
Cuando era niño, Filo vivió un tiempo en Los Ángeles, en casa de sus tíos Óscar y Margarita, quienes se dedicaban a vender elotes en la placita Olvera, en el mero corazón de la ciudad.

Aquel día el sol se asomaba, derritiendo los techos de lámina del barrio en la Tijuana profunda. Filo, vestido al estilo cholo, con su camiseta de vato loco, sus pantalones Dickies y los ojos pasmados por el humo, estaba sentado sobre la banqueta, recargado contra la pared de la casa de su tía Chayo.

Muchas veces me hablaba de ella, como si alguna vez fuera a dejarla a mi cuidado, como si nos la fuera a dejar como la más hermosa herencia jamás soñada.

Este es mi hogar y no es mi hogar. Esta es mi casa y no es mi casa. ¿Puede entonces tanto una creatura que una sola palabra ensucia todo el mundo?