Si abriéramos a la gente,
encontraríamos paisajes.
Si me abrieran a mí,
encontraríamos playas.
Agnès Varda, Las playas de Agnès.
El siguiente análisis de Los espigadores y yo (2000), videoensayo que nos convoca en estas páginas, podría sintetizarse en el epígrafe que abre este espacio, en las mismas palabras de nuestra directora de hoy, Agnès Varda. Planteémonos, entonces, la pregunta: si nos abrieran, ¿qué encontraríamos en nosotros? ¿Playas, bosques, desiertos? ¿Lugares que quisiéramos habitar o de los cuales quisiéramos huir?
El caso de Agnès es excepcional: más que ser una directora que hace un cine preocupado por las personas, estamos ante una persona preocupada por otras personas que hace cine. Se trata de un matiz importante, totalmente visible en su cine y brillantemente expuesto en Los espigadores y yo. Y es que desde dónde se mira es muy importante, y con Agnès, con quiénes miramos y construimos esa mirada.
El videoensayo expone la realidad de los recolectores —espigadores—, tanto urbanos como agrícolas, dedicados a hurgar en lo que no fue deseado, valorado: en aquello destinado al olvido. Varda recurre a las pinturas de Millet, que nos muestran el acto de recoger el fruto de la cosecha. Hay aspectos importantes: primero, que quienes espigaban eran mujeres; segundo, que se trataba de un acto profundamente comunitario: se espigaba entre familia, vecinos, amigos y, después de la cosecha, las reuniones alrededor del pan y del vino eran frecuentes. Precisamente en este punto Agnès se pregunta por los efectos y sentidos de espigar en la sociedad actual —significativo resulta que esta película haya visto la luz al comienzo del nuevo milenio—: ¿cómo se espiga en una sociedad que tiende a convertirlo todo en un desperdicio, en el capitalismo fagocitante en donde lo que es producido ya tiene, de antemano, una fecha de inminente de caducidad? Caducidad extendida desde objetos… hasta personas.
¿Qué historia hay detrás de aquello que fue desechado? ¿Qué historia hay detrás de quienes se adentran en los desperdicios? Volvamos a nuestro epígrafe: Agnès, como espigadora, recolecta rostros, personas, patatas, imágenes, conflictos, sus manos viejas, camiones, historias, necesidades, basura convertida en arte, relaciones amorosas, un reloj sin agujas…
Lo que nos enseña es que, detrás de todo lo mencionado, con la mirada justa —que, en este caso, es mirando con otros—, se abren paisajes en aquello y en quienes el sistema desechó. Al espigar una patata que no pasó los estándares de calidad de los supermercados (totalmente comestible), Agnès encuentra corazones, y se los lleva a su casa. Patatas en forma de corazón.
¿Para qué y quiénes vale una patata en forma de corazón —o, en su defecto, un corazón hecho patata? Al sistema no le sirve, pero a ciertas personas nos importa. Abrir el paisaje de la patata nos puede llevar a encontrar un corazón en ella. He aquí el efecto del ejercicio de espigar.
«Mucho nos hemos preocupado por construir castillos en el cielo, mientras hemos olvidado aquello que nos acompaña en la tierra de nuestro camino».
En algunos momentos, el filme alude a que espigar implica el cambio de postura, la necesidad de agacharse, y tomar, con las manos, aquello que yace en el suelo. Esta simpleza tiene una gran repercusión metafórica: agacharse comporta no solamente un acto de humildad sino, sobre todo, descolocar la mirada, no ver hacia el cielo sino a la tierra. Mucho nos hemos preocupado por construir castillos en el cielo, mientras hemos olvidado aquello que nos acompaña en la tierra de nuestro camino. Por decirlo de otro modo: espigar, agachar el cuerpo y la mirada, implica trastocar nuestros ojos.

Otro gesto importante en el acto de espigar: la transformación. Aquello que es espigado es resignificado: lo que fue abandonado encuentra otro sentido en nosotros y en nuestro mundo. Como un reloj sin agujas. A primer vistazo, parecería evidente que un reloj sin agujas no tiene propósito; sin embargo, Agnès lo espiga y lo lleva a su casa. Lo que encontró en este reloj fue la posibilidad de pensar al tiempo de otra manera: «Un reloj sin agujas me viene muy bien. No ves el tiempo pasar», nos dice Agnès y, en un gesto maravilloso, ella pasa detrás, poco a poco y de lado a lado, a través de la fugacidad de un tiempo que no se mide con manecillas. Un tiempo que puede hacer frente al miedo que Agnès nos va compartiendo a lo largo del videoensayo, el inexorable hecho de morir.
Indirectamente, el videoensayo, en ocasiones, se nos presenta como un autorretrato de la propia Agnès: «Porque ése es mi proyecto: filmar con una mano mi otra mano. Entrar en el horror. Me parece extraordinario. Me da la impresión de ser un animal. Peor aún, soy un animal que no conozco». Agnès va espigando retazos de sí misma y a ratos se desconoce y a ratos se reencuentra consigo a través de los otros. Así, pues, es con los otros como vamos adentrándonos cada vez más en los paisajes que aprendemos a transitar, a veces a solas, a veces en compañía, como las propias espigadoras.
Quién sabe, tal vez encontremos en nuestro camino patatas en forma de corazón. O corazones con forma de patatas.






