
La encíclica va sobre el corazón de Jesús y el desafío que Francisco lanza a toda la Iglesia –porque sí, quizá su repercusión será más ad intra– es vivir con corazón en una realidad que parece haber olvidado la capacidad de compadecerse en las lágrimas de quien todo lo pierde por el ídolo ególatra de la autoafirmación.

El Corazón de Cristo es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro. En él nos volvemos capaces de relacionarnos de un modo sano y feliz, y de construir en este mundo el Reino de amor y de justicia. Nuestro corazón unido al de Cristo es capaz de este milagro social.

No es novedad que las embestidas están a la orden del día. Lo que sí sorprende es su intensidad, su fuerza destructora, su liviandad.

La historia nos coloca constantemente ante situaciones originales e inesperadas, a veces para construir esperanza, y otras veces para lo opuesto. Del 11 al 13 de abril del 2016 se dio uno de esos hechos sociales relativamente «originales», con trascendencia histórica, que nos parece podría abonar algo, si prospera en el largo proceso de la humanización de la especie, del que las iglesias, de alguna forma, han sido parte positiva y no tanto.

En octubre de 2012, en Buenos Aires, estreché la mano al cardenal Jorge Mario Bergoglio durante un mensaje que ofreció a periodistas y editores. Aquella intervención suya fue lacónica, pero, en retrospectiva, profética.

Los tiempos en que vivimos exigen respeto mutuo y fraternidad, por eso la encíclica Fratelli Tutti tiene un gran significado en el escenario actual. Con este documento, el Santo Padre nos enseña caminos concretos para construir un mundo justo y pacífico a través del respeto a los derechos humanos y el servicio al bien común.