
Como afirman los místicos cristianos, la actividad primordial del creyente no es la actitud negativa de lucha contra el mal sino una actitud creativa, restauradora y liberadora. Solo bajo esta actitud, la persona constructora de paz –incluso siendo víctima– se olvida de sí misma y se entrega a un camino duro y sacrificial. El proceso de construcción del mundo marcha entonces con el ser humano liberándose de los límites que le impone aquella falta de paz.