
¿Dónde estoy caminando? ¿Con quiénes estoy? Fueron algunas de las preguntas que me hice en mis primeros días de la experiencia Magis Internacional el verano pasado. No sabía realmente con exactitud la respuesta, fue como si las 11 horas de vuelo México–Portugal no me hubieran advertido de nada; al llegar sólo apreciaba a personas de todas partes del mundo, congregadas por un lazo invisible que, más allá de la distancia, el idioma o la situación política, se sentían unidas y entrelazadas por eso que me gusta llamarle «Dios».