En segundo lugar: los cuidados se convierten en una carga cuando la persona cuidadora no es cuidada ni acompañada por otras personas, es decir, cuando no cuenta con una red que ayude a sostenerle como cuidadora, aunado a que la remuneración y el reconocimiento social están ausentes. Según datos del informe estadístico sobre el impacto de las responsabilidades de cuidado en la participación de las mujeres en la fuerza laboral de la Organización Internacional del Trabajo: 

«En 2023, 748 millones de personas (de 15 años o más) no participaban en la fuerza laboral global debido a responsabilidades de cuidado, lo que representa un tercio de todas las personas en edad de trabajar fuera de la fuerza laboral. De estas, 708 millones eran mujeres y 40 millones eran hombres». (OIT, 2024).

También existen estadísticas que revelan la dedicación que niñas y adolescentes dedican a tareas de cuidado no remuneradas. ONU Mujeres y UNICEF (2025) informaron sobre el impacto negativo de dichas tareas en las trayectorias «educativas, de bienestar emocional y para la autonomía» de niñas y adolescentes en América Latina y el Caribe. Para el caso de menores de edad, cultivar una pedagogía y cultura del cuidado tiene que ver con las posibilidades de crecer en entornos que faciliten su cuidado y les entrenen para el autocuidado, no para hacerse cargo de los cuidados que las personas adultas descartan o delegan en menores de edad para mantenerse en los espacios productivos y remunerados.

Por último, el acompañamiento a los grupos sociales no «productivos»: infancias, personas discapacitadas, personas mayores… contienen las experiencias más misteriosas del ser humano. No se puede acompañar a estas personas desde la lógica dominante de la razón y el deber ser. Hay que entrar en una zona de misterio y aprendizaje para que la vida humana se manifieste en su esencia y esperanza (infancia) en su diversidad (discapacidad o vulnerabilidad social) y en su límite abierto a la dimensión trascendente (vejez).

Hacia una pedagogía del cuidado 

Sin duda, los feminismos han logrado traer al ámbito público y académico uno de sus aportes fundamentales: la vida se pone al centro, de lo cual se derivó que los cuidados puedan ser puestos también en el centro conversaciones considerando la esfera de los cuidados de manera interseccional y en diversos ámbitos: económico, político, sociocultural, médico y espiritual. En momentos actuales en los cuales parece que toman fuerza movimientos ideológicos que detestan al feminismo y ponen en tela de juicio los derechos conseguidos después de milenios para las mujeres, se vuelve central mantener la memoria del aporte feminista a la esfera de los cuidados y enunciar claramente que la necesidad de masculinidades que integren la perspectiva de los cuidados es fundamental para las sociedades actualmente, porque cuidar, más allá del género, representa una experiencia profunda de humanidad y se convierte en una fuente de conocimiento mediante ensayos realizados desde la forma humana, que acercan al fondo, a lo insondable y al misterio, según se posicionó al inicio de este texto.

Cuidar implica conocer profundamente lo que se cuida (persona, ser, proyecto, relación) para saber cómo cuidarle. Cuidar no es sobreproteger, impedir desafíos o resolver «en lugar de alguien» quitándole autonomía, sino accionar para acompañar el curso de una vida, un proyecto, un vínculo. No hay recetas y las pautas no están en quien cuida sino en aquello o aquellas personas que son cuidadas. El camino para cuidar tiene que ver con la escucha y acompañamiento y el respeto a la autonomía de las personas o sujetos individuales o colectivos. La voz principal, la sensibilidad principal y las prioridades del cuidado están puestas en quienes requieren del cuidado.

Cuidar es la acción más necesaria para sostener la vida. Implica atención contra la desatención, según lo que han posicionado Hersch-Martínez y Salamanca-González, desde la ética del cuidado: 

«La atención no es un estado fijo, definitivo ni continuo, como tampoco lo es la desatención como su referente patogénico, y su dinámica no es solo ni principalmente individual, sino social y colectiva. Los procesos de atención-desatención son eminentemente sociales y, por lo tanto, políticos».

Cuidar implica atenciones, rutinas, recursos, presencias, organización, redes, vínculos, relaciones, disposiciones económicas, culturales y políticas. Las relaciones de cuidado le dan un contenido concreto a la perspectiva ética, más allá de la moralidad conceptual (Hersch-Martínez y Salamanca-González, 2022). «El cuidado es una categoría relacional» (Enriquez, 2025). Si la atención se centra solo en la persona cuidadora, el cuidado se disfraza de individualidad, pero en las situaciones concretas, los cuidados son un entramado de relaciones y disposiciones que se sostienen colectivamente. La capacidad y conciencia de cuidar involucra un conocimiento complejo y relacional.

El cuidado muchas veces es menostado por considerársele sobre protector, contrario al desafío, al reto o a la evolución, pero un cuidado profundo desafía, reta y es la fuerza que nos hace evolucionar hacia un mejor mundo porque posibilita la cooperación, apunta González Franco, quien apunta que lacapacidad de cooperar está implicada en lo que define como inteligencia espiritual enraizada en la inteligencia sentiente desarrollada por el filósofo Xavier Zubiri. En este orden de ideas, el cuidado se convierte en una práctica concreta mediante la cual se cultivan competencias e inteligencias espirituales. Siguiendo esta pista «el cuidado de las personas» en el marco de la educación jesuita y el «cuidado de la Casa Común» en el marco de la Iglesia católica son ejemplos, en el contexto de una obra educativa de la Compañía de Jesús, de aplicaciones de la categoría del cuidado a distintos ámbitos para replantearnos el lugar desde el cual solemos vincularnos, poniendo al centro la vida, acorde al aporte de los feminismos.

Sirva este texto para invitar a pensar, sentir y actuar hacia una pedagogía del cuidado, desde las éticas del cuidado, en la búsqueda de políticas y sistemas de cuidados que les reivindiquen como experiencias profundas de humanidad.

Para saber más: 

Elorduy Pablo (2021, 18 de noviembre de 2025). Rossana Reguillo: “La violencia expresiva 

no busca un fin último sino que quiere mostrar su poder total”. https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/entrevista-rossana-reguillo-necromaquina

Francisco, Santo Padre (2015, 24 de mayo). Carta encíclica Laudato SI del Santo Padre 

Francisco sobre el cuidado de la casa común. Santa Sede del Vaticano. https://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

Boff, Leonardo (2002). El cuidado esencial: Ética de lo humano, compasión por la Tierra

Madrid: Editorial Trotta.

Alianza de medios (2023). “Cuidar nos hace personas”: Daniela Rea. Recuperado el 12 de 

noviembre de 2025, de https://revistaespejo.com/2023/11/12/cuidar-nos-hace-personas-daniela-rea/

Elorduy Pablo (2021, 18 de noviembre de 2025). Rossana Reguillo: “La violencia expresiva 

no busca un fin último sino que quiere mostrar su poder total”. https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/entrevista-rossana-reguillo-necromaquina

Organización Internacional del Trabajo (2024, 29 de octubre). 708 millones de mujeres no 

pueden participar en el mercado laboral debido al trabajo de cuidados no remunerado. https://www.ilo.org/es/resource/news/708-millones-de-mujeres-no-pueden-participar-en-el-mercado-laboral-debido

Hersch-Martínez, P., & Salamanca-González, M. G. (2022). El cuidado y los procesos de 

atención-desatención como referentes analíticos y operativos para la salud colectiva.

González-Franco de la Peza, R. (2020). Inteligencia espiritual sin espíritus ni dioses: Una 

alternativa al vacío existencial del siglo XXI. Publicación Independiente.

Zubiri, X., y González de Posada, F. (2004). Inteligencia sentiente. Madrid, España: Tecnos: 

Fundación Xavier Zubiri.

Resurrección Rodríguez-Hernández

Licenciada en Ciencias de la Comunicación por el ITESO, Magister en Estudios Culturales por la Escuela Latinoamericana de Estudios de Posgrado (ELAP- UARCIS). Profesora de tiempo completo del Centro Universitario Ignaciano (CUI) del ITESO desde 2010.

resu@iteso.mx Actualmente es Directora del Centro Universitario Ignaciano ITESO. 

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